Opinión

Tengo miedo de ser yo y vivir en la sociedad en la que vivo

Como parte de la campaña ‘Un líder en mi lugar’, que busca visibilizar el trabajo de los defensores de derechos humanos, en esta edición, Mati González cedió su espacio de opinión a Zunga La Perra Roja.

Tengo miedo de ser yo y vivir en la sociedad en la que vivo
Ahora, mi miedo más frecuente es llegar a los 30 con la ilusión de ser bella, coqueta y próspera.Foto: iStock.

Tengo miedo de escribir…No se cómo hacerlo. Pero heme aquí, a punto de contarles sobre otros temores que enfrentamos algunas mujeres.

Nací hace 27 años en un pueblito donde apenas llegaba la señal de la televisión y donde me engalanaba en medio de la pobreza y la miseria. Mi sexo asignado al nacer fue el masculino, pero crecí y me di cuenta de que era en realidad una mariposa multicolor, así que asumí mi identidad femenina. 

En mi pueblo me veían con extrañeza. Me decían “La loca del pueblo”. Conforme fui creciendo y sintiéndome mujer, también fui entendiendo qué implicaciones tenía serlo. Ir al baño durante los años escolares fue uno de los retos más grandes que he enfrentado. Tenía que hacer todo lo posible para que mis compañeros no me vieran, ya que no quería que me preguntaran por qué estaba en el baño de las niñas que se ponían falda, si yo era una niña que usaba pantalón de dril (a regañadientes).

Pasé mi pubertad preguntándome quién era, por qué me sentía tan extraña, por qué no me gustaban las niñas y por qué me atraían los niños. 

Después de graduarme, logré salir de ese pueblo y me fui hacia la capital de Caquetá a formarme como Licenciada. En ese momento empecé un proceso de aceptación y de reconocimiento que se cruzó con mi primera decepción amorosa. 

Para muchos hombres, tener una aventura, sexo casual o una relación de pareja con una persona trans genera miedo. Y no los juzgo. En este país genera más impacto ver a una pareja homosexual dándose un beso que la destrucción de la selva amazónica o del Pacífico. Duele ver que los demás son felices y nosotros nos la pasamos solos en casa y sin nada que hacer. Pero creo que, eventualmente, es posible construir relaciones con esos hombres que buscan una mujer diferente. Creo que se puede tejer un camino junto a ellos e imaginar nuevas formas de amar. También es posible repensar las relaciones: el ‘man’ de mi decepción amorosa volvió a aparecer y nos vemos de vez en cuando, pero solo para tomar café y cruzarnos miradas cómplices. 

Ahora, mi miedo más frecuente es llegar a los 30 con la ilusión de ser bella, coqueta y próspera, como decía Jenna Rinken en Si yo tuviera 30. No sé si sepan que, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la expectativa de vida de las personas trans en América Latina no supera los 35 años. Cuando pienso en esa cifra me lleno de nostalgia por los que ya no están. También me producen profunda tristeza los niños y las niñas a quienes les cuesta asumir su verdadera identidad, ya que no cuentan con el apoyo de sus familias. 

Me da miedo seguir siendo una cifra en el país, donde más de 8 millones de víctimas no han sido reparadas por cuenta de una burocracia institucional que hace que exigir un derecho sea toda una odisea. Aquí, más vale “quedarse quietico” y esperar la buena voluntad de algún salvador. 

Cuánta paciencia necesitamos las personas trans para soportar filas, maltratos, negaciones...  Incluso en el sistema de salud somos violentadas por el personal médico y de seguridad. Nada más tedioso que ir bien ‘diva’ al hospital y ser escaneada como delincuente por no ser lo suficientemente mujer.  Vamos en busca de atención y ayuda, y nos tildan de peligrosas, así que nos sacan y perdemos la posibilidad de recibir el servicio que tanto necesitamos. 

Tengo miedo der ser yo y vivir en la sociedad en la que vivo.