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hace 13 horas
Opinión

Los niños podrían ayudarnos a cambiar la sociedad

En el camino a la ‘madurez’, los adultos perdemos habilidades y virtudes que nos permitirían construir un mundo mejor.

Los niños podrían ayudarnos a cambiar la sociedad
Pixabay

En el colegio donde trabajo tenemos sesiones grupales de psicoanálisis en las que discutimos sobre nuestras prácticas educativas. En las reuniones no solo comentamos las circunstancias a las que nos enfrentamos como educadores, también repensamos nuestra labor como maestros y reevaluamos el sistema educativo al que pertenecemos. Esta debería ser una costumbre de todos los docentes, ya que nuestra área de trabajo necesita con urgencia profesionales críticos con su labor.

Los encuentros con María Teresa, la psicoanalista, son formidables, siempre dejan reflexiones y cuestionamientos. En la última sesión, como de costumbre, empezamos a hablar de temas que no tenían mayor importancia. Luego, María Teresa propuso leer un pequeño texto: la historia del doctor Semmelweis, un médico húngaro que a mediados del siglo XIX libró una gran batalla a favor de los procedimientos antisépticos en la medicina. Buscaba reducir la tasa de mortalidad de las madres víctimas de la fiebre puerperal, causada por la contaminación del cuerpo al momento del parto. Conocimos los descubrimientos revolucionarios de Semmelweis y nos enteramos del rechazo que sufrió por gran parte de la comunidad médica, que se resistía a poner en práctica lo propuesto por el medico húngaro.

Cuando terminó de leer, María Teresa nos preguntó si encontrábamos alguna relación entre la historia y el contexto educativo al que pertenecíamos. Después de oír las intervenciones de otros profesores, comenté que tal vez la comunidad médica la podríamos comparar con el sistema educativo, que se rehúsa a cambiar las dinámicas de enseñanza y aprendizaje; los docentes, por otro lado, somos solitarios doctores Semmelweis, tratando de que el sistema omnipotente abra los ojos. El texto me dio vueltas en la cabeza durante todo el día.

Ya caída la noche, mientras leía un libro, apareció la palabra soberbia. De inmediato, mi mente hizo una relación de conceptos que no esperaba: ¿y si, en realidad, los docentes somos la comunidad médica que se resiste a ver las necesidades que tienen nuestros estudiantes para desenvolverse, adaptarse y transformar el entorno al que pertenecen? ¿Será posible que la soberbia de los docentes, embriagados de poder y parados en la falsa idea de poseer el conocimiento, hace que nos neguemos a ver la verdadera crisis de la educación, mientras perpetuamos un sistema agrietado y antiguo?

Lo medité por unos segundos hasta que una nueva idea llegó a mi mente: ¿quizás los verdaderos doctores Semmelweis son los niños, y los adultos (todos) nos resistimos a valorar los descubrimientos y mensajes que nos envían a gritos? ¿Nuestro ego, nuestros miedos y nuestras envidias podrán ser culpables de que no valoremos y reconozcamos el verdadero poder de los niños? ¿Debemos seguir considerando a los menores de edad como proyectos de adultos?

Seamos sinceros, los niños y los jóvenes tienen un montón de habilidades que la mayoría de adultos perdimos en el camino a la ‘madurez’. Ellos son capaces de imaginar con vigorosidad, de perdonar y no guardar rencores, de amar incondicionalmente, de adaptarse fácilmente a nuevos contextos, de aprender y desaprender a velocidades asombrosas, entre muchas otras… ¿Será que si los hacemos participes en los procesos de construcción social pueden ayudarnos en el intento de tener sistemas más justos, armónicos y sostenibles que aseguren nuestro bienestar?

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Eduardo Ordóñez

Columnistas

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