¿Cómo sería la vida de Galán en pleno siglo XXI?

Conmemorando el aniversario número 26 de la muerte del político, recordamos el artículo que escribió Hector Rincón en el cual, habla sobre cómo hubiera sido la vida de este colombiano que habría conseguido todos los honores posibles antes de cumplir cincuenta años.
¿Cómo sería la vida de Galán en pleno siglo XXI?

El caso es que Luis Carlos Galán, hoy, estaría a un mes de cumplir 71 años y desde hace veinte años, cuando apenas entraba en la cincuentena, habría tenido el sello de expresidente de Colombia porque tal era la potencia de su carrera política y de tal tamaño era su favoritismo para ganar las elecciones de 1990. Ese es el caso. El concreto, el inobjetable, el exento de conjeturas.

De su fulgurante trayectoria política se habrían ocupado –como se ocuparon– los politólogos de entonces para reseñar la asombrosa ruta de quien en catorce años pasó de ser un concejal de Oiba, Santander, a Presidente de la República; y detrás de los politólogos habrían llegado los historiadores para juzgar lo hecho y lo dejado de hacer por quien tanto pensó en cómo reordenar el país y a quien los solo cuatro años de gobierno le habrían dejado una insatisfacción incurable, una cierta impotencia tan cercana a la depresión que también de psicólogos estaría surtido este caso.

Para librarse de ellos –de los psicólogos ante una posible depresión por sus sueños inconclusos, para escapar de los politólogos cobradores de cuentas y de los historiadores implacables– y para saciar su propio ego, Galán no habría alargado más allá de los cuatro años el ejercicio presidencial. Aunque la disidencia y la rebeldía fueron el alimento básico de su trabajo político (adobado, es cierto, con una dosis de flexibilidad ante la institución liberal), Galán era de tal pulcritud, de tan buenas maneras, que no habría hecho esas contorsiones groseras para quedarse en el poder como sucedió en Colombia ya entrado el siglo XXI.

Ni otros cuatro años ni otra vida entera le habrían bastado a Galán para materializar sus ideas. No fue uno de esos políticos que acuden al cajón de las frases hechas ni al de los planes obvios: los que prometen acueducto y alcantarillado; los que anuncian más cupos escolares y más camas hospitalarias y etcétera, etcétera; de aquellos que camuflan su vacío conceptual con frases altisonantes que proclaman como original bandera que es mejor para la salud de la patria que haya menos pobreza.

 

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«Ante la profundidad de lo que se proponía, la imposibilidad de hacerlo en cuatro años y su negativa esencial a cambiar las reglas para perpetuarse, Galán refunfuñaría de la política actual a través de ensayos y columnas de opinión.»

 

Galán se proponía honduras. Reorganizar la democracia con la recuperación de la dignidad de los poderes del Estado; asegurarle a Colombia un papel histórico en la evolución de América; integrar a la vida nacional la totalidad del territorio; reivindicar el derecho de los colombianos a manejar los recursos naturales; contraponer la disciplina y la autoridad como persuasión racional a la ya ensayada represión y fuerza ciega. Estandartes que enarbolaba con precisión de cómo lograrlo en el día a día de todos los días y que arropaba con aquella frase tantico mesiánica de «por Colombia ni un paso atrás, siempre adelante, y lo que fuere menester sea».

Ante la profundidad de lo que se proponía, la imposibilidad de hacerlo en cuatro años y su negativa esencial a cambiar las reglas para perpetuarse, Galán refunfuñaría de la política actual a través de ensayos, quizás desde una revista de pensamiento político, tal vez en una entrevista larga de Daniel Samper Pizano. También –quizás, quizás, quizás– habría sido el jefe natural de una bancada parlamentaria y hubiera apoyado a alguno de sus pupilos en la lucha por la presidencia; estaría entretenido en ver cómo sus hijos Juan Manuel y Carlos Fernando tratan de distinguirse en el berenjenal de puesteros del momento, y –tal vez, tal vez, tal vez– se preguntaría por qué su hijo Claudio Mario no habría dado el salto a la política siendo el que más se le parece en cuerpo y alma.

Es fácil imaginar la ira santandereana de Galán por la corrupción aniquiladora de los sagrados dineros públicos. Una ira peor a la que a menudo se le desataba a su instructor Carlos Lleras Restrepo. Una ira que no estaría desfogando a través de Twitter porque su estatura intelectual y de estadista se lo impedirían, sino que la expresaría, ya dije, en alguna publicación de análisis que algunos laxos de los que abundan llamarían ladrilludos porque, digo yo, creo yo, los años no habrían hecho otra cosa en Galán que volverlo más denso.  

¿Amargado? No. Dije denso. Cierro los ojos y no lo veo en el Festival Vallenato y ni siquiera en la cumbre de la tercera vía en la Casa de huéspedes ilustres de Cartagena. No habría aceptado escribir para el especial de la revista Soho sobre «Yo estuve en…», para recontar cómo fue su experiencia de pasajero en un avión secuestrado a Cuba. Habría escrito libros, esos sí, sobre el fundamentalismo y los nacionalismos como tropiezos para las democracias. Se sabría todos los antecedentes de la sequía del río Manzanares, la sed de Santa Marta y el maltrato a la Sierra Nevada. Entendería sin baches la crisis palestina, y de la amenaza rusa sobre Occidente por su poder gasífero y su amistad con China tendría una larga teoría con capacidad de volver conferencia internacional.

 

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«Le habría sacado tiempo a su siempre estudiosa vida a aprender algo que le causaba un vacío: tocar guitarra. Sería un abuelo joven y feliz con cinco nietos al alcance de su ocio con quienes habría estrenado la alcahuetería.»

 

Supongo todo esto porque Galán estaba hecho de materiales muy sólidos. No se permitía ir por la vida con miradas planas y para ello no solo tenía unos ojos intensos sino una curiosidad insaciable. La última vez que lo vi fue en la sala de un aeropuerto en la que había una exposición de bonsáis y eso lo llevó a contar de un reciente viaje que había tenido por el Oriente lejano y a reflexionar sobre el significado de eternidad que le daban a ese cultivo sus inventores chinos de hace milenios. También reía, desde luego, con, por ejemplo, la reducción del nombre del aeropuerto en el que estábamos. «Le van a terminar diciendo Chepe», pronosticaba, al cerciorarse de que al José María el lenguaje de la calle le había despojado ya del Córdova. Además de usar su balcón para ver las desgracias de un país ensombrecido por las mismas fuerzas del mal que combatió y que lo llevaron a su temprano martirio, acaso le habría sacado tiempo a su siempre estudiosa vida a aprender algo que le causaba un vacío: tocar guitarra. Sería un abuelo joven y feliz con cinco nietos al alcance de su ocio con quienes habría estrenado la alcahuetería. Y, con seguridad, habría seguido cavando en la obra de Nikos Kazantzakis, el pensador griego con quien tuvo un romance intelectual que duró la vida. Y al cual Galán rindió un tributo con la suya propia. «No temo nada, no espero nada, soy libre», dice el epitafio de Kazantzakis en su tumba en Creta. Él –Galán– no temía nada como lo demostró asistiendo a la trampa que era aquella manifestación de viernes por la noche en Soacha cuando todo era turbio. No esperaba nada para sí mismo. Era libre.  

 

Foto: Javier Pesca - Archivo Cromos