La “conmemoración” de Iván Duque a los líderes sociales, en el Día de los Derechos Humanos

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El evento, que se realizó el pasado 10 de diciembre en Cartagena, comenzó tarde tras varios filtros y medidas de seguridad absurdas con varios paneles en los que participaron empresarios, periodistas y funcionarios públicos. Sin embargo, con el pasar las horas, fue evidente la molestia entre los asistentes porque no se les daba la palabra a los líderes.

El pasado 10 de diciembre me invitaron a participar en el “Evento de homenaje y reconocimiento a los líderes sociales por parte de la sociedad civil y el Gobierno Nacional en el marco de la Conmemoración del Día Internacional de los Derechos Humanos”, organizado por el Ministerio de Interior en Cartagena, donde junto a varios líderes sociales de distintas zonas del país, fuimos artistas creativos en la elaboración de un tapiz cosido por las tejedoras de Mampujam, en los Montes de María. 

El evento comenzó tarde tras varios filtros y medidas de seguridad absurdas (donde me hicieron abrir hasta los polvos faciales), con varios paneles en los que participaron empresarios, periodistas y funcionarios públicos. Sin embargo, con el pasar las horas, fue evidente la molestia entre los asistentes porque no se les daba la palabra a los líderes. 

Después del almuerzo, el punto a seguir en la agenda eran las palabras de Iván Duque. Luego, subiríamos al escenario tres representantes para presentar ante el auditorio el proyecto en el cual habíamos trabajado, el tapiz, mientras el mandatario en un acto simbólico daba unas puntadas a la obra. Sin embargo, antes de que esto sucediera, nos dimos cuenta de que el tapiz, que había sido entregado la noche anterior al equipo del Ministerio de Interior y se encontraba instalado a un costado de la tarima, había sido intervenido de manera irrespetuosa y arbitraria al quitar las fotografías de dos personajes que habíamos dispuesto allí, sin informarnos previamente. Una clara violación a los derechos de autor de la obra y un ejemplo más de censura por parte del gobierno. 

En el equipo la molestia fue evidente. Estábamos indignados por lo que había sucedido y aunque nuestra primera reacción fue la de irnos de ahí y no hacer nuestra intervención, decidimos continuar por respeto a las compañeras tejedoras. 

Cuando llegó el presidente y se subió al escenario, nos hicieron ir tras bambalinas para decirnos que no podríamos hacer nuestra presentación; que Iván Duque terminaría su discurso, daría las puntadas al mural y se iría. Una orden de Presidencia y no había nada que hacer. Estábamos furiosos. Yo personalmente me sentí indignada, silenciada y discriminada. 

Cuando el presidente terminó de decir nada, un grupo de líderes del Cauca se puso de pie y empezó a protestar por las personas desaparecidas. El mandatario se devolvió al escenario en un intento por apagar el incendio y evitar que las cosas se salieran de control. Como siempre, habló de todo y al mismo tiempo de nada; ninguna solución concreta, ninguna posición asertiva frente a las problemáticas que ahí se estaban planteando. Bajó, hizo la puntada, se tomaron algunas fotos de protocolo (mi gesto de desaprobación en ese momento fue hacer mala cara) y se largó sin escuchar a los líderes y sin saber de qué se trataba el mural, en el cual se plasmaban temas como: los grupos étnicos, la educación, el desplazamiento, la contaminación de los ríos, el desarrollo de vías en territorios abandonados por el estado, el incendio del Amazonas, los desaparecidos, las masacres, entre muchos otros. En eso quedó resumido nuestro trabajo. 

Las voces de las personas transgénero históricamente han sido silenciadas, infantilizadas, ignoradas y menospreciadas. En ese momento me sentí censurada; vulnerada en mi derecho a ser escuchada. Regresé a mi asiento emputadísima y traté de tranquilizarme, pero el vómito verbal fue incontrolable y me levanté para gritar: “En qué momento van a ser escuchadas las voces de los líderes, tenemos mucho que decir, yo no vine de paseo”. Algunos asistentes se unieron a mi reclamo. Nos respondieron que al final de la jornada se nos daría el uso de la palabra. 

Posterior a esto se me acercó un funcionario del Ministerio del Interior y me dijo que entendía mi molestia y que saliéramos a hablar. Nos sentamos en una sala y tuvimos una conversación en la que solo me dio vueltas. No quedamos en nada. Cuando volví al auditorio ya habían dado la palabra a solamente tres líderes. Qué creen que pude pensar, ¿acaso me sacaron para que tampoco pudiera hablar? 

Durante el resto de la jornada, sólo un par de voces más protestaron y pidieron ser escuchadas, pero nada sucedió, no hubo apoyo colectivo y me di cuenta que a muchos líderes aún les falta dignidad, se acomodan a las circunstancias y se arrodillan frente a estos actos represivos. 

Salí de allí con el sinsabor de no poder hablar en un evento que se suponía era para nosotros. Aunque algunos de los paneles estuvieron interesantes, el evento y los temas se enfocaron todo el tiempo hacia la violación de los Derechos Humanos en el marco del conflicto armado y del narcotráfico, algo obvio porque esa es la agenda que nos quieren vender, la de la guerra, la de la “seguridad democrática”, pero en ningún momento se habló de la censura y el silenciamiento a los líderes, de la violencia sexual y de género, de la injusticia y desigualdad social, de las barreras de acceso a los derechos, de la violencia y abuso por parte de la Policía Nacional, del desmonte del ESMAD, de la criminalización de los usuarios de drogas, de las solicitudes del Paro Nacional, de las dinámicas institucionales del Gobierno y de todas esas situaciones que en la actualidad son las causales de la violación y vulneración de los Derechos Humanos. 

Por otra parte, fue una experiencia enriquecedora porque conocí personas y procesos maravillosos de todos los rincones de Colombia. También evidencie cómo el presidente y sus funcionarios hacen lo que se les la gana, pasan por encima del que sea, como si el país les perteneciera, como si las personas les perteneciéramos. Y no, quiero recordarles que el país es del pueblo, que nosotros somos los que los pusimos allí y que de ser necesario también los podemos derrocar. El pueblo está cansado, el pueblo quiere respeto, estamos indignados con cada discurso y pronunciamiento público en el que se lavan las manos y de una manera sinvergüenza y descarada, nos mienten; discursos que también criminalizan a las personas que se manifiestan y a las víctimas de las marchas. 

Por acciones como estas ya se cumple un mes del Paro Nacional en el que hemos alzado la voz en las calles, así se tapen los oídos y nos quieran tapar la boca, o quitar los ojos.

Para terminar de completar, ese mismo día nuestros dirigentes también conmemoraron el Día Internacional de los Derechos Humanos en Bogotá, con detalles de fina coquetería, como la represión de las marchas en la Universidad Nacional y de otras zonas del país, o el secuestro a estudiantes en carros particulares como en la época de la limpieza social y las desapariciones.

Gracias a los ciudadanos que resisten, que no son indolentes ante este tipo de situaciones. Debemos seguir unidos cuidándonos entre nosotros frente al opresor, impulsando agendas que en realidad puedan mejorar la calidad de vida de las personas. 

El pueblo unido, jamás será vencido.
 

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