Diario de una soltera: 5 días en tinder

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Sorprende el desfile de solteros, tan numeroso, diverso y disponible. Todo allí es tan distinto a la vida real.

Haber vivido pandemia y vacaciones al mismo tiempo, tuvo su efecto. En esta época de crisis, de recesión, desempleo, aislamiento, para muchos también, de claustrofobia, insomnio, emociones al rojo vivo, etc, fui una privilegiada de pasar dos periodos acumulados, en casa y con platica en la cuenta de ahorros.

Claro, lo ideal hubiera sido disfrutar esos 30 días en la playa, en otra ciudad del mundo, con una cerveza o un vino, mirando el atardecer, y lejos, muy lejos. Pero viví mi propio viaje interior. Tuve en mis vacaciones confinadas, días buenos, regulares, de mucho estudio y lectura, y otros, donde presa del aburrimiento, caí en manos de Tinder.

Siempre me había negado, rotundamente, a caer tan bajo. Es broma. La verdad, respeto a quienes lo hacen, porque además tengo amigos que buscan conexiones y han encontrado hasta buen sexo.

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Había estado en esa plataforma, también solo 5 días, hace como dos años. Una amiga me convenció que debía adaptarme a los tiempos, que así se estaba conociendo la gente, y que debía ponerme al día, que nadie iba a llegar a golpear a mi casa para decirme: quiero conocerte. Entonces, ella misma me hizo mi perfil, y me dio sendas clases. Yo acepté, con todo mi esfuerzo. Pero a los cinco días me salí. No fui capaz de contestarle a nadie que me habló, a ninguno le correspondí su ‘hola’ o su ‘hello’.

Pero en mis vacaciones confinadas, el aburrimiento, me empujó. Y me atreví a responder mensajes. O sea, avancé, me adapté a los tiempos. Puse las fotos que yo misma decidí, que seguro debían parecerle a mi amiga, poco atractivas, poco vendedoras. Pero pesqué a varios solteros, a muchos, la verdad. Cosa que me sorprendió, porque en la vida real, eso no me pasa. Ojalá pudiera elegir así, como se hace en esa aplicación. Un ramillete de hombres, al frente mío. Todos disponibles, y muchos, muchos, asombrosamente. Algo que tampoco pasa en mi realidad. Hice match, y me salieron guapos y aparentemente, decentes. Eso jamás se da en la vida real. Mucho menos desechar, de forma tan fácil y enfática, a quienes no nos gustan, porque su físico no nos da buena espina o porque sencillamente no nos conecta. Solo es un dedo hacia la izquierda para decirle no, a ese con pinta sospechosa, con mirada sicótica. Solo es deslizar y ya, punto.

Logré hacerle el quite al aburrimiento, sin duda. Y debo confesar que hasta me divertí un poco. No llegué con la misma bobería de hace dos años. Hablé, me comuniqué y conocí. Pero el ánimo me duró solo 5 días y me salí, cancelé mi perfil. No me di la oportunidad, pero es que al tercer día de estar uno deslizando el dedo hacia la izquierda, y de vez en cuando a la derecha, pues comencé a sentirme ridícula. Cuando me salí, me llamó la atención que la aplicación te pregunta la razón por la cual te vas. Y una de ellas, dice: ‘Debo descansar de Tinder’, o algo así… En serio? Esto genera adicción?

Y entonces pensé, que estas aplicaciones se inventan, porque la gente no solo busca amor, quiere darlo.

Y entonces vi con un poco de tristeza, la nueva moda que dicta la soledad, no la de estar solo y soltero, sino esa donde no podemos dar el amor, atender al otro, abrirnos al otro, contarle lo que aprendimos, lo que vivimos hoy, el cómo estás, de forma sincera, no como parte de un protocolo ‘tinderiano’, sino el de verdad, ese donde nos miramos a los ojos para solo saber ‘cómo estás’, porque ahí ya hay amor.

Mis 5 días en Tinder no dieron fruto, y sospecho que muy en el fondo, fui atrevida de hablar con desconocidos, porque me sentí protegida por la pandemia. Obvio, quién iba a decirme veámonos para tomar un café. ¿En dónde? Y si nuestras cédulas no coincidían en pares o impares, peor.

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