Opinión

Tres generaciones a la mesa

En realidad podría haberla invitado a almorzar a cualquier otro restaurante, pero la verdad es que me moría de ganas de presentarle a uno de mis estudiantes y que al mismo tiempo, él conociera a una de las maestras de su actual profesor.

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Hace un año, un día cualquiera llegó Luciano, uno de mis estudiantes de tercero de primaria, con un regalo especial. Era un bono de descuento del restaurante de sus padre: "Edu, te regalo esto para que vayas y nos visites". Sonreí y le conté que me sentía alagado y le pedí que le agradeciera a sus papás de mi parte por el bono, sin embargo, muy categóricamente me aclaró que ese descuento le pertenecía a él, pues sus padres le daban unos pocos descuentos al año y él podía utilizarlos como le pareciera. Esto me emocionó aún más. Entonces le dije: "me muero de ganas de ir a conocer el restaurante, pero tengo una condición. El día que yo vaya tú tendrás que estar presente". Él aceptó.

Pasaron varias semanas antes de que yo pudiera ir, pues había planeado invitar a almorzar a este restaurante a una persona muy especial. Finalmente sucedió, coordiné con la mamá de Luciano para que él estuviera y llevé a la persona que mencioné anteriormente. Es una mujer que me dejó enganchado desde la primera vez que hablamos, se llama Patricia Llinás, fue mi directora de teatro durante muchos años, es sin duda una de las mejores maestras que conozco y una de las culpables de que yo me haya convertido en educador.

Siempre me llamó la atención cómo a través de preguntas lograba que yo encontrara el camino para solucionar mis problemas y cómo sus demostradas a mis dudas o sus explicaciones exquisitamente narradas se instauraban en mi banco de datos mental. Me encantaba pedirle consejos pues para mi eran como “palabra de dios”, incluso, hoy en día sigo pidiéndole consejos pues tienen gran valor para mí. Siempre me ha seducido su forma irreverente de vivir la vida, de cuestionar lo que la rodea y su constante búsqueda para intentar pensar por fuera de la caja. Y aunque tiene la edad para ser mi madre nunca la vi como tal, ella no se dejó encasillar en esa posición, siempre nos decía en los ensayos de teatro: “yo les diré las cosas malas, porque para alagarlos siempre estarán sus mamás”. No obstante, como pueden notar, se volvió una figura de gran importancia para mí, es un referente claro, es una maestra de vida. Todo lo anterior se debe al vínculo que establecimos entre los dos, una relación de mutuo respeto y admiración.   

Hoy en día somos grandes amigos. En realidad podría haberla invitado a almorzar a cualquier otro restaurante, pero la verdad es que me moría de ganas de presentarle a uno de mis estudiantes y que al mismo tiempo, él conociera a una de las maestras de su actual profesor.

Recuerdo que esa tarde llegué a su casa y le propuse, convencido de que no aceptaría, que nos fuéramos en mi moto, pues Patricia tiene más de 70 años, sin embargo ella nunca deja de sorprenderme y aceptó. Cuando llegamos presenté a Patricia y a Luciano, él rápidamente nos llevó a una mesa y nos trajo las cartas. No estoy seguro si ellos estaban nerviosos… yo si estaba a punto de colapsar de la emoción. 

Finalmente pedimos unas entradas deliciosas y un plato fuerte que nos encantó con sus sabores, pero lo más especial fue que Luciano, desparpajado como es él, se sentó con nosotros y también pidió un plato. Estuvimos hablando y almorzando en la misma mesa mi estudiante, mi maestra y yo, tres generaciones con contextos y universos distintos reunidos por una sola razón. El vínculo entre maestro y estudiante.