¿Es machista hacer dieta?

La Navidad llega con un trauma: la posibilidad de engordarnos. Comeremos buñuelos con una mezcla de placer y culpa. ¿Qué más?
Mujer comiendo ensalada

 

La mayoría de las mujeres en el mundo hemos sido entrenadas para vigilar nuestro peso. No es solo que en Colombia la gente tenga la costumbre de saludarte y dar inmediatamente su opinión sobre si estás más gorda o más flaca (he visto que le hacen estos comentarios hasta a mi perra, cuando la saco de paseo en Barranquilla), o que la discusión sobre la dieta o lo que comemos sea tema permanente. También se trata de que las mujeres hemos interiorizado esa mirada que fiscaliza nuestro cuerpo de manera constante; estar gorda o sentirse gorda –nos han enseñado– es una de las peores cosas que nos puede pasar. 

 


Sin embargo, nuestro peso o contextura poco o nada tienen que ver con nuestra buena o mala salud. Hay personas gordas que hacen ejercicio y están divinamente, y personas flacas con todo tipo de problemas (no solo desórdenes alimenticios, como se suele asumir de manera atrevida, cada vez que una persona baja mucho de peso). Pero la presión es más fuerte en diciembre, pues la mayoría de nuestras celebraciones giran alrededor de la comida. Esa comunión hace que se estrechen los lazos familiares o de amistad, y la respuesta emocional que tenemos frente a ciertos sabores o alimentos nos da una sensación de hogar. 

 


Es muy triste que algo que nos produce tanto placer como comer, comer juntos, comer con los y las amigas, se convierta en un dilema casi moral, porque tenemos que ‘cuidar’ nuestro peso. En su clásico ensayo El mito de la belleza, la feminista Naomi Wolf señala que en los años 80, cuando las mujeres (estadounidenses) habían adquirido más cargos de poder y mayor independencia económica, empezaron a ser bombardeadas con la necesidad de ser flacas, de vigilarse, de estar a dieta, una suerte de autocastigo que se instaló en lo profundo de nuestro ‘superyó’ y que se diseñó para debilitarnos. “No se puede hacer una revolución con mujeres hambrientas”, dice Wolf, y tampoco con mujeres infelices o que se pierden de los lazos, el cariño y la comunión social que implica compartir la comida. 

 


Ninguna mujer, por flaca o gorda que sea, suele escapar a estas presiones. Y no se trata de que nos digan “Ay, ya, quiérete como eres” (porque es más fácil decirlo que hacerlo, sobre todo cuando la presión social por verse de una determinada manera llega por todos los flancos) o, peor, “Me gustas gorda” (porque nuestro peso no está para complacer el ojo de los espectadores, ni más faltaba). Mejor hagamos todos y todas el compromiso navideño de dejar de comentarle a las otras personas sus cuerpos, de dejarlas y dejarnos comer en paz. Qué importa si engordamos o adelgazamos un poco, empecemos por quitarle esa exigencia manifiesta a los demás (nuestro yo interior quizás será más difícil de convencer) y así quizás podremos todos y todas tener Navidades más felices. 

 

 

Foto: Istock

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