Columnista Cromos

Un hermoso y emocionante año para olvidar

Fueron doce meses duros e inesperados, que ni siquiera pronosticó el horóscopo más pesimista.

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Escribo esto con dolor en el cuello y la espalda. El cansancio me reseca los ojos. Empiezo un relato que inicia horrible y termina bien, aunque todo esté mal. Reconozco que el 2018, todo, fue una mierda. No porque Duque quedó Presidente en Colombia, ni porque en Brasil llegará al poder un tipo más fascista. No. Fue un año de mierda porque el sistema de salud nacional me trató pésimo. Sufrí de absceso perianal y terminé cagando por el estómago en una bolsa. Además, se me murió una de mis dos gaticas recién adoptadas, terminé con mi novio y me sentí defraudada y traicionada por un amigo. Mi médico me informó que el ano me quedó un poco deforme. Aún no sé las secuelas  a mediano y largo plazo. Podría quedar cagada por el resto de mi existencia o podría sufrir de incontinencia fecal a mis 29 años. Debo esperar los resultados de unos exámenes que miden la funcionalidad de mis esfínteres. 

Justo antes de mis líos corporales, que me dejaron hospitalizada tres meses y medio, comencé a grabar La Prohibida, un espacio en Youtube del diario El Espectador que creamos los periodistas Pilar Cuartas, Josep Casañas y yo. En el canal he podido mezclar mi conocimiento como abogada con mi  frustración de ser artista. En casi todos los capítulos metemos en una licuadora un poco de activismo, humor, rabia, valentía, creatividad, rigurosidad periodística y derechos humanos. El resultado me ha vuelto a llenar de motivos para superar el dolor de cuello y espalda. He vuelto a creer que el cambio social es posible y menos aburrido. El camino es como lo describe la escritora francesa Virginie Despentes: "el feminismo es una aventura donde todo el mundo está igual de confundido". 

A pesar de tanta mierda, logro florecer.  

Justo antes de enfermarme trabajaba en un lugar en el que me exigieron, luego de avisarles que en dos horas iban a operarme para hacerme una colostomía, cumplir con mis obligaciones contractuales. Luché lo que  pude para que respetaran mi incapacidad médica. Al final, después de un río de canalladas y desavenencias, decidí que no valía la pena seguir invirtiendo mi energía. Más bien, debía concentrarme en seguir trabajando en lo que creía y quería. Di el brazo a torcer y terminamos el contrato por anticipado, de mutuo acuerdo. Ahora soy pobre, estoy arruinada y cagada, pero tengo tiempo para ser feliz.

Entre conferencias, grabaciones, entrevistas, viajes y fiestas, todos los días me enfrento a mi propia mierda. Los baños con lavamanos incorporado son benditos para mí, porque puedo desocupar la bolsa más fácil. Se siente como cuando uno logra echar agüita a un concho de salsa para rendirla en sus justas proporciones. Muchas veces las “barreras” se aferran a la piel al momento de pegar y despegar la bolsita. Se arruinan y ese accidente me pone a oler delicioso. Soy  MacGyver en los baños públicos para sellar la barrera con microporo.

Y entre cagada y cagada, está el destino que me hace sentir orgullosa de mí misma: me dedico a lo que creo. Siento que la suerte me ha corrido el tapete para obligarme a moverme a otros lugares, incómodos, sí, y desconocidos, pero llenos de aprendizaje, en donde realmente puedo ser yo. 

Este 2018 he descubierto que es necesario mirar la mierda para darse cuenta que la vida, en efecto, es una cagada. Pero entre tanta mierda, siempre es posible el placer y el renacimiento. Lo que vivo de lunes a domingo es demasiado emocionante y hermoso como para amargarme por un eventual olorcito a pedo. 

 

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