Diario de una soltera: Lo que extraño del amor

No tener en la actualidad historias llenas de pasión y zozobra para contar, me hacen una gran oyente. Lo que sé hoy, es que el corazón a los 40 solo quiere sembrar en buena tierra.

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Hay algo que viene sucediéndome hace un par de años en mis conversaciones entre mujeres, y es que no tengo historias de amor para contar. Me he convertido en una gran oyente, y a veces, cuando tomo distancia, me veo años atrás en el papel de narradora. Entonces rebobino y son otras, las que paran bolas a mis cuitas amorosas, las que se entusiasman y viven conmigo mis pasiones y mis dolores. Hoy, yo hago el papel de ellas. A veces me inquieta oficiar como mera oyente, sin participar también de cuentos que hagan vibrar a las participantes de la mesa. Puedo contar una que otra historia, pero siento que todas lucen muy desactualizadas. Nada que hacer, a las solteras nos habita un pasado amoroso, o que ya se olvidó, o que al mencionar genera pudor propio, y entonces ya pa’ qué. En cambio, sí estamos atravesadas por un presente donde el picante de una relación brilla por su ausencia.

Y cuando uno se vuelve una gran oyente, esas historias de amor y desamor, de ilusión y espera, me identifican con quienes escucho. A veces pasan por mi oído buenas historias de buenos novios y buenos maridos, pequeños relatos que hablan de miradas intensas, de gestos románticos, de caballeros, de hombres que consienten, que invitan con generosidad, que dicen palabras lindas desde que se levantan hasta que se acuestan, que aman, valoran, aprecian y agradecen. Y debo confesar que eso es lo que extraño del amor, su lado bueno, ese que nos alimenta el espíritu y nos vuelve mejores personas, ese lado del amor que no genera zozobra ni angustia.

Puede que algunos digan que dolor sin amor no existe, que amor sin angustia no es amor, que romance que valga la pena también castiga, pero si la soltería te acompaña hasta los 40, eso ya suena a cuento; y el corazón a esta edad, sólo quiere sembrar en buena tierra. No en un lugar donde se sufra por la llamada que él no hizo, por la cita que no cumplió, la palabra que no dijo, el regalo que no dio, el gesto que no mostró, la promesa rota, etc, etc... Así que cuando escucho los corazones heridos de mujeres agotadas con ese marido tacaño, con ese novio que se pierde, que nunca invita a nada, con ese amante que telefonea a última hora, con ese amigo que no se sabe que título tiene socialmente, pero en la cama sólo lo sabe él; con ese esposo celoso al que toca contestarle hasta orinando, porque de lo contrario se arma un bollo; con ese hombre que hiere y que es capaz de decir cosas feas de uno; ahí entonces creo hasta sentirme un poco liberada.

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