opinión

Un caos perfecto en el patio del colegio

Los niños y los adolescentes con frecuencia tienen más para enseñarnos de lo que creemos los adultos; son capaces de desenvolverse en entornos a los que dudo que los mayores de edad podamos adaptarnos con facilidad.

Foto: Getty.

Además de trabajar en un colegio privado, estoy involucrado como facilitador en un programa de desarrollo personal con diferentes colegios distritales. Estas experiencias me han llevado a percibir de una manera diferente a los estudiantes pertenecientes a estos entornos, pues cada día me sorprenden con su capacidad para adaptarse a diversas situaciones; es fascinante ver cómo se amoldan a las circunstancias para lograr convivir y pertenecer.

Este relato tiene lugar en algún colegio de Bogotá, pues a decir verdad es el pan de cada día de la mayoría de las instituciones educativas oficiales de la ciudad. Me permito describir el espacio por si alguno de los lectores nunca ha entrado a un colegio distrital. Debido a una limitada y empobrecida percepción de la educación, el diseño arquitectónico de estos colegios es similar al de las cárceles: hay unas edificaciones que rodean un patio central en el cual hay una cancha de fútbol de aproximadamente 15 x 25 metros. Alrededor de esta cancha hay una suerte de pasillos y áreas “libres” donde los estudiantes que no están jugando fútbol comparten en sus descansos. Por supuesto, todo esto reposa sobre una fría, poco acogedora y rompe rodillas capa de cemento.

En estos patios centrales se dan escenas que son dignas de enmarcar socioculturalmente, son un ejemplo magnífico de convivencia. Con frecuencia, en una misma cancha pueden desarrollarse dos y hasta tres partidos de fútbol al mismo tiempo. Los jugadores parecieran estar programados para identificar en milisegundos cuándo reaccionar a un pase o a un tiro al arco, dependiendo de si este pertenece o no a su juego. Imaginen tres balones de fútbol que van y vienen dentro de una multitud de jóvenes que corre en todas las direcciones, como si estuvieran guiados por un director de orquesta al frente de una poderosa tonada de death metal. 

Pero es aún más impresionante cuando uno empieza a darse cuenta que dentro de esa cancha también se atraviesan estudiantes que no participan en el partido de fútbol, pero que también hacen uso de ese espacio. Por ejemplo, algunos corren desenfrenadamente mientras juegan yermis huyendo de una pelota de tenis; otros van tras un balón de voleibol que entró a la cancha gracias a un rebote inesperado de una “olla” que se lleva a cabo en una de las áreas que rodean la cancha de fútbol; otros más, quizás, solo están atravesando el patio para hablar con sus amigos o para encontrarse con esa persona que les gusta.

Es fascinante ver a todos los estudiantes que se desplazan según sus intereses: cómo parecen ser parte de un orden caótico perfecto. Sin embargo, de vez en cuando, dos personas que no pertenecen a la misma actividad se chocan. Entonces siento que todo el sistema armónico se va a ir por la borda y empezará una pelea, pero no, las fichas se reacomodan y el flujo continúa. No obstante, de vez en cuando los enfrentamientos sí se presentan, pero el mismo sistema se encarga de apaciguar los ánimos y de engranarse nuevamente. Confieso que disfruto observando esta sincronicidad, es casi mágica y milagrosa. Me quedo sin palabras. Solo acierto a decir, como lo hice al inicio de este texto, los adultos tenemos mucho que aprender de los más jóvenes.

 

últimas noticias