La maternidad me corrió un tornillo

Desconocer que existe la depresión posparto puede destruir a una mujer, sus relaciones e incluso su vínculo con el bebé recién nacido.

Por: María Andrea Morales. 

 

Cuando nació mi primer hijo, algo en mi cabeza se prendió. Yo, que siempre fui fuerte, me volví insegura, vulnerable, temerosa. Era la mayor responsabilidad que había tenido en mis manos. Vivía con angustia de embarrarla, de que le pasara algo. Por eso no quería que nadie se le acercara, lo tocara o lo mirara. Mis papás se quedarían en mi apartamento durante la primera semana después del parto, para ayudarme, pero no lo resistí. Con las visitas de la familia me sentía invadida, desesperada, rabiosa. Así que les pedí que se fueran. Yo no era la misma, por supuesto, pero siempre asumí que era un cambio normal, el que cualquier mujer vive cuando se convierte en mamá. 

 

La angustia que llevaba sobre los hombros fue minando la relación con mi esposo. Nosotros, que siempre habíamos fluido, empezamos a chocar a la hora de tomar decisiones que tenían que ver con el bebé. Si lo íbamos a sacar a la calle, yo le ponía cinco cobijas. Mi marido me decía “Está haciendo mucho calor, lo vamos a matar”, pero yo insistía. Era eso o no salíamos. 

 

Un día, mi suegra, con toda la dulzura del caso, lanzó un comentario que me puso el corazón a mil:  “Ay, yo me voy a robar a este chiquito y lo voy a meter en una caja de cristal”. Tuve un ataque de pánico. Aunque en el fondo sabía que no se lo iba a robar, ese lado irracional de mi vulnerabilidad presintió que tal vez lo haría, que me lo quitaría. Yo no pensaba, yo sentía. Y cada sentimiento se expandía a su máxima potencia. Eso llevo a que me portara mal con ella, a recibir sus visitas con disgusto. 

 

Esta ruptura con mi suegra fracturó aún más nuestro matrimonio. Él pensó que lo había engañado, que me había vendido ‘familiar y fresca’, y ahora estaba mostrando quién era realmente.  

 

Fueron días muy grises, muy fríos. Y mi angustia se materializaba físicamente: yo vivía con el cuerpo contraído, no me quería levantar de la cama, me mantenía en silencio. Intenté ir a una psicóloga que me habló de chacras, piedras y de la necesidad de desprenderse, pero no me conecté con sus palabras. Para mí, tenía sentido que quisiera proteger a mi hijo y si eso implicaba un divorcio, me separaría.

 

Una tarde, mientras veíamos televisión, una presentadora contó que había sufrido de depresión posparto y que por esos días no quería ver a su marido. Inmediatamente, mi esposo me dijo: “Eso es lo que tú tienes”. Yo nunca había entendido la depresión. Pensaba que era una excusa para llamar la atención. Mi mamá me decía que era una moda. A nosotros, de ascendencia santandereana, nos habían criado para limpiarnos las rodillas rapidito, después de una caída, para no hundirnos en la pena. Pero ese día entendí que la depresión es más fuerte que uno, el desequilibrio hormonal no se controla con la cabeza.

 

A partir de ese momento, mi esposo empezó a ayudarme. Nos alejamos de la gente, nos concentramos en nosotros. Debieron ser días muy duros para mi mamá y para mi suegra, pero ellas fueron muy prudentes. Yo empecé a ser consciente de que mi preocupación no tenía sentido: “Mi suegra quiere a su nieto y hará todo por protegerlo”. Mi hijo también necesitaba a sus abuelas y a sus tíos. Así, poco a poco, fui cediendo. Cada día iba soltando la angustia, aunque a ratos volvía intensa. La recuperación no se da de un momento para otro, es paulatina. Yo me demoré casi un año en sentirme realmente bien. Por eso fue tan difícil tomar la decisión de tener un segundo hijo, pero cuando me sentí perfecta, nos lanzamos, y el nacimiento de María Elisa ha sido luminoso. 

 

Foto: Getty.

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