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Columnista invitado / 24 Jan 2022 - 9:34 p. m.

¿Disfrutar la música de Camilo Echeverry es un placer culposo?

No soy camilista ni tengo una pelea con sus fanáticos. Quiero entender por qué hay una suerte de “enclosetamiento” en sus seguidores mayores de 30 años.
Camilo Echeverry y Evaluna Montaner se casaron en febrero de 2020.
Archivo Particular
El 18 de noviembre pasado obtuvo varios Latin Grammy.
El 18 de noviembre pasado obtuvo varios Latin Grammy.
Foto: BRIDGET BENNETT

Camilo Echeverry tiene todo para ser la estrella que es: pinta, sonrisa, carisma y, por último, letras y voz. Para los que no lo conocen (sé que todo el mundo lo conoce, pero este es un ejercicio), el colombiano es conocido por sus hits musicales más que por sus primeros atributos recién mencionados. Es decir, es famoso por su música, aunque, a mi consideración, él es más guapo que cantante y más influencer que músico.

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En diciembre del año pasado, mi pareja fue a uno de sus dos conciertos en Bogotá. Al regresar a casa, le pregunté por el recital; primero habló de un montón de detalles que no son menores. Enfatizó en la cantidad de adolescentes que colmaron las tribunas. Niñas de menos de diez años saltaron de la emoción y, como en los tiempos del rock pesado, no faltaron las pancartas con mensajes que mi interlocutora no supo recordar.

Al consultarle por el “público adulto contemporáneo” del concierto, recibí por respuesta que a vuelo de pájaro estaban contados con los dedos de las manos y los pies. Es decir, si los interesados en disfrutar la música de Camilo se dividieran entre grandes y chicos, los primeros serían minoría. Y quizás muchos adultos fueron para acompañar a sus retoños.

La descripción del entorno es esencial para entender su cubrimiento discreto en las redes sociales de mi pareja. ¿Por qué? Porque mi novia se sentía fuera de lugar, de repente, al mirar el paisaje del Movistar Arena, se vio atrapada en un concierto de High School Musical. Nadie le pone la edad a la admiración de los artistas, por más que los gritos y los cantos a coro suenen pueriles, como cortinilla de un programa infantil de sábado en la mañana.

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Aquí no termina el gramaje de pena que todavía siente mi novia cuando tocamos el tema Camilo. El tímido video que publicó aquel día en Instagram recibió críticas y chistes de sus contactos, y otros mensajes internos en los que X y Y amiga le reconocieron su admiración por Camilo y la pena de revelarlo en redes sociales.

Ahora olvidémonos de que es Camilo Echeverry, y pensemos en la vergüenza que provocan los gustos culposos (Otros casos: Arjona Ricardo, David Pabón y Eddie Santiago). A estas alturas de los empoderamientos y de las ingentes luchas de grupos históricamente discriminados, nadie debería avergonzarse de sus gustos. ¿Acaso determinado género musical es motivo de amores y odios? ¿Hasta cuándo seguiremos atrapados en los extremos?

No le deseo a nadie tener un vecino con un hiper equipo de sonido, poniendo música a todo volumen (imagínense a un devoto de Camilo intentando quebrar los vidrios de la cuadra). Ni porque me alquilen por oír la obra musical de Camilo sería capaz de darle la oportunidad. Pero no me creo superior a los que abrazan sus éxitos; somos libres de elegir lo que queremos (¿lo anterior será cierto o las redes lo hacen por nosotros?), por más que se trate de un cantante de voz particular, con bigotes trasnochados de Salvador Dalí.

Autor de la columna: Alberto Ochoa Mackenzie.

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