La graciosa inconveniencia de odiarse y no mirarse nunca al espejo

En la adolescencia decidí que la mejor manera de evitar el rechazo que sentía hacia mi cuerpo era esquivar mi propio reflejo.

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Escribo estas palabras con rabia. Sentado, mientras tecleo, me siento incómodo en mi cuerpo. La mente me está diciendo que no quepo en la ropa que tengo puesta (pese a que es mi talla), que no debí comer tanto en la cena (pese a que no me excedí), que llevo mucho tiempo sin hacer ejercicio (pese a que es mi día de descanso en una semana donde salgo a correr seis veces), que doy asco, que soy repugnante.

Esa es una dinámica que repito varias veces en el día. En ocasiones surge por ver algún anuncio publicitario, o alguna publicación en Instagram de gente con cuerpos tonificados. La “belleza” es un detonante para mis instintos autodestructivos.

En mi adolescencia decidí que la mejor manera de evitar el rechazo que sentía hacia mi cuerpo era evitar mirarme al espejo. Eso trajo sus implicaciones: dejé de preocuparme por aprender a combinar la ropa, ni comprendí cómo construir una dieta balanceada.

Dejar de mirarme al espejo producía resultados graciosos, como salir a la calle mal afeitado y otros no tan entretenidos, como permitir que la única idea que tenía de mí mismo fuera esa despectiva que mi mente construía. ¿Cómo no sentir que era una persona desagradable estéticamente si eso era lo único que me decía todo el día?

A menudo intento encontrar en qué momento pasé de ser un niño seguro de sí mismo a estar concentrado en mi imagen física. Una vez, en una visita a mi papá, recién empezando bachillerato, él me hizo una apuesta: “a ver quién adelgaza primero, porque ambos nos hemos descuidado”.

Recuerdo mi desconcierto. Primero, porque no entendía el concepto de “descuidarse”. Segundo, porque jamás había considerado que el tamaño de mi barriga era un problema. Tercero, porque si a una persona con tanto criterio como mi papá (sobre los errores que he cometido por hacerle caso a mi papá escribiré una serie de libros) le parecía que esto era un asunto de suma importancia, era momento de ponerme al día.

Después de él, claro, vinieron las hormonas de la adolescencia, el rechazo de las mujeres que me atraían, los productos culturales que endiosan la delgadez, las reuniones familiares donde mis tíos se burlaban de mi mamá por estar pasada de kilos.

Hace dos años empecé a trotar. Primero un día, luego otro. Pronto dejé de usar ropa tres tallas más grande que la correc- ta. Hoy me miro al espejo y, cada tanto, me tomo selfis para mostrarme. También entiendo que mis voces se equivocan, que hay belleza en todos los cuerpos, que la obsesión con el “peso” es una forma de opresión que muchos sufrimos. Pero el odio sigue latente. Por eso, a veces, cuando me piden hablar de salud y bienestar para Cromos, me siento a escribir con rabia.

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@jkrincon

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Juan Carlos Rincón Escalante

Columnistas

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