¿Qué hacer con el que pide una moneda en Transmilenio?: a veces doy dinero y otras digo “no más”

Para no entrar en discusiones largas, parto de una base: la labor de algunos de los que viven de la caridad es conmover al auditorio y lo hacen muy bien. Por eso me meto la mano al bolsillo.

Archivo El Espectador

Transmilenio es una terapia para el cuerpo y el corazón. Si realmente tuviéramos espíritu, debería existir una máquina que fuera capaz de analizar lo que le sucede cuando vamos en este sistema de transporte.

¿Transmilenio es útil? Sí. ¿Es cómodo? A veces. ¿Es una gran escuela de la vida para los que tienen pensado irse becados a Suecia? Transmilenio ilustra, adentro aprendes a domesticar la horrible sensación de colapso e inseguridad, tan inherentes a los colombianos. El ambiente en los articulados enseña a valorar lo que tienes y a ponerte en los pies del otro (Le puede interesar Dar o no monedas en un semáforo: ¿cuál es la mejor manera de ayudar a los inmigrantes?).

Lo tomo para ir a la universidad y al trabajo.  En horas pico es una verdadera pesadilla si uno se levanta irritado. Un mal día puede iniciar en Transmilenio y también puede gestarse uno muy bueno. Cuando el sistema funciona, me bajo en la estación pensando que es más útil que coger taxi, Uber o carro particular, sobre todo en las distancias largas.

A la agresividad de los pasajeros y a la zozobra del hurto, se debe sumar el desfile de personas que piden dinero. En un trayecto de la Universidad Nacional a la Avenida Suba con calle 116 he llegado a contar hasta cinco que se paran a narrar parte de su vida, agarrados de los tubos.

Procuro escuchar al menos a dos, primero para saciar el interés de saber qué le sucede y, segundo, para “estudiar” su discurso. Dependiendo de su elocuencia y del desarrollo de su relato, como no tengo mucho qué hacer ahí sentado (o parado), llego a conclusiones arbitrarias. Me fijo en las comas, en los silencios y en los adjetivos durante su puesta en escena, le pongo cuidado a los giros de su historia y, por último, veo la cara de los que integran el auditorio. Me gusta cerciorarme de lo convincente que puede ser, la cantidad de monedas obtenidas es el veredicto de los jueces.

Para no entrar en conflictos profundos, parto de una base: el trabajo de los que viven de la caridad es conmover. Hay testimonios ficcionales que, por estar bien construidos, merecen un reconocimiento monetario. Hay otros que son extremadamente exagerados y sensibleros; los que llegan con una actitud pasivo-agresiva ni siquiera les presto atención.

Sé que una moneda de $200 no soluciona su problema ni a mí me hace mejor ser humano. De hecho, si yo fuera presidente no sabría qué hacer ante una crisis migratoria. Por supuesto que apostaría por una política fraternal. ¡Ojalá Colombia fuera Escandinavia para que pedir plata no sea el único camino!

 

 

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Boris Zapata

Columnistas

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