Revista Cromos

También duele la soledad del papá maltratador

Por más mal padre que haya sido, es triste ver al hombre que te crió solo, con sus hijos lejos, sin tener con quien hablar porque destruyó la familia que llegó a tener.

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Después de cerrarle la puerta a la posibilidad de ser papá (me sometí a una vasectomía) algunos me ven como un ciudadano solitario que no va a tener quien le haga visita cuando sea un adulto mayor.

¿A quién voy a extrañar cuando tenga 70 años? La respuesta es sencilla: no se extraña lo que nunca se ha tenido. Si me veo solo, íngrimo, lo único que pido es tener los recursos para costear un ancianato, que los hay muy buenos, aunque supremamente caros.

Si tuviera hijos, nada garantiza que estos van a estar ahí el día en que esté canoso. La tendencia de los jóvenes apunta al cambio de ciudad y de país, por lo que los papás de niños pequeños deben poner en duda que ese pequeño que aún gatea estará atento al llamado de la compañía.

Hoy, a mis 33 años, puedo sentir la soledad de mis padres separados. Mamá, por suerte, vive con sus hermanas. Mi papá, que es alcohólico, está solo. Su última novia lo dejó por violento, huyó, por suerte decidió protegerse. Se fue para siempre de su lado. Cuando lo llamo por teléfono siento el vacío que lo rodea, lo triste que se pone porque no tiene con quien cruzar palabras ni chatear. Es de las personas que nunca ha dado un clic en un computador ni tiene correo electrónico.

Quizás si fuera un padre con redes sociales, al menos tendría la ficción digital de ver a sus hijos en fotos y el consumo de contenidos virales ayudarían a distraerlo. Mi viejo no contempla la opción de ir a un ancianato, le parece lo peor, una especie de derrota social, como si estar solo, con el hijo en otra ciudad, fuera un mejor escenario.  

Dicen que todo en la vida se paga. Mi padre lo está haciendo, puedo verlo comer el plato frío de la vida a sus 63 años. Creánme que se siente feo. La soledad del victimario, por más merecida que sea, trasnocha, oscurece los días, despierta la compasión. Dicha soledad no es patrimonio de los que se han portado mal: es la de todos. La que nos va a tocar a los estériles, a los papás y mamás felices, a los maltratadores y a los respetuosos.

Debemos prepararnos.