Maternidad sin filtros

La guerra contra el pudor

Muchas de mis amigas, por vergüenza, prefirieron no hacerse un masaje en el canal vaginal que pudo permitir que su parto fuera más amigable. Yo, en cambio, lo probé, sin dudarlo.

Foto: iStock.

Siempre me dio pena mostrar mi cuerpo. Llevo nítidos en mi cabeza esos momentos en los que salía rápido de la piscina para coger una toalla para cubrirme. Recuerdo a una tía que me decía: “Aprovecha que eres joven y es lindo para mostrarlo”. Pero a mí no me parecía tan lindo. Creo, con el cuidado que merecen las generalizaciones, que la mayoría de las mujeres crecemos inconformes con lo que vemos en el espejo. Y me animo a incluir a otras porque vi ese afán de taparse en muchas otras amigas. Las flacas, por falta de carne; las gordas, por exceso. Yo, aunque soy delgada, meto barriga desde que tengo memoria.   

Pero el pudor no solo es producto de la inseguridad, también lo es de una inadecuada sexualización del cuerpo. Por cuenta de las religiones o el machismo, el sexo, para la mujer, ha tenido una connotación pecaminosa que va ligada a la culpa, a la vulgaridad y hasta a la prostitución. En ese sentido, en lugar de abrazar nuestra sexualidad, la limitamos de manera inconsciente. Por eso andamos siempre con la salida de baño puesta y nos sentimos más seguras si apagamos la luz durante una relación sexual. 

Ese vínculo con mi cuerpo, no obstante, fue cambiando. Con los años empecé a sentirme más segura, más libre debajo de mi piel. Y creo que el embarazo me ha dado aún más confianza. Sin embargo, no todas las mujeres pasan por el mismo proceso. De eso me he dado cuenta tras enterarme de que existe un tratamiento que facilita el parto, conocido como masaje perineal. 

Este masaje consiste en ablandar y hacer más elástico el perineo –que se encuentra entre la vagina y el ano– para que esté preparado para la salida del bebé. La idea es que se expanda con menos esfuerzo y así evitar desgarros musculares en la zona o procedimientos como la episiotomía –corte que hacen los médicos para facilitar la expulsión de los niños y cuya recuperación es incómoda y dolorosa–. 

“Adriana no quiso hacerse el masaje perineal y por eso la cortaron”, nos contó un amigo. Por lo general, nadie habla del tema, porque la mayoría no lo conoce. Lo médicos pocas veces lo mencionan y las mujeres que sí se enteran, tampoco cuentan que existe, porque ellas mismas no fueron capaces de recurrir a él. Es difícil ceder, con el pudor incrustado en la cabeza, a abrir las piernas frente a nuestras parejas –con todas las luces prendidas– para que ellos introduzcan sus dedos índice y corazón en la vagina y empiecen a moverlos en forma de ‘u’ durante 10 minutos. La idea es que hagan una delicada presión en el canal, para ablandarlo.

Yo, deseosa de un parto natural pero, así mismo, temerosa de ese dolor del que todas mis amigas me ha hablan con pavor, recibí con fascinación la información sobre el masaje e investigué sobre el tema con mi esposo. En YouTube se encuentran maravillosos videos que explican todo en detalle. La mayoría de ellos son de España, donde la partería es más aceptada y el parto natural es el ideal –en Latinoamérica las tasas de cesárea ascienden al 40%–. También le consultamos a nuestra obstetra, quien nos motivó a hacerlo.

El primer masaje fue curioso, pero, sobre todo, chistoso. Era raro verlo a él, frente a mí, en posición de ginecólogo. La sensación que me producía ese movimiento pendular era incómoda, pero completamente soportable. Al terminar, quedé con una molestia extraña, pero pronto estaba perfecta. En pocos días fue evidente que mi esposo podía estirar más sin que me doliera. Aún no sé qué tan efectivo vaya a ser en el parto, pero no perdemos nada con intentar. Para estar más preparadas para ese momento, intenso y doloroso, vale la pena dar la guerra contra el pudor y valorar nuestro cuerpo como la maravillosa máquina que es. 

 

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