Los niños tienen derecho a sentirse amados

Algunos papás creen que la educación debe incluir palmadas, golpes y humillaciones. Sin saberlo, crían hijos adictos al dolor.
Madre hablándole a su hijo

 

Los niños establecen su primera relación con sus cuidadores: ahí reciben su primera enseñanza sobre el amor. No solo aprenden de lo que escuchan, el proceso pedagógico también incluye lo que ven y lo que sienten –así lo explica Marcela Lagarde, según las memorias de su curso Claves feministas para la negociación en el amor–. Es decir, no solo entendemos un concepto cuando nos explican de forma literal: “El amor es esto”, sino que también lo hacemos cuando vemos el ejemplo de quienes tienen la responsabilidad de criarnos.

 


Para Erin Pizzey, todas las personas tienen el derecho a “estar rodeadas de padres que las nutran y las amen en una atmósfera pacífica”. Cuando un niño nace en un ambiente familiar violento, este derecho se ve frustrado, porque “vive en un mundo donde el dolor emocional y físico y el peligro están siempre presentes”. Son personas educadas para generar o recibir dolor.
La autora explica que los niños que nacen en ambientes violentos probablemente se convertirán en personas “propensas a la violencia”. Las describe como “adictas al dolor”, que “aprenden a encontrar satisfacción a través de infligir o recibir dolor emocional o físico”. 

 


Según ella, todos los niños tienen la necesidad instintiva de sentirse amados y felices, y por eso los bebés se unen a cualquier persona o situación que esté disponible para ellos. Por eso, cuando nacen en hogares sin violencia, crean bases seguras, se sienten amados y, por lo tanto, pueden desarrollar capacidades para ser independientes, tomar decisiones y “recrear un amor feliz en relaciones futuras y con sus propios hijos”. 

 


Pero, cuando crecen en ambientes hostiles, instintivamente se unen al dolor: “No pueden crecer y convertirse en personas independientes, porque son esclavos de la adicción… recrean situaciones de violencia y dolor porque esas situaciones remueven los únicos sentimientos de amor y satisfacción que conocen”.  

 


Desde pequeñitos son entrenados: les dicen que les pegan porque los quieren; es decir, que el amor puede coexistir con el dolor. El maltrato psicológico, las humillaciones, los gritos y las manipulaciones emocionales también generan graves heridas. Lo mismo ocurre cuando son testigos de la violencia entre sus padres, así no reciban agresiones directas. Los niños normalizan la violencia. 

 


Para Erin, es posible salir de la adicción al dolor en comunidades solidarias, donde las personas puedan entenderla, superarla y aprender a “confiar y a ser felices en el amor, en vez de la violencia”. Es posible construir mejores realidades con relaciones más respetuosas, solidarias y dignas. Es posible entablar relaciones constituidas por acciones concretas de cariño, cuidado y respeto, en las que la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace sea la base fundamental del entendimiento.

 


No es que los padres no puedan orientar a sus hijos, pero la violencia nunca se justifica. Se puede enseñar de forma cariñosa, paciente y amorosa. De Navidad, démosles a los niños colombianos lo que ya deberían tener: infancias llenas de cariño, cuidado y respeto. 
 

 

Foto: Istock

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Rita y Camille

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