Opinión

Por un nacimiento amoroso

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Después de dos partos en los que me sentí vulnerada, decidí convertirme en doula y acompañar a otras mujeres en el poderoso proceso de tener un hijo.

Tengo 31 años y soy mamá hace 13. Estrené cédula y bebé al mismo tiempo.  Tener a mi primer hijo no fue fácil, por eso, cuando volví a quedar embarazada, quise que todo fuera distinto.

Esta vez leí cada texto que se me atravesó, fui a cada taller y me vi cada documental. Era una bebé que habíamos deseado tanto, que quería que todo saliera perfecto. Poco a poco descubrí los beneficios de un parto sin medicación y eso llevó a que empezara a desear que el mío fuera natural, sin intervenciones innecesarias.

Desde hace décadas se medicalizó el proceso de traer un hijo al mundo. Eso, en principio, fue maravilloso, ya que disminuyó las tasas de mortalidad maternoinfantil.  Sin embargo, fascinada por las ventajas de la intervención médica en el parto, la sociedad empezó  a ignorar los beneficios de un camino más natural. Muchas mujeres no saben, por ejemplo, que posponer la anestesia puede acortar el trabajo de parto, ni que la salida del bebé por el canal vaginal fortalece sus pulmones y su sistema inmunológico.

Por todas esas razones y muchas más, le dije a mi médico que estaba lista para un parto natural de verdad, pero él no me ayudó a que eso fuera posible. Pasé por las mismas intervenciones que en el primero: me pusieron pitocín (una hormona que induce las contracciones) y anestesia; me hicieron un corte en el periné que no es recomendado por la OMS; consideraron la posibilidad de sacar a la bebé con fórceps, y cuando nació se la llevaron 24 horas a observación y me impidieron  amamantarla. Me sentí absolutamente incómoda y vulnerable.

Después de esa experiencia, seguí leyendo, buscando y hurgando hasta que encontré una profesión tan hermosa y antigua como desconocida, que consiste en ofrecer apoyo físico, emocional e informativo a la madre durante el embarazo, el parto y el posparto, respetando sus deseos. A quienes desempeñan esta labor se les llama doulas y yo decidí formarme para convertirme en una de ellas.

De acuerdo con la Asociación Americana del Embarazo, tener una doula en el  equipo de nacimiento disminuye la tasa de cesáreas un 50%, la duración del parto un 25%, el uso de pitocín un 40%, y las solicitudes de una epidural un 60%. Con masajes, cantos y ejercicios de respiración, entre otras cosas, las doulas tienen la capacidad de reducir el estrés y la ansiedad para que el parto sea más seguro y agradable.

Mi vida tiene sentido gracias a la maternidad, por eso escogí un nuevo rumbo que me permite acompañar, contener y apoyar a otras madres, para que el proceso de traer un hijo al mundo sea apasionante y gozoso.

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