Opinión

Soy maestro porque creo

Paulo Freire dijo “La educación no cambia el mundo, cambia las personas que van a cambiar el mundo” y yo estoy totalmente de acuerdo. Por esa razón no quiero que mis estudiantes esperen a adultos para que empiecen a transformar su entorno, creo que deben comenzar desde ya.

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Hace algunos años decidí darle un vuelco a mi vida y convertirme en maestro. Lo hice porque creía que las raíces de todos los problemas que nos aquejan se encuentran en la educación, pero al mismo tiempo que las raíces de todas las soluciones también estaban en la educación.

Varios años después sigo siendo docente y creo lo mismo. Por esa razón trabajo en un lugar que tiene como prioridad formar a sus estudiantes como ciudadanos libres y autónomos, capaces de desenvolverse políticamente dentro de una democracia y donde se reconoce al otro como un posible yo, en donde la diferencia es sinónimo de riqueza. Una institución que, como dirían algunos, es de educación alternativa, de avanzada.

Trabajar en este colegio me hace pensar que hago parte de un frente que busca transformar la educación. Ser maestro en La Unidad Pedagógica me hace sentir que mi labor es útil para el mundo porque buscamos estimular las raíces de las soluciones. No digo que sea un colegio perfecto, tiene sus defectos como todo, como todos… pero creo de eso se trata, de saber que no llegaremos a la perfección porque la educación debe mutar constantemente para adaptarse a las necesidades presentes y futuras de los seres humanos y del entorno en el que vivimos. Nos basamos en la pedagogía activa, un modelo constructivista que así como espera que sus estudiantes se construyan a sí mismos día a día, La Unidad hace lo mismo, está permanentemente en obra.

En este lugar me siento como pez en el agua; creo que este colegio fue hecho para mí, o mejor, yo fui hecho para él. Algunos amigos no comprenden por qué me levanto con ganas para ir a trabajar y la respuesta es muy sencilla: realmente disfruto lo que hago. Ser maestro no es fácil, puede llegar a ser muy estresante y agobiador, incluso a veces pierdo la esperanza y me pregunto si tiene sentido dedicarme con tanta entrega a lo que hago… pero esos momentos se pagan con creces cuando veo cómo se les iluminan los ojos a mis estudiantes cuando comprenden o descubren algo, cuando los veo destornillarse de la risa o usando su imaginación, cuando me explican y argumentan sus puntos de vista, etc.

Como maestro lo dejo todo en la cancha, o mejor, en el aula. Busco que mis clases sean dinámicas, divertidas y agradables mientras potencian el conocimiento y las diferentes habilidades de mis estudiantes. Creo que ellos lo perciben y lo agradecen, incuso cuando debo jalarles las orejas, ponerles límites o presionarlos. También cuando les pido disculpas por haber metido la pata o se me van las luces con alguna decisión que tomo. Creo que ahí es donde está la magia, en que nuestra relación se basa en reconocernos como individuos. Realmente pienso que tanto ellos como yo somos felices en clase.

Paulo Freire dijo “La educación no cambia el mundo, cambia las personas que van a cambiar el mundo” y yo estoy totalmente de acuerdo. Por esa razón no quiero que mis estudiantes esperen a adultos para que empiecen a transformar su entorno, creo que deben comenzar desde ya. Los adultos estamos amarrados a nuestros pendientes cotidianos y esto no nos permiten gestar los cambios necesarios; por el contrario los niños y jóvenes tienen la energía, la disposición y creatividad para hacerlo y nosotros podemos apalancarlos con nuestra ayuda. Es por eso que en los últimos años he venido trabajando para que los menores de edad se empoderen,  intervengan desde ya sus micro-entornos y construyan el mundo en el que merecen vivir.

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