Diario de una soltera: ¿Por qué insistimos en nuestro amor ideal?

Seguro les dijimos adiós a parejas maravillosas, pero que no cuadraron en nuestro imaginario de hombre y mujer perfectos.

Foto: Getty

Cuando se combina la cuarentena con vacaciones, hay mucho tiempo para pensar. Escucho afuera a muchos amigos y colegas pasándola en soledad absoluta, es decir sin nadie que les acompañe en casa. Yo, por fortuna, logré salir a tiempo de mi apartamento y pasar estos días junto a mis amados y hermosos padres, que saben lidiarme, y con quienes tengo una relación de camaradería y hasta de buenos tragos.

Pero claro, en pleno aislamiento, también buscamos aislarnos de los nuestros. Hace falta e intuyo que es muy bueno para la salud mental. Y en medio de mis ‘englobamientos’ diarios, repasé mis amores del pasado y hasta me puse a ver una que otra foto que todavía sobrevive. Ninguno de ellos se quedó conmigo y me eligió como compañera de vida. Siempre he creído, que en realidad su destino era al lado de otra persona que no fuera yo, pero en parte, también fue decisión mía, arribar a estos años, sola. Y entonces pensé, en el por qué no insistí, por qué no di alguito de lucha por alguno de los hombres de los que me enamoré o por qué no me quedé y elegí al que estuvo ahí, al que hizo el guiño de verdad, verdad, pero que nunca vi o nunca supe ver.

Entonces descubrí que hombres y mujeres tenemos una tonta exigencia, que bordea el ridículo. Es en serio, debajo de la fisionomía de un colombiano, debajo de su piel tostada, sus ojos marrones, su barriguita abultada y su estatura promedio, se esconde una ambición amorosa, del tamaño de Gulliver. Entonces no son pocos los que aspiran a mujeres hermosas, de 90, 60, 90, (cuidadito un gordito), jóvenes, pero con la sabiduría de una de 50, lo suficientemente inteligentes como Marie Curie, ojalá con el humor de Tina Fey, la filantropía de Oprah, el uso del buen español a la altura de una Isabel Allende y más encima que no sea feminista, sino que tenga todo eso, pero dócil y manejable.

Del lado nuestro, la cosa es más o menos igual. Recuerdo una vez, que le pregunté a una amiga, cuya hermana era exitosa entre el género masculino, y ella no tanto, el por qué se molestaba con eso. Tan pronto le dije: ‘mira a los hombres con los que sale tu hermana, ¿saldrías tú con ellos?, ¿te imaginas una cena con fulano, una noche de rumba con zutano, una conversación con mengano?’ Ella contestó enfáticamente que no se veía con ninguno de ellos.

Sospecho que el meollo justamente es ese. Esperamos tanto los unos de los otros, que por eso no logramos encontrarnos. Y creo que ambos géneros hemos dejado ir personas con las que pudimos vivir una intimidad del carajo, que nos hicieron sentir amados, pero que alejamos por nimiedades que, en esos instantes de yerro, engrandecimos hasta preferir estar solos.

¿Cuántos hombres y mujeres no reconocen en sus parejas, lo inteligentes y divertidas que son, pero tan pronto en un evento social sacaron a relucir una risita incómoda, un gesto nuevo que no habían visto, una palabra mal pronunciada, pues ‘eso’ no me cuadró; y así, tantas cosas que tenemos como seres humanos, que nos dicen ‘mejor descártale’?. O

¿cuántas veces no despedimos a esa persona con la que nos sentíamos regio, pero entonces: es que vive lejos, es que su familia, no la veo como mi futura mujer o mi futuro marido, todavía le falta… es que, es que? Y entonces la desechamos, porque ninguno, ni ella ni él, encajan en ‘nuestro ideal de perfección’. Recuerdo que alguien me contó que un idiota, por supuesto, no se ennoviaba con mujeres que vivieran más allá de 3 kilómetros a la redonda. O qué me dicen del tipo que termina con su novia porque ella se echó un pedo, o la que maximiza un error de ortografía (solo imperdonable en un periodista). Y entonces nuestra pareja se vuelve ‘ese’ error, al punto de producirnos hasta vergüenza. Olvidamos de inmediato lo bien que nos hace sentir cuando compartimos el tú y el yo, desechamos nuestra conversaciones y nuestras risas, por ese atravesado defecto, que nos hizo decirle adiós a la idea de pensar en esa persona como mi hombre o mujer ideal.

Y así, seguimos en la tarea de descartar y esperar que llegue y aparezca ESE hombre y mujer, con la inteligencia de un premio Nobel, pero con la belleza de una estrella de cine y las buenas maneras de un miembro de la realeza ( y eso que la historia nos ha mostrado verdaderos descaches irreales).

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Luz Martínez

Columnistas

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