El segundo

Después de que una mujer es mamá por primera vez, la sociedad le exige, con agotadora reiteración, que "empiece a encargar el otro”.
Mujer embarazada

 

 

 

Por: Juanita Kremer

 

 

Sin duda alguna, la vida se torna maravillosa cuando tenemos un hijo. Los colores son más brillantes; las alegrías, más intensas; los miedos, más profundos. Las emociones afloran de otra manera y la vida da un vuelco total. ¿Cliché? Sí, lo es, pero muy real. Todo ese vuelco aparece en nuestras vidas en forma de bebé después de nueve meses, pero ¿qué pasa cuando llega el segundo?  Si está leyendo esto y es mamá de uno, entenderá el agobio que siento con la ‘acosadera’ por el hermanito(a); es una intromisión que uno jamás pensó experimentar. Parece como si el reloj biológico les corriera a los demás y no a uno, que es el directamente implicado.

 


 Y como si de ley de atracción se tratara, cuando tienes hijos y te siembran en la cabeza la semilla del segundo, empiezas a rodearte, sin buscarlo, de mujeres que llevan en su barriga al siguiente miembro de la familia y cuentan lo emocionadas que están porque “pobre el primero, sin alguien con quién jugar”.

 


Es inevitable empezar a preguntárselo. 'En serio, ¿quiero otro?' Pero el mío está muy chiquito todavía, puedo darme unos cinco… No, unos tres… No, unos dos años… ¡Y dos años no son nada! Toca llamar a la pareja ya para que aliste su arsenal y en la noche hagan la tarea, o el tiempo no va a dar. Es en este preciso punto cuando estalla el caos.

 


Yo tengo un enjambre de abejas en la cabeza. Hay muchos zumbidos que van en contra y a favor de agrandar mi familia. He conocido a muchas mamás en el jardín de mi hijo que aseguran que con otro enloquecerían, que el planeta ya tiene demasiada gente, que las familias de hoy tienden a tener solo uno porque no es necesario estar en la quiebra durante 30 años, pagando pañales, leche, jardín, colegio, universidad, intercambio, etc.

 


Debo confesar que durante un tiempo pensé así y me convencí de no querer más hijos. Mi esposo reforzaba cada día esa idea porque, aunque no me da un “no” rotundo, le pone muchas trabas a traer otro bebé. Sus argumentos son válidos, los entiendo y comparto muchos de ellos. Pero, ¿qué quiero yo? Sé que mi esposo es parte fundamental en este tema, pero, a la larga, sería mi cuerpo el que cambiaría otra vez, sería yo quien pasaría por un viaje hormonal demencial, y sería yo la que se enclaustraría cinco meses, ya no tres, por la licencia de maternidad. Digamos que la parte pesada la debo cargar yo nueve meses y un poco más. 

 


Tengo tres hermanos. Sé de sobra lo que es pelear con alguien que es sangre de mi sangre, pero también sé que el amor que siento por ellos no lo reemplazará nunca el cariño que pueda tener por mis primos o mis amigos, ¿qué quiero, entonces, para mi hijo? 

 


Hay personas que tienen tan clara esta decisión que las admiro de corazón. Para mí ha sido difícil asimilar tantas opiniones encontradas de conocidos, familiares y amigos. Me la paso tambaleando. No he podido descifrar lo que quiero realmente. Nunca me vi como mamá de uno, pero no estoy segura de querer el segundo.

 

 

Foto: Istock

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