Los gomelos también roban

Pensamos que los colombianos con plata son seres de bien. Eso impide que veamos cuándo nos roban.
Hombre robando

 

Los nuevos escándalos de corrupción en el país no solo revelan que existe un problema ético, moral y de diseño institucional muy grave, también reflejan un clasismo crónico. Y es posible que un sesgo clasista esté impidiendo ver que quienes deberían trabajar para nosotros (los funcionarios públicos en todas las ramas del poder) nos están robando miles y miles de millones de pesos frente a nuestras narices. 

 


Según un estudio del Observatorio de la Universidad Colombiana, citado por Noticias Caracol: “La mayoría de los juristas involucrados en los escándalos de corrupción han salido egresados de las universidades: Externado (13), Javeriana (12), Andes (10), Santo Tomás (8), Nacional (7), Libre (7), Del Rosario (5), Antioquia (4), Del Norte (4) y Pontificia Bolivariana (3)”. Nos parece asombroso que las tres universidades privadas más prestigiosas del país —a las que asisten las personas que han tenido privilegios de clase para pagar la matrícula— sean las que encabezan la lista. ¿Quién iba a pensar que un Honorable Funcionario (con mayúsculas, como les gusta) iba a convertirse en el primer expresidente de una alta Corte en ir preso? Ese asombro nos delata: aún creemos que los pobres son más ladrones y que los ricos no roban. ¿Qué impacto tienen estas nociones clasistas en nuestra democracia? ¿A quién jode y a quién le conviene este sesgo?

 


Daniel Gómez Mazo, candidato a doctor en Derecho de la Universidad de Fordham, dice en su artículo La normalización del privilegio que en las discusiones sobre discriminación solo se discute sobre el que está jodido, nadie se pregunta sobre los privilegiados, ni por la relación entre ambos extremos de la balanza. Explica que no discutir sobre los privilegiados implica no reconocer que ellos tienen un rol activo en que las condiciones sociales no cambien: “Reducir el debate de la desigualdad a la situación de quienes la sufren me parece peligroso porque permite que el otro extremo de la relación, que corresponde a quienes se benefician de aquellos o a quienes no son afectados, debido a sus privilegios, desaparezca del mapa”. 

 


Estamos en el segundo país más desigual de Latinoámerica. En el primer semestre del año ya iban casi 90 personas muertas por desnutrición. Eso tiene que ser relevante en este debate: hay que preguntarse si existe una relación. La corrupción, sin duda alguna, debilita el desarrollo de nuestro país. Permite que unos cuantos se aprovechen de las debilidades que tienen las instituciones y que estas sean más inefectivas, lo cual contribuye a que la sociedad sea muchísimo más desigual. ¡Y ojo! Esta corrupción es la obvia, pero muchos de ellos también hacen y ejecutan leyes que benefician intereses particulares, todo cubierto bajo la idea de que la ley es neutra y no es clasista. 

 


Dado que la corrupción jode de forma desproporcionada a los más pobres y enriquece a los que tienen la posibilidad de robar grandes cantidades de dinero desde el Estado, los corruptos son responsables de gran parte de nuestra injusticia social: unos cínicos y descarados que sacan provecho de la miseria de otros. El hambre es su negocio, socio.  Parece que vestirse de paño es suficiente cortina de humo para que no vigilemos a quien, por deber ciudadano, deberíamos estar vigilando: al Estado. Cuestionar las injusticias de clase contribuye a que no nos vean la cara de estúpidos y a que hagamos de este un país más democrático, en el que la vida de los pobres también importe. 

 

 

Foto: Istock

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