Soy hombre y el feminismo me ayudó a tener mejor sexo

Pensamos que el orgasmo femenino es tan desafiante que muchas veces ni nos esforzamos. No entendemos que el problema es nuestro, no de ellas

"Es muy difícil hacer que las mujeres se vengan”, me dijo una vez un amigo. Teníamos veinte años. La frase no la planteaba como un reto, sino como excusa: como era una verdad inevitable, no se preocupaba por eso. No es difícil deducir que tanto él como yo éramos pésimos polvos. 

 

Cómo llega uno a su segundo año de universidad, después de varias parejas sexuales, diciendo esa barrabasada. Básicamente era un privilegio masculino. Nosotros no tenemos la necesidad de reflexionar sobre el placer ajeno. 

 

Con todas las denuncias del movimiento #MeToo, muchas personas han lamentado que estemos en una especie de estado autoritario feminista, en el que los hombres ya no podemos ni mirar a una mujer. El mensaje apocalíptico es que todo lo positivo del ritual de seducción se está perdiendo y que va a ser imposible el buen sexo. 

 

Mi experiencia ha sido totalmente opuesta. Estudiar las distintas corrientes del feminismo, leer las experiencias de las mujeres y escuchar con atención los reclamos de quienes se han sentido vulneradas me ha permitido abrir los ojos a un montón de prácticas que jamás me cuestioné y que estaban afectando mi vida sexual y mi relación con las mujeres. 

 

Ahora entiendo, por ejemplo, que ubicar a ‘las mujeres’ en un pedestal inaccesible no es un homenaje sino un acto de arrogancia y condescendencia. Toda mi adolescencia y buena parte de mi universidad sentí una lástima melancólica al ver que las mujeres que yo deseaba me veían como un amigo. Creía que eso se debía a que no valoraban a un romántico empedernido que las bañaba con halagos. 

 

Hicieron falta muchos años y muchos golpes contra la pared, y muchas mujeres pacientes que me explicaron cosas para darme cuenta de que el problema era yo, que no me tomaba el tiempo de verlas como seres humanos complejos que debía entender, y que esperaba que una rima fuera suficiente para que me vieran como su gran amor. 

 

Esa idea preconcebida de las mujeres se reflejaba en mis relaciones sexuales.  Como su placer era imposible, me conformaba con quedar satisfecho yo. Cuando las sentía incómodas, lo entendía como un insulto, no como una señal de alarma. Exclamar “¿Quién las entiende?” era mi vía para escapar sin hacerme preguntas difíciles: ¿será que algo en mí está fallando? ¿Será que el hecho de que ella no se haya venido debería preocuparme?

 

El feminismo enseña a preguntarse eso; a despertar y sacudirse el privilegio de no tener que ver al otro como un ser con necesidades y temores, y deseos que deben ser reconocidos para que haya disfrute mutuo. La experiencia sexual es tan compleja para las mujeres –ya sea por miedos justificados, expectativas culturales que las cohíben o innumerables experiencias con malos amantes–, que no puede haber buen sexo si no se crea confianza. Hay que entender que el placer ajeno también puede ser propio; que ellas no deben cumplir mis deseos; que venirme no es el fin. 

 

Eso es lo que piden las mujeres cuando exigen un consentimiento vehemente, entusiasta y claro. En vez de temer el apocalipsis sexual, deberíamos entender que el feminismo lo que quiere es que cojamos mejor.

 

 

Foto: Getty.