¿Cómo vive un peluquero en Quibdó?

Feliciano Bejarano hace 23 años es considerado el estilista con las mejores manos de la capital chocoana.
Peluquería Quibdó

 

Por: Camila Builes

 

—Tengo el pelo llevado. Feísimo. 
—¿Y esas extensiones qué?
—No me las supieron poner. Mañana cumplo años y no quería verme así. ¿Qué parezco?
—Parecés con una rata muerta en la cabeza.
—¿A dónde voy?
—A la mejor peluquería: donde los maricas. 

 

 

De las alcantarillas de Chocó brota un agua lechosa. Las calles se inundan cada vez que llueve —25 días de los 30 del mes— y las cerca de treinta mil motos que hay en la ciudad surfean sobre el pantano esquivando, como si fuera posible, los huecos que se ocultan bajo el agua. En una de las calles sumergidas bajo la lluvia queda la peluquería Glamour. Un cuadrado rojo y blanco con cepillos y tijeras y secadores desperdigados sobre las mesas. En una de las paredes cuelga un cuadro enorme de San Francisco de Asís y en la parte trasera un crucifijo negro empastado por la grasa. En el sillón de la entrada hay dos mujeres que se ríen con fuerza y se agarran de las manos. De una esquina del salón que queda oculta sale una voz gruesa y cálida. 

 


—¿Qué quieres saber? Somos una peluquería que ha resistido. Yo misma he resistido. Siempre nos prefieren a nosotras…Calvo es alta, negra, cabello hasta la cintura. Lleva un delantal gris y la piel del pecho desnuda. Unas gafas amarillas le cuelgan del centro de la bata. Está sentada sobre una butaca alta y sus pies descalzos se apoyan sobre la silla giratoria de su cliente, ‘La chula’. Le cepilla el cabello con fuerza mientras grita saludos a la calle. 

 


—A ella le tocó duro. Fue de las primeritas que montó una peluquería en Quibdó y, para esa época, ya era gay. En un momento tuvo más de 20 empleados. Imagínese eso: el sitio siempre estaba repleto de gente, pero todos sabíamos qué hacer. Calvo nos lo había enseñado. 

 


Antonio, cuando comienza a hablarme, se sienta en el sofá rojo que hay a la entrada. Las mujeres se callan, intempestivamente, para pegarse a la historia. 
—Es mejor que le cuente ella. Ella tiene una memoria de oro. 

 

 

Hace veinte años no había peluquerías en Chocó. Cuando alguien se quería cortar el pelo, su mamá, o su abuela o su hermana sacaba de la cocina unas tijeras oxidadas y las metía en los crespos de alambra para cortarlo, como fuera, de la forma más rápida. La cosa, sin embargo, era distinta con los peinados. Había especialistas en el tema: las trenzas, las extensiones, el alisado. En algunos casos peinar era un tema tradicional. Había mujeres dedicadas a eso porque su mamá –a quien le enseñó su abuela y a su abuela su bisabuela– era la única que podía hacerlo. 

 

 

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Hace años 23 años Calvo montó su peluquería. Una de las primeras en Quibdó.

 

 


En 1993 el Sena dictó, por primera vez en la capital del Chocó, un curso básico de peluquería. Feliciano Bejarano tenía 16 años y no podía cursarlo porque era menor de edad. Eso no le impidió meterse a todas las clases para aprender a hacer cortes de hombre, tejer extensiones, aplicar la keratina y cepillar cabellos que era imposible imaginar lisos. Cuando todo el salón se graduó y cada uno recibió su diploma, Feliciano estaba en su casa diciéndole a su hermana que estaba listo para empezar. 

 


—No tenía nada, pero en mi casa siempre me enseñaron que la unión hace la fuerza. Si hay un solo plátano, lo partimos y todos comemos de ese plátano. Eso también ha sido lo que he tratado de enseñarles a las personas que trabajan conmigo: la importancia de la solidaridad. Mi hermana logró conseguir prestado, con una vecina, un tocador (de esos en los que, normalmente, se guarda la ropa) y un espejo chiquitico. Tenía unas tijeras y, empeñando alguna que otra joyita, me compré el secador. ¿Qué si fue duro? Mami… duro no es la palabra. ¿Qué comienzo ha sido fácil?
En una habitación, donde solo cabían Feliciano, una silla de plástico, el tocador y el espejo, comenzó todo. Una especie de sueño marginal que fue cobrando forma de a pocos. 

 


—En ese cuartico duré como un año. Ahí me ayudó mucho el voz a voz, las clientas me buscaban. Yo no tenía aviso, no había hecho volantes: nada de publicidad. Y, a pesar de eso, llegaban a mi casa. Hasta que mi hermana me dijo: “Hay que buscar un local más grande”. 

 


Para ese entonces, Feliciano ya tenía el cabello largo y se maquillaba los ojos. En el nuevo local empezó a contratar gente joven a la que le fue enseñando de a pocos lo que él sabía. Los mandaba, cuando cumplían tres meses junto a él, al curso que el Sena dictaba de peluquería y así fue formando un escuadrón de peluqueros en Quibdó. Todos se volvieron expertos en todo. 

 


—Por acá han pasado casi todos. Mirá esa barbería del frente donde está ese gordo malencarado –señala mandando los ojos hacia atrás a una esquina de la otra calle–. A todos los trabajadores de él les enseñé yo. Mami, yo nunca me he sentido rechazada por como soy, ¿me entendés? Mirá que por acá todo el mundo pasa y me saluda. Las nenas confían en mí igual que los hombres confían en mí. Quibdó me ha dado tanto amor. Te voy a decir una cosa: yo tengo una sobrina que vive en Cali, ella es la que me manda las fotos de cosas bien chulas para el salón. Un día fui a visitarla porque quería comprar unas cositas. Yo caminaba por la calle y toda la gente me miraba, hacían caras, se reían de mí. Me sentía tan mal, tan vulnerada… todo el mundo piensa que porque este es un pueblo chiquito, seguramente a mí me discriminan y me tratan mal, pero, todo lo contrario: jamás he recibido una ofensa por ser como soy. Las ciudades son espejismos de igualdad.
 

 

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El sueño

En una habitación, donde solo cabía Feliciano, una silla de plástico, el tocador y el espejo, comenzó todo. Una especie de sueño marginal que fue cobrando forma de a pocos. 

 

 

 

‘Los sucedidos’, como se llamaban los estilos de peinado en Chocó –cuya característica era reflejar los diálogos entre la persona que peinaba y la que era peinada–, eran el tejido oral y físico de un andar por la vida. Por medio de estas trenzas las mujeres contaban lo que les había sucedido durante el día, cómo les había ido en la mina, por ejemplo. Si les había tocado escavar y la mina era de agua, tejían las trenzas y pasaban el pelo por debajo. Y eso quería decir que habían buceado o se habían metido en el canalón. Pero, si las trenzas eran por encima, como pedazos de pelo pegados a la cabeza, quería decir que las mujeres no habían tenido que meterse de lleno al río, sino que habían sacado oro con la batea en la orilla. Todos los peinados eran vestigios del día a día. Las cosas, sin embargo, cambiaron. Según Feliciano, atrás quedaron las tradiciones místicas. Las mujeres solo quieren seguir a sus referentes: Beyonce, Rihanna, Goyo. 

 


—Ya estamos cansados con esas cosas de que los negros nos dibujábamos el mapa del palenque en la cabeza. Ay sí, pero eso fue hace un millón de años. Ahora las chicas quieren verse chic, elegantes, a la moda. Si Rihanna se pone una rasta azul, acá también nos la queremos poner azul. No hay que ponerle tanto misterio a las cosas. 

 


Feliciano se pone unas chanclas negras que están gastadas por detrás: está a punto de caminar descalza. Se levanta de la silla y le dice a ‘La chula’, la cliente que no ha dejado de reírse mirándose al espejo, que nunca se vaya a poner extensiones. “No seas güevona, eso te daña las mechas”. Ella le dice que sí y le cuenta, también, que el lunes de esa semana estaba con unas amigas que le recomendaron una peluquería más barata pero que ella no cambia a su Calvo, que no, que qué tal, que su Calvo es la mejor mano de Quibdó. 

 


—¿Cuál es el éxito de esta peluquería? Mami, que queremos a la gente. Que somos la fiel muestra de este pueblo que ha sido tan aporreado y mantiene tanto amor por los suyos. Vea, hay que ser juiciosos: yo ya tengo mi apartamento por cuenta de mi peluquería, yo quiero montar un spa y una tienda de ropa. Yo quiero, también, montar una discoteca gay. ¿Te imaginás, ‘Gallina’?

 


Le grita a Antonio que se está quitando los aretes y los mira con dulzura.
—Sí, marica, sería genial.
—Con unas luces robóticas y espejos por todos lados. Acá hay unas discos gays, pero de la peor categoría. A Quibdó hay que irle metiendo clase. 
‘La chula’ se sacude de la silla. Por fin Feliciano terminó de peinarla: hoy es su cumpleaños. Nos invita a todos a la fiesta que hará en su casa en la noche. Antonio advierte que va si lo deja llevar su combo. Ella, con la mirada en la calle le grita: “¿Qué más se va hacer, ‘Gallina’?”. Le pasa un billete a Calvo y le da un beso en la mejilla. Se sube a una mototaxi y se pierde entre la angostura del camino. 
Feliciano se vuelve a sentar en la esquina. 
—Me dijeron que esta era la mejor peluquería de todo Quibdó. ¿Usted qué cree?
Me mira con los ojos opacos. 
—Claro que sí. Lo único que he hecho en mi vida es cortar pelo, peinar pelo. De algo debió haber servido. Estoy segura de que somos las reinas de Quibdó. Nada más mírame. 
La miro. Tiene razón. 

 

 

Fotos: David Schwarz

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