Columnista Cromos

Tenemos derecho a hacer popó con dignidad

Las personas con colostomías no solo deben lidiar con las dificultades de llevar su materia fecal en el estómago, sino con la desconsideración del sistema de salud.

Foto: Getty.

Una colostomía es un procedimiento en el que se desvía el colon para que uno haga popó por el estómago en una bolsita. Te sacan un pedacito de intestino para hacerte una especie de ano (al que llaman estoma), pero sin esfínteres ni terminaciones nerviosas. 

Alrededor del estoma se coloca una barrera que se pega con un pegante muy fuerte a la piel y a ella se conectan unas bolsitas desechables para que caiga la materia fecal. Me la pusieron porque se me explotó un absceso perianal (una acumulación de pus alrededor del ano) que me dejó una herida muy grande. El objetivo era garantizar que la herida no se infectara con materia fecal.

Cuando me dijeron que me iban a poner colostomía, traté de no pensar en sus implicaciones para entrar más tranquila a la cirugía. Apenas salí, me dijeron que iba a tenerla por tres meses. Lloré mucho esa noche. Tenía rabia ante la impotencia de no poder cambiar la situación; asco de tener que ver mi mierda todos los días al cambiar la bolsita y al limpiar el estoma, y miedo de ser rechazada en mi trabajo, por mi familia y por mi pareja. 

“Hay personas que la tienen de por vida”, me decían, dizque para consolarme. Me preguntaba si iba a oler maluco, pero me explicaron que el material de las bolsas es superresistente. Sin embargo, entré en depresión: pasaba días y noches sin pararme de la cama, no me bañaba y estaba siempre de mal genio. 

Todos los días, me tocaba ver mi propia mierda, olerla y untarme un poquito. Es un malestar que nunca se va del todo, pero con el que uno se va acostumbrando a vivir. Cagar por el estómago te cambia los lentes con los que ves la vida. Para la Asociación Colombiana de Ostomizados (ACDO), un grupo de apoyo para personas con ostomías (cuando se hace en el colón se llaman colostomías, pero también hay ostomías que salen de otras partes del sistema digestivo), estas representan una nueva oportunidad de vida. 

Acudí a ellos y aprendí que las personas ostomizadas se la han guerreado para poder cagar con dignidad. Por ejemplo, a mí me autorizaron diez bolsas por mes. Es decir, yo debo lavar las bolsas para que me rindan los 30 días, una tarea que me ha parecido horrible. “Las bolsas están creadas para usarse y desecharse, como un pañal”, me explicó Mariela Acero de Romero, de la ACDO. 

Tampoco me dieron el pegante con el que se adhiere la barrera a la piel, a pesar de que el Ministerio de Salud estableció –en la Resolución 5269 del 2017, y gracias a la presión de la sociedad civil– que el sistema de salud debía cubrir todos los dispositivos que el paciente con ostomía requiera. Antes, el ‘kit de ostomía’ era de alto costo y requería tener el aval del Comité Técnico, porque no estaba incluido en el POS. 

El 6 de octubre se llevará a cabo el Día Mundial del Ostomizado, con el lema ‘Hablar cambia vidas’. Por un lado, se busca dar acompañamiento técnico y emocional a las personas con ostomías; por el otro, prevenir futuras ostomías, por medio de la promoción de buenos hábitos. El creciente estrés laboral, la mala alimentación y el sedentarismo producen enfermedades intestinales y estomacales en poblaciones cada vez más jóvenes. El cáncer de estómago es el que más muertes produce en Colombia. 

Las personas ostomizadas queremos trabajar, tener sexo y enamorarnos, bailar, cantar, hacer deporte, reír. Para hacerlo necesitamos que cambiar nuestras bolsas sea lo menos traumático posible. No es un capricho, es una necesidad. Todos tenemos derecho a cagar con dignidad.
 

 

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