Cuentos de Buenas Noches para Niñas Rebeldes ¿Por qué todos tenemos que leer este libro?

Un libro de cuentos sin princesas ni castillos. Solo mujeres reales que con su trabajo han sobresalido en un mundo diseñado para hombres.

Por:

Yulieth Mora

Contenidos La Máquina

 

Una vez leí: “un libro es un regalo que se puede abrir muchas veces”. Me gusta pensar en eso cuando hago regalos y cuando los recibo en forma de libros. Más ahora; que tengo dos sobrinas. Leemos juntas. Leemos en la biblioteca, en el sofá, en la cama, los fines de semana, un jueves cualquiera. Leemos libros sin letras, escribimos cuentos raros, escribimos cuentos sin ponerlos en papel. Porque leer y escribir es así todo el tiempo. Nadie nos obliga a hacer lo que hacemos.

 

Recientemente, en esa búsqueda de nuevas historias, nos tropezamos con un libro maravilloso: Cuentos de Buenas Noches para Niñas Rebeldes. 100 historias de mujeres extraordinarias. Lo compramos.

 

Sus autoras son Elena Favilli y Francesca Cavallo. Elena es emprendedora y periodista. Francesca escritora y directora de teatro. En 2011 Elena creó la primera revista infantil para iPad, Timbuktu y ese mismo año Francesca se unió a ella para fundar Timbuktu Labs, un laboratorio de innovación de medios de comunicación infantiles. Estas dos mujeres lanzaron este libro que publica la editorial Planeta.

 

Una noche, mis sobrinas y yo, listas para dormir, abrimos el libro en la página 44. Al hacerlo encontramos la historia de Cora. Poetisa y repostera. Mi sobrina, la mayor, soltó sus dudas: “¿qué es una poetisa? ¿qué es un repostera?”.

 

Tiene cinco años. Yo respondí. Intenté salir del embrollo de semejante pregunta. (quiero creer que le expliqué lo mejor que pude) Ella entendió, con mis ejemplos, porque justo en aquellos días una de sus tareas en el colegio era aprenderse un poema sobre las emociones y porque regularmente horneamos pasteles. ¡Me salvé!. Mi sobrina, la menor, de año y medio, balbuceaba pero nos escuchó atentas.

 

Empecé la lectura: Había una vez una niñita llamada Cora que vivía en una casa sobre un puente y sabía que había nacido para ser poetisa. “Una mujer que escribe poemas”, completó mi sobrina.

 

Seguí con el cuento. Sin embargo, su familia no estaba de acuerdo, no querían que leyera libros, ni querían enviarla a estudiar el bachillerato. Mi sobrina abrió los ojos sorprendida, no lo podía creer. Seguí leyendo.

 

Las dos estaban atrapadas con la lectura. Las tres atentas a la vida de Cora. Y el cuento seguía, decía que Cora se enamoró, se casó, tuvo cuatro hijos, muchos trabajos, pero que nunca olvidó que ella quería ser poetisa, por lo que se sentó cada día de su vida a escribir; y que para tener el tiempo de hacerlo, empezó a hornear pasteles y los vendió frente a su casa. Que al cabo de un tiempo, el trabajo de Cora fue reconocido, ganó medallas y premios y que luego Cora, con 65 años encima, publicó su primer libro. El cuento decía que le hacían entrevistas mientras horneaba pasteles.

 

Y al final supimos que nació en Brasil, que existió, que nació un día de agosto de 1889, que no está con nosotros desde 1985 y que dijo cosas así de hermosas: “Yo soy aquella mujer que escaló la montaña de la vida, removiendo piedras y plantando flores”. Supimos también que su nombre completo era Cora Coralina y cuando acabamos mi sobrina mayor se acercó a la luz de la linterna que iluminaba el libro, solo con el objetivo de ver la ilustración que otra mujer hizo de Cora.

 

Yo pienso, y se los digo; que es hora de dormir, que nos quedan 99 noches más así, con historias de mujeres extraordinarias, que no necesitan de príncipes que vayan a buscarlas, que las salve de algo, mundos donde sí hay villanos pero no brujas. Mi sobrina mayor no está de acuerdo, quiere una historia más antes de dormirse. Cedo a la petición. Leemos dos más. Elegímos al azar; leo los cuentos de Cleopatra y Simone Biles. Les digo: “ahora sí es hora de dormir. Podemos repetirlas cuantas veces queramos mañana”. “Sí, tía”, dice la mayor. La más pequeña ya está profunda. Apago la linterna. “¡Hasta mañana!”, susurró. “Nos quedan mil noches así”, pienso. 

 

 

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