¡Qué alivio!

Estar embarazada es esperar. Esperar nueve meses a que nazca el bebé. Esperar que todo esté bien y confiar, no hay de otra.
Mujer embarazada cogiendo su barriga

 

La ecografía transvaginal fue nuestra primera cita con el bebé. Escucharíamos su corazón dentro de mí. Cada día siento que mi panza crece. Cada día la veo más gordita, como si me hubiera dado a la tarea de comerme ocho donuts de arequipe, cinco helados y 10 pandebonos callejeros, todo en una misma semana. Pero lo que hago es todo lo contrario: no como dulces, fritos, gaseosas; mi mecato más extremo es pan con mermelada light. Aunque mi cuerpo está bien y casi no he tenido síntomas de embarazo, estoy ansiosa por saber si allá abajo está todo bien. Y como no lo veo, no lo escucho, no lo siento, es difícil descubrirlo.

 

 

En la sala de espera del consultorio, ubicada en el segundo piso del edificio, solo podía estar la paciente. Mi novio esperaba abajo, jugando Nintendo Switch (era la envidia de todos los otros papás que esperaban junto a él. Si yo no puedo salir de mi casa sin todas las vitaminas que debo tomarme a diario, el hombre no sale sin su miniconsola).

 


Afortunadamente, para distraerme, tengo mi capacidad infinita de entablar charlas con desconocidos. Cuando una está embarazada y ha sido periodista la mayor parte de su vida profesional no puede evitar iniciar conversaciones con otras embarazadas. Sí, soy esa que empieza rompiendo el hielo con ¿cuánto tienes? Claro, tuteando, para parecer más amigable. Y de ahí, la cascada de interrogantes: ¿ya sabes qué va a ser? ¿qué se siente la ecografía transvaginal? ¿duele? ¿a los cuántos meses empezó a patear esa barriga enorme que tenés hoy? Hasta que ese momento, que parece una charla entre amigas de toda la vida, se quiebra por el llamado de la enfermera: “Mónica Diago, desvístase, póngase esta bata y espere que la llame la doctora”.

 


-  ¡Por favor dígale a mi novio que suba! Digo casi sollozando, como si me llevaran al matadero.
-  Tranquila, ya se lo llamo.
 Y aparece él. El alivio que cura. Entramos. Abro las piernas. La doctora inserta un condón a una minipalanca y lo introduce dentro de mí. Ni tan incómodo ni tan doloroso como me habían advertido. Y en una gran pantalla  empieza a reflejarse mi panza con una bolsa negra adentro y al interior un dibujito blanco, pequeñito. Es el bebé. Así, sin mayor preámbulo, ahí estaba, quietecito. La doctora empieza a dictar números y cifras, combinaciones de sílabas que nunca antes había escuchado. ¿Estará todo bien? Esas claves que le dicta a la asistente significarán: “¿el bebé esta regio?”.

 


-  Doctora ¿todo bien? 
-  Está perfecto, Mónica. Escuche su corazón.
Y le sube el volumen al aparato ese extraterrestre que tiene en frente y lo escuchamos. Late rapidísimo y las vibraciones van apareciendo en la pantalla. Música para mis oídos. Eso es todo lo que quería escuchar esa semana. Una lágrima rueda por mi mejilla, más que por el momento enternecedor por la confirmación de que la vida late adentro, que el bebé logró aferrarse a su nuevo espacio vital sin ningún obstáculo, hasta ahora.

 


Salimos sonriendo. Esperamos el resumen de la ecografía (y la foto, claro), en la sala de espera llena de papás. Mi novio me pide que juguemos Mario Kart mientras tanto. Sí, ¿por qué no? Empezamos, escojo siempre un carro rosado, lleno de adornitos que no sirven para nada pero se ve bonito. Me volteó unos minutos después y tengo tres papás atrás observando el juego. Llegan los resultados de sus ecografías y no pueden quitarle la mirada al aparato. Sus esposas los regañan. Yo no puedo parar de reír y le digo al más fisgón: “tiene que comprarse uno para todas las salas de espera, que le faltan”, y le meto turbo a mi carrito de la Barbie a ver si algún día llego de primera.

 

 

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Foto: Istock

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