Soy la orgullosa madre de una mujer trans

No es fácil vivir en una sociedad que te excluye. Y es muy duro saber que es una hija la que sufre por ese rechazo.

Por: Martha Pérez 

 

Cuando mi hijo me dijo que se iba a empezar a vestir con ropa de mujer, a maquillarse y a usar tacones, me puse muy triste y me enfurecí. Uno como madre no espera que un hijo le salga con un cuento de esos. No lo acepté.

 

Le dije que, si iba a hacer eso, se fuera de la casa, que no volviera e hiciera lo que se le diera la gana, pero por allá en la ciudad, lejos del pueblo. En donde nadie lo conociera.  Me enfermé.

 

Como estaba tan mal y no quería que ella, que en ese tiempo era él, me ayudara con nada (ni siquiera con una pasta para el dolor de cabeza), una hermana me llevó para Panamá. 

 

Mi hermana, preocupada por la situación, me empezó a explicar lo que estaba pasando. Me dijo que eso no era una enfermedad, que la aceptara y la comprendiera. Me negué y también peleé con ella. Me empeoré de salud. No dormía, no comía y pedía mucho al cielo para que mi hijo se quitara esas ideas de la cabeza. 

 

Gracias a Dios mi hermana me tuvo paciencia y me convenció de hablar con un psicólogo amigo de ella. Ese señor me explicó que lo que le estaba pasando era normal, dijo algo de las hormonas, de la personalidad, del género, algo del sexo; la verdad no me acuerdo bien cuál es la razón, pero en todo caso, y al final de cuentas, entendí todo. Me tranquilicé. 

 

Cuando me devolví para el pueblo y antes de entrar a la casa, me di cuenta de los comentarios. La gente se burlaba y hasta el cura me dijo que estaba preocupado. “Dios está en contra de eso, lo castiga. Tráigame al niño para hablar con él”, me dijo.  Hoy digo que es gente ignorante. 

 

Antes de irme para Panamá, la vi vestida normal, como un hombre, cuando llegué, ya estaba vestida como mujer. Con una blusa, vestido corto y tacones. Fue impactante.  No le dije nada. Solo la abracé, le di un beso, le dije que no llorara porque si no se le iba a correr la pestañina.

 

Ha sido duro porque al principio uno le tiene mucho miedo a lo que dice la gente. Las personas lo atacan y lo rechazan a uno por ser diferente. Entiendo a mi hija porque de niña también me rechazaron y crecí acomplejada.  Como tuve problemas de crecimiento y mis músculos no se desarrollaron normalmente, siempre he tenido que usar muletas. No podía jugar. Una vez un señor me dijo que mejor me cortara las piernas. 

 

Me acordé de todo lo que sufrí y de lo mucho que lloré para poder apoyar a mi hija. Crecer en un ambiente de rechazo es jodido. La gente no sabe el daño que hace con los comentarios. Lastiman, pero, sobre todo, destruyen el alma.

 

Hoy soy la orgullosa madre de una mujer trans. Antes de que ella tomara la decisión de su transformación, peleábamos mucho. No sé si era por la frustración de no verse en el espejo como lo que era, pero contestaba a las malas, con groserías y a las patadas. La situación ha cambiado. Nos apoyamos, le doy consejos de la vida y de maquillaje, pero, sobre todo, le doy fuerza para que se acepte tal y como es. 

 

A los padres que están pasando por lo que alguna vez pasé y no quieren aceptar la situación, les digo que los hijos son para siempre. Por todo lo que pasó, soy una mujer separada y ahora digo que tengo un exesposo, pero jamás voy a decir que tengo un ‘exhijo’. Hay que abrir la mente, comprender, amar y aceptar.

 

*Este testimonio fue posible luego de una entrevista de Joseph Casañas a Martha.

 

Foto: iStock. 

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