Opinión

En medio de la lluvia y los pataleos policiales floreció la cuarta marcha trans

Una fiesta que honraba la vida, en un lugar donde han muerto un montón de mujeres.

En medio de la lluvia y los pataleos policiales floreció la cuarta marcha trans
"Me llamó la atención que había una gran cantidad de policías, en un encuentro que se divorciaba de la marcha del Orgullo LGBTI porque en su agenda política no se priorizan asuntos como la violencia policial contra nosotras". Getty

Desde las 3:00 de la tarde se presentaban grupos de música, en medio de una lluvia que iba y volvía. Había uno de punk (@Radamel666), que puso al público a temblar y a la vecina cristiana –que nos miraba a través de su cortina– a darse bendiciones.

A la llegada, nos repartimos picos y abrazos, nos tomamos selfies, y nos bebimos uno y otro traguito. Sobre todo nos abrazamos.  Cuando la fiesta se estaba poniendo buena, se interrumpió con un micrófono abierto: todas pudimos decir lo que nos dio la gana.

‘@Lomaasbello’ denunció racismo y hasta agresiones físicas en la marcha del Orgullo LGBTI. Explicó que el black face de una de las comparsas (pintarse la cara de negro, para simular ser afrodescendiente) era una forma de violencia. Las mujeres de la Red Comunitaria Trans de Cali contaron que eran instrumentalizadas por otras organizaciones y que eran excluidas de movimientos feministas.

Luego, la fiesta se volvió a prender, y yo, de tantos brindis, solo tengo algunas imágenes en mi cabeza.

Siempre con las putas, nunca con los tombos

Desde que llegué, me llamó la atención que había una gran cantidad de policías con escudos gigantes y cascos robóticos. Justo ahí, en un encuentro que se divorciaba de la marcha del Orgullo LGBTI, porque no nos representaba, porque en su agenda política no se priorizan asuntos como la violencia policial contra nosotras.

Hablé con la Red Comunitaria Trans y me contaron que la Policía llegó pisando durito y hablando grueso: “Llegaban buses y buses y motos y motos, y se bajaban esas fuerzas especiales… son esos que parecen SMAD, pero no son SMAD, y eso nos alarmó mucho, nos incomodaba y nos daba miedo”.

El recorrido que haríamos, que buscaba poner una placa con el nombre de cada una de las mujeres trans asesinadas en los lugares donde habían caído, casi se ve opacado por la Policía: iban muy rápido y no dejaban que en cada estación se rindiera homenaje a la vida de las personas asesinadas.

Quienes integrábamos la marcha, de forma efervescente, decidimos que  no íbamos a dejar que nos aguaran la fiesta. Le exigimos al conductor que solo siguiera nuestras instrucciones y, con un megáfono, la multitud empezó a gritar: “¡Hoy no! ¡Hoy no! ¡Hoy no! ¡Hoy no!”.

“La Policía ahí mismo cambió su actitud y, cuando terminamos, pedimos, desde la tarima, un aplauso. Queríamos que la Policía fuera consciente de que nos portamos muy bien y que sobraban tantos de ellos”, me ayudan a recordar las de la Red. Entonces, se me vienen a la cabeza las arengas que gritaba:  “La Policía no me cuida, me cuidan mis amigas”.

La intervención de la Policía en este tipo de escenarios debe revaluarse. Es excluyente y genera dolor. De esta manera se propagan prejuicios que, como Estado y sociedad, queremos erradicar. Por ejemplo, al principio llegaron todo tipo de familias. Estaban felices, porque había un evento con sancocho y música gratis; sin embargo, la Policía dio la orden de que sacaran  a los niños o llamarían al Bienestar Familiar.

La marcha fue un espacio de catarsis, sanación, reflexión, dolor y lágrimas de felicidad y nostalgia. Lo más espectacular: las palabras de la Madre Cindy, en el micrófono abierto, quien dijo con los ojos aguados que le habría encantado que su generación hubiera visto un evento como ese, de esa magnitud, antes de su muerte.

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Matilda González Gil

Columnistas

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