Opinión

Un estudiante rotulado

Un estudiante con un rótulo negativo con frecuencia solo necesita ser comprendido y encarrilado. A veces esos estudiantes inadaptados son precisamente eso; personas que no logran encajar y, quizás, lo que necesitan es encontrar un espacio de reconocimiento donde puedan desplegar su mejor versión para poderse adaptar.

Foto: iStock.

Hace algunos años me contrataron en un colegio como director de curso a mitad de un año escolar. En ese grupo me encontré, o mejor, me estrellé con un niño de 10 años que desde el principio se mostró rebelde, recio y con ínfulas de indomable. Al menos, así era como él se percibía. Creo que se había comido el cuento de ser inmanejable, pues se lo habían repetido mucho los adultos que lo acompañaban en el colegio.

Desde el primer día me enfrentó cuando, después de un comentario divertido que yo había hecho en el salón, me preguntó: "¿Te crees muy chistoso? - lo miré y le contesté - me creo muchas cosas y una de esas es divertido". Pasaron unos segundos y agregué - "bueno, un poco" -. Pasaron otros segundos y volví a agregar, mientras exageraba una cara de angustia - "bueno, eso creo".  Sus compañeros se rieron y a él se le escapó una sutil sonrisa. Yo no planeé mi respuesta, solo dije la verdad. Creo que fue tan honesta y desprevenida que ese día Luján, como se llama, notó que conmigo el juego de poderes funcionaría diferente.

Los primeros meses esta situación se repitió con frecuencia. Él buscaba retarme y enfrentarme, y aunque varias veces logró desestabilizarme, yo generalmente lo desarmaba con humor o agilidad mental. Una vez, mientras trabajábamos arte urbano y matemáticaS, empecé a improvisar rimas con las tablas de multiplicar. Haciendo gala de mi poca, pero arriesgada habilidad raperística, inventaba rimas con las que le preguntaba las tablas de multiplicar a mis estudiantes y ellos me daban la respuesta, hasta que llegó el turno de Luján. Me miró y me dijo: "Rapeas muy mal, ¿sabías?". En ese momento me invadió la rabia y la tristeza al mismo tiempo, pero mágicamente me fluyó una rima que decía algo como yo por lo menos me arriesgo a improvisar en vez de esconderme entre excusas para criticar. El grupo me aplaudió y él, con rabia, pero satisfecho, sonrió. Sospecho que ese día Luján sintió que yo le daba la talla, pues aunque yo no lo sabía, él era, y aún lo es, un rapero con gran futuro, con una capacidad de improvisación que dejaría a cualquiera con la boca abierta. Ese día me gané su respeto.

La semana siguiente Luján me buscó durante un descanso y me dijo: "Yo sé escribir mi nombre en seis idiomas y estoy aprendiendo lenguaje de señas". Lo miré y le dije: "Yo me sé el abecedario de manos", le brillaron los ojos y estoy seguro que a mí también. Empezamos a practicar y a tener un canal de comunicación que nadie entendía, era un túnel directo que establecía conexión. Con el tiempo otros estudiantes se sumaron, pero ya no era importante el lenguaje compartido, ya el vínculo estaba instaurado entre los dos, eso me permitió empezar a motivarlo para que improvisara con mayor frecuencia en el colegio, pues veía que eso lo hacía vibrar.  

Luján siguió siendo desesperantemente desordenado y en ocasiones impertinente, pero empezó a brillar cada vez más. Algunas personas me preguntaban cómo había logrado ese cambio en Luján, pero el que lo hizo fue él, yo sólo busqué entender cómo funcionaba su mundo para abrirle un espacio para que fluyera. Luján pudo demostrar su mejor versión: hoy en día da conciertos con su banda de rap y yo soy su fan.

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