La banalidad de la transfobia

La discriminación no es solo un prejuicio que ronda la mente de las personas, es una realidad excluyente que sostiene las bases de las estructuras de poder.

El concepto de violencia por prejuicio cambia el concepto tradicional de crimen por odio. El crimen por odio nace de un sentimiento profundo y personal de querer destruir al otro. El cambio en el paradigma radica en que la violencia por prejuicio requiere de unos estereotipos y creencias previas, social y culturalmente construidas, que son las que motivan los actos violentos. Es decir, ya no se entiende desde una perspectiva personal, sino que el contexto es clave. 

En Argentina, el año pasado, el movimiento travesti logró posicionar el concepto de “travesticidio”, entendido en palabras de Blas Radi como la consecuencia final de un continuum de violencias que terminan en la muerte. Ocurrió a raíz del asesinato de Diana Sacayán, una reconocida activista trans que encontraron maniatada, acuchillada y debajo de un colchón. La sentencia reconoció por primera vez en la historia que fue un crimen contra “la identidad travesti”. ¿Cuáles son esas violencias previas a que nos maten?

Se cree que la discriminación es un mal pensamiento, y que, al momento de deshacerse de ese mal pensamiento, la discriminación desaparece. Esta concepción llevada al extremo nos llevaría a pensar que en un lugar donde solo hay hombres, sin prejuicios en la cabeza sobre las mujeres, el machismo no existe. Esta definición no es transformadora y muchas veces busca quitarle la culpa a quiénes están en lugares de poder que no quieren ceder espacio ni cuestionarse sus privilegios.

Por ejemplo, en Colombia Diversa, una de las organizaciones LGBTI más reconocidas e importantes de Colombia, no hay personas trans contratadas ni en lugares donde puedan tomar decisiones. Los integrantes de la organización pensarán que como en sus cabezas ellos no son transfóbicos, entonces la transfobia no existe en dicha organización. Lo mismo puede ocurrir en medios de comunicación que se autoproclaman defensores de los derechos humanos, donde las personas trans brillan por su ausencia en contratos formales, así nos pongan de portadas y caras bonitas en todas partes. Pero, ¿Qué es la transfobia? ¿Tiene legitimidad política una interpretación sobre la transfobia enunciada desde un lugar sin personas trans?

La transfobia no solo tiene que ver con los prejuicios, también con cómo está repartido el poder y las oportunidades en las empresas, los medios, las ramas del poder, las universidades y en todas partes: ¿cuántas personas trans hay formalmente adentro? ¿Tienen posibilidad real de tomar decisiones? Dean Spade, un académico y activista trans estadounidense, argumenta que la discriminación contra las personas trans es estructural y surge de barreras que parecen banales para acceder a sus derechos. Son estas barreras, más que las personas, las que producen transfobia: “Las personas trans se enfrentan al prejuicio consciente de la transfobia, que produce una violencia selectiva, así como a numerosos escollos administrativos que convierten las necesidades vitales básicas en inaccesibles”. 

La transfobia es banal porque, aunque sus resultados son evidentes, nadie reconoce su cuota de responsabilidad. Se legitiman las configuraciones de poder excluyentes diciendo que como no hubo mala intención, la forma en la cual está constituida una estructura no tiene nada que ver con si hay o no hay transfobia. Es banal porque nos mata, nos excluye y nos silencia y, al mismo tiempo, todo el mundo finge no verla y a nadie parece importarle. 

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2019-04-28T14:54:46-05:00

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Matilda González Gil

Columnistas

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