Opinión

Para ser profesor hay que botar los prejuicios a la caneca

Si vemos llegar a un estudiante con parte de su pelo rapado y pintado, podemos pensar que nos sacará canas, pero también es posible que estemos muy equivocados.

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Empezaba un nuevo año escolar y llegó el momento de conocer a los estudiantes de mi curso. El primer día de clases siempre me emociona porque marca pautas que determinan cómo nos relacionaremos como grupo.

Recibí una lista con los nombres de 21 estudiantes, 11 niñas y 9 niños. Al hacer un escaneo rápido, vi a un estudiante que llamó mi atención. Con solo 9 años, tenía la mitad de la cabeza rapada, pintada de verde y decorada con una estrella. De inmediato, me dejé envolver por numerosos prejuicioss retrógrados: seguramente es un niño con una familia disfuncional. Tal vez busca llamar la atención. Le faltan límites. Seguramente me va a sacar canas. Mi cabeza le dio vueltas al asunto durante algunos minutos.

Terminó la clase y salimos a descanso. Vi a mi estudiante comiéndose una empanada y me acerqué.

­—¿Es un nuevo look o siempre te peluqueas así? –le pregunté.

—No, es un nuevo look, en honor a la estrella que ganó Nacional –contestó mientras yo levantaba la ceja.

—¿Y crees que eso amerita un corte de pelo así de llamativo?

–-Claro, hay que celebrar. Además, cuando me canse me corto el pelo de otra manera y ya.

Me quedé en silencio y sonreí. Tenía toda la razón. Su respuesta me sacudió, hizo que volviera en mí. Unos años antes, yo había tenido un corte bastante llamativo y pensaba que era injusto que me juzgaran por eso. Era solo pelo que crecería, un juego estético.

Ese día descubrí que me había dejado enredar por unos prejuicios ajenos a mi esencia. Por alguna extraña razón, luchaba contra lo que yo era, contra mi propia concepción de la vida. Durante varios días me pregunté porqué habían surgido esos prejuicios tan naturalmente; no entendía cómo había pasado de ser víctima a victimario en tan poco tiempo.

Ese proceso de reflexión me permitió entender que me estaba comiendo el cuento del poder. Como maestros, es muy fácil caer en la idea de que que somos dueños de la verdad y tenemos la misión de hacer que nuestros niños sean funcionales para el sistema. Un sistema prejuicioso que estandariza y le teme a la diferencia porque hace que los engranajes de esa gran maquinaria pierdan ritmo.

Los docentes debemos recordar que en la diversidad hay riqueza y que la estandarización es tal vez una ruta certera para asegurar la eficiencia pero, a la vez, el camino más ruin para apagar el brillo en los ojos de una persona.

Como maestro no pretendo formar desadaptados, busco que mis estudiantes encuentren su esencia para que se integren en las dinámicas que los rodean sintiéndose orgullosos de su singularidad. Hoy tengo, nuevamente, un peluqueado llamativo y aquel estudiante de la estrella en la cabeza ha sido uno de mis mejores maestros.