Compartimos un fragmento de la novela ’El secreto de la casa del río’

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Ofrecemos un anticipo de una historia apasionante y envolvente sobre cómo el pasado puede irrumpir con fuerza y cambiar el presente para siempre. La autora Sarah Lark es editada en español por Ediciones B.

Por Sarah Lark

1

—¿Quieres ir a Nueva Zelanda? —Gernot pareció sorprendi­ do, pero no tan negativo como Ellinor había esperado. Le acaba­ ba de comunicar su intención de seguir el rastro de su bisabuelo—. Pensaba que no hablaríamos de viajes de vacaciones hasta nuevo aviso... por... el plan familiar... —Dibujó una sonrisa torcida.

Jugueteó inquieta con los prospectos que había solicitado espontáneamente en una agencia de viajes camino del trabajo.

—No va a ser un viaje de lujo —señaló—. Al fin y al cabo se trata de mi familia. Claro que es caro. Pero, a pesar de todo, en cierto modo siento que debo hacerlo.

—A lo mejor... —Gernot sonrió misterioso—, a lo mejor yo puedo colaborar en los costes. Incluso podría ser que pronto tuviera mucho dinero en la cuenta.

Ellinor miró inquisitiva a su marido.

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—¿Vas a asaltar un banco? —preguntó. Él rio con superioridad.

—No, podría ir contigo y obtener legalmente una fortuna gracias a los neozelandeses —explicó—. Nueva Zelanda dispo­ ne de museos y galerías de renombre y un círculo pequeño pero exquisito de coleccionistas de arte muy ricos. Maja me lo ha contado. Aunque está en el otro extremo de mundo, no es nada provinciano.

—¡Vas a exponer allí! —Miró a su marido sin dar crédito—. Por supuesto sería estupendo, pero resulta bastante poco realis­ ta. Necesitas buenos contactos. ¿Los tiene Maja?

—¡De todo tipo! —Gernot se mostró de pronto entusias­mado—. No hace más que decirme que tengo que hacer una ex­ posición en el extranjero para ganar fama internacional. Y co noce a un galerista en Auckland, un antiguo compañero del que me ha hablado a menudo.

Ellinor frunció el ceño. Naturalmente, estaba encantada con la idea, pero a duras penas podía disimular su escepticismo.

—¿En Auckland? Bueno, por supuesto sería fantástico unir esto a la búsqueda de Frano. Al menos podríamos desgravar los gastos de tu viaje. Pero por extranjero yo entiendo más Francia, España o Italia.

—¿O tal vez solo Bélgica u Holanda? —ironizó él, haciendo una mueca de desaprobación con la boca—. Típico de ti, Elin. El concepto de Think big no va contigo. Siempre tienes que em­ pezar con pasos pequeños, no planear cosas demasiado grandes, no viajar demasiado lejos. Maja, en cambio, piensa en otras di­ mensiones. Cuando habla de «por todo el mundo», piensa en

«todo el mundo» y no en «a la vuelta de la esquina».

Ella se reprimió la respuesta de que en ese caso ya podría pensar en Nueva York y el MoMA.

—No soy una experta en arte —cedió—. Así que cuenta:

¿crees que tanteará el terreno en Auckland para exponer tu obra?

Gernot asintió.

—Seguro —contestó él—. ¿Cuándo quieres marcharte?

—Para las vacaciones. —Lo tenía claro. Al fin y al cabo, pe­dir otro permiso habría significado otra pérdida de ingresos.

Él se encogió de hombros.

—No tengo ni idea de si es posible, es muy repentino. Y en Nueva Zelanda, en febrero es verano, no es una buena estación

para las exposiciones de arte. Llamaré a Maja. ¿Tienes ya planes concretos? —Señaló los prospectos.

Ellinor sonrió. No se habría atrevido ni a pensar que fuera así de fácil hacerle tan apetitoso el viaje a su marido.

—En un principio me he informado en general de los vuelos y de cómo organizar el viaje —explicó—. Lo mejor es volar a Auckland o Christchurch y alquilar allí un coche o una carava­na. Esto último es la solución más barata. En lo que respecta a mis objetivos precisos... Creo que el fin de semana me engan­ charé a internet. A ver qué averiguo sobre los gumdiggers y so­ bre Frano Zima en concreto...

—Crees que fue lo suficientemente conocido como para que­ dar perpetuado en internet? —preguntó Gernot, burlón.

Ella se encogió de hombros.

—Con probar nada se pierde —contestó—. Todo es posible. Tal vez alguien ha colgado las listas de los pasajeros de los bar­cos de emigrantes. Y en lo que respecta al apellido Zima... Segu­ro que en Nueva Zelanda hay pocos. En caso de que Frano o Jaro tengan descendientes, podría encontrarlos. Me limitaré a echar un vistazo por las redes sociales. Viajar hasta allí sin nin­guna planificación seguro que no aporta nada. Debe de haber puntos de referencia con los que empezar a investigar.

Después de cenar, ella se dedicó a su ordenador y Gernot llamó por teléfono a Maja. La agente estaba entusiasmada con los pla­ nes de viaje y prometió ponerse enseguida en contacto con los galeristas amigos. La diferencia horaria entre Austria y Nueva Zelanda era de doce horas. En ese momento ya era de día y los comercios y galerías estaban abriendo.

Ellinor esperaba que a Maja no se le ocurriera la idea de acompañar al artista. Pero se tranquilizó al pensar que los agen­ tes solo podían permitirse viajar con sus clientes cuando estos

ya habían alcanzado cierta celebridad. Y a Gernot todavía le fal­ taba mucho. Maja seguramente lo dejaría viajar a solas con su esposa, incluso si...

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En cuanto tecleó las palabras «Nueva Zelanda», enseguida se olvidó de la antigua relación entre Gernot y su agente. «Esta­do insular en el Pacífico Sur —leyó—, antigua colonia británica independiente desde hace largo tiempo. Flora y fauna fascinan­tes...» Cuanto más averiguaba, más atractiva encontraba la idea de explorar con él ese país en el otro extremo del mundo. Al final, con el corazón en un puño, introdujo «Frano Zima», pero con esta combinación de palabras no encontró nada. El busca­dor dio con varias entradas relacionadas con el apellido Zima. Las primeras se referían a Rebecca Zima y sus cuentas en Face­book, Twitter e Instagram. Inició sesión en Facebook y ense­guida se encontró ante una galería de fotos. La mayoría eran de aves: suaves pollitos de kiwi.

«Tumi, salido del huevo el 2 del 11 —rezaba uno de los pies de foto—. ¡Y pude presenciarlo! Fue una sensación increíble oír el ruido que hacía en el huevo y ver luego la primera grieta en la cáscara cuando con su piquito la golpeaba desde el interior...»

Rebecca Zima describía entusiasmada el «nacimiento» de un pollito de kiwi y su cuidado, en el cual, por lo visto, colaboraba. Ellinor enseguida descubrió que la chica cooperaba con una or­ ganización llamada Kiwi Encounter en Rotorua, que se dedica­ba a la protección de los iconos de Nueva Zelanda. No tardó nada en encontrar también fotos de ella. Como su entusiasta es­tilo de escritura ya dejaba intuir, era joven, calculó que andaría por los veintipocos años. Era bonita, con el cabello negro y ri­zado, el rostro redondo y unos vivos ojos azules bajo unas cejas espesas. En los selfis que la mostraban pegada a unos graciosos pollitos de kiwi se la veía con una bata blanca. En su tiempo libre disimulaba que era gordita con unos vestidos anchos, de colores vivos; además, llevaba aros en las orejas y talismanes maoríes de

jade. Parecía gustarle el look étnico. Le cayó simpática. Pero no le encontró ningún parecido consigo misma o con su madre.

El parentesco, si es que existía, seguro que era muy lejano. Frano debía de ser el bisabuelo de Rebecca, cuando no el tatara­ buelo. En cualquier caso, ella representaba para Ellinor una pri­ mera pista. Pensó en escribirle a través de Facebook y pregun­ tarle por Frano. Pero cambió de idea al considerar el modo en que Miká Kelava había reaccionado cuando le había pedido in­ formación sobre Liliana. Era mejor visitarla personalmente.

Después de teclear la empresa en el buscador, colocó la esta­ ción de cría de kiwis al principio de su lista. El Rainbow Springs Nature Park ofrecía encuentros con distintos animales típicos de Nueva Zelanda y se encontraba en una interesante región tu­ rística. Rotorua era una población conocida por sus fuentes ter­ males y había varias tribus maoríes que mostraban diferentes aspectos de su cultura. Pero Rebecca Zima no parecía sentirse allí en su casa. Por lo que contaba en Facebook, solo estaba ha­ ciendo un año de prácticas en el parque, luego planeaba estudiar Biología en la universidad. El período de prácticas concluía el 15 de febrero, lo que alarmó a Ellinor, pues la joven no daba ningún dato sobre su lugar de residencia. Así que decidió viajar en primer lugar a Rotorua, no quería correr el riesgo de no en­ contrarse con ella.

Después de tomar nota, se dedicó a otras entradas de inter­net que incluían el nombre de «Zima». Se referían a una empre­ sa llamada Kauri Paradise en Te Kao, Northland, en el extremo norte del país. El propietario parecía ser un tal David Zima. Tro­pezó con unas fotos de muebles y esculturas en parte realmente bonitos y en parte increíblemente kitsch. El kauri, un árbol gi­gante protegido que solo crecía en los bosques húmedos de Nue­va Zelanda estaba protegido de manera muy estricta desde hacía más de cien años. Ni se podían talar los árboles ni se podía tra­bajar su madera. Por esa razón, todas las obras expuestas en el

Kauri Paradise habían sido construidas con madera de kauris que habían caído en tiempos prehistóricos y que la naturaleza había conservado de un modo inaudito. En las zonas pantano­sas todavía se hallaban fragmentos de árboles y de raíces de kau­ri que unas empresas especiales recuperaban, limpiaban y traba­jaban. Entre ellas se encontraba la dedicada a la fabricación de muebles adherida al Kauri Paradise. Por supuesto la madera era muy cara, aunque muy bonita, desde un marrón rojizo hasta un color dorado con vetas finas.

La página no contenía más información sobre David Zima, el propietario de la compañía no estaba presente ni en Facebook ni en otras redes sociales. Ellinor la encontró, pese a todo, muy interesante. A fin de cuentas la emigración de Frano y Jaro tenía que ver con los kauris, aunque se tratara de su resina. Decidió ampliar la búsqueda y tecleó gumdigger.

Más tarde, cuando Gernot se reunió con ella y le contó sobre la tan prometedora toma de contacto de Maja con los galeristas de Auckland, ya se había informado con creces.

—Hasta la década de los años veinte del siglo pasado, la resi­na de kauri fue un importante artículo de exportación de Nueva Zelanda —comunicó a su medianamente interesado marido—. A primera vista es parecida al ámbar, pero mucho más joven, solo tiene un par de miles de años y no un par de millones. —Son­rió—. Y en el siglo XIX todo el mundo la solicitaba para elabo­rar el barniz. Por lo visto se mezcla con el aceite de linaza con más facilidad que otras resinas. Sea como fuere, se exportaban grandes cantidades a Londres, pero también a América.

—¿Y se extraía? —preguntó Gernot después de echar un vis­tazo a la pantalla del ordenador, que todavía mostraba imágenes y textos sobre el tema—. A ver, yo en realidad vinculo la palabra digger más bien con oro.

Ellinor asintió.

—Es cierto. Una gran parte del léxico en torno a los gumdig­ gers recuerda al que se utilizaba durante la fiebre del oro. Por ejemplo, se habla de gumfields, es decir, «yacimientos», y de nug­gets, «pepitas», para referirse a los hallazgos de resina. Puede que eso se deba a que muchos gumdiggers llegaron a la isla como buscadores de oro y cuando no pudieron hacerse ricos en los ya­ cimientos se dedicaron a la resina. Más tarde se reclutaba a gente directamente para eso. Sobre todo en Dalmacia.

—¿Por qué justo allí? —insistió Gernot. Ella se encogió de hombros.

—Ni idea. ¿A lo mejor algún comerciante o mayorista tenía raíces dálmatas? Fuera como fuese, hubo muchísimos hombres de Dalmacia entre los emigrantes que cavaron en busca de la resina. El material se encontraba en la tierra, restos de bosques de kauri fosilizados. Al principio era fácil de encontrar, pero luego había que cavar a metros de profundidad, algo compara­ ble a la búsqueda del oro. A los primeros que llegaron a los ya­ cimientos las pepitas les caían fácilmente en las manos, pero lue­ go hubo que esforzarse para encontrarlas. Un trabajo duro, sin duda alguna...

Gernot arqueó las cejas.

—Y apuesto que así no se enriquecían. Ellinor negó con la cabeza.

—No. Y eso ocurrió desde un principio. La resina de kauri nunca fue tan valiosa como el oro. Los que sí se hicieron ricos fueron los exportadores, los mayoristas y los intermediarios. Pero algunos de los hombres de Dalmacia se labraron más tarde otra existencia, como pescadores, en la restauración o en la viticul­tura. Por decirlo de algún modo, volvieron a las raíces. Tal vez Frano también cambio de orientación. En realidad era carpinte­ro, como su amigo. Es posible que al final los dos se dedicaran a la madera en lugar de a la resina.

—¿Y sus descendientes continúan con el negocio? —se inte­resó Gernot—. En tal caso lo tendrías fácil con la genealogía. En­tonces, ¿sigue en pie? ¿Nos vamos a Nueva Zelanda?

Ella asintió. Estaba firmemente convencida de que había una relación entre David y Rebecca Zima y Frano, o al menos con Jaro, y ardía en deseos de llegar al fondo de la cuestión. También apuntó en la lista Kauri Paradise, en Te Kao, además de Darga­ville, un lugar que en el siglo XIX había sido un baluarte de bus­cadores de resina. Todavía existía allí un Museo del Kauri y po­dían admirarse ejemplares vivos en los bosques.

En los días siguientes, Ellinor no pudo menos que admirar la eficacia de Maja. En su opinión la buena fama de la joven agente estaba justificada por primera vez. Incluso Karla, quien ya se había recuperado, tuvo que admitir que tenía contactos exce­lentes. Habían bastado unas pocas llamadas telefónicas para que organizara una exposición de ventas, aunque no con su antiguo compañero, sino en una galería de Auckland cuyo propietario, Winston Calverton, parecía ser una persona muy comprometi­ da. Era joven y buscaba artistas desconocidos que él pudiera mostrar en su sala y eventualmente dar a conocer. Debido a la falta de tiempo renunció a ir a Europa y dar en persona el visto bueno a los cuadros. Con ello corría un gran riesgo, lo que Maja valoraba muchísimo. También Ellinor estaba encantada con el galerista. Había hablado un par de veces por teléfono con él para organizar el envío de los cuadros y asegurarlos. Gernot ya esta­ba lo suficientemente ocupado con la selección de obras que quería exhibir. Dejaba las labores de organización a su esposa. Lamentablemente, no tardaron en surgir conflictos. Tanto Calverton como Ellinor estaban a favor de no enviar los cua­dros del formato más grande a Nueva Zelanda; el galerista, por razones técnicas relativas a la venta y ella, por razones técnicas

relativas al seguro, y de ahí a la economía. El precio por un trans­porte seguro de los lienzos era escandaloso. Calverton asumía solo la mitad de los costes y eso después de que ella hubiera em­pleado todo su talento en la negociación.

Por fortuna no existían barreras lingüísticas. Ella había pa­sado dos semestres en Dublín durante la carrera y hablaba in­glés con fluidez. Tampoco Gernot tenía problemas con el idio­ma, después del bachillerato había recorrido Estados Unidos haciendo autostop y había pasado dos meses en una colonia de artistas de San Francisco. No admitió, sin embargo, ningún tipo de discusión con Calverton, sino que insistió en mostrar todo el espectro de su evolución. Cuando Ellinor vio el presupuesto de los gastos del envío, se sorprendió a sí misma pensando que ha­bría sido más barato planificarlo todo simplemente como un viaje de vacaciones. Gernot, en cambio, estaba de buen humor y convencido de que no le supondría ningún esfuerzo amortizar los costes.

Ellinor reservó el vuelo, un hotel en Auckland y el alquiler de una caravana para cuatro semanas. Calverton le había adver­tido que en febrero había mucho tráfico a causa de las vacacio­nes y que valía la pena reservar lo antes posible. Aunque todavía faltaban dos meses largos para el viaje, encontró un vuelo más o menos asequible con parada en Dubái. A él le habría gustado pasar una o dos noches allí, pues le parecía que había buenas ex­posiciones de arte, pero iban justos de tiempo.

—El nueve de febrero llegamos a Auckland —anunció Elli­nor—. El vernissage está programado para el quince. Antes ten­go que ir sin falta a Rotorua para ver a Rebecca. Así que solo tendrás unos pocos días para estar presente durante los últimos preparativos de la exposición.

—Y eso no me lo pierdo pase lo que pase. ¡A mí no van a con­ vencerme fácilmente de cómo hay que exponer los cuadros! —ad­ virtió Gernot—. Una gran parte de la exposición depende de ello.

Tengo la sensación de que Calverton preferiría hacerlo todo él con su equipo. La última vez que hablamos por teléfono casi me peleo con él.

—Seguro que solo quiere aconsejarte —lo tranquilizó. El galerista le parecía muy competente—. Calverton ha trabajado muchos años en galerías de todo el mundo. Sabrá cómo presen­tar los cuadros de modo que puedan venderse bien.

Gernot hizo una mueca.

—¡Vender no lo es todo! Se trata de mi primera presentación internacional, de mi renombre como artista. Se trata de cómo van a verme, cómo me presento. Y yo soy quien determina cómo me presento y no un galerista cualquiera.

Ellinor suspiró y esperó que los propósitos de su marido y Calverton no fueran muy diferentes. Ella, por su parte, ya esta­ba preparada. Lo había planificado todo minuciosamente. Des­pués de aterrizar se dirigirían al hotel en Auckland y recoge­ rían la caravana el día después de su llegada. Con ella ya tendrían autonomía y podrían marcharse a Rotorua siempre que el tra­bajo de Gernot lo permitiera. El viaje duraba unas tres horas. Si no pasaba nada, podrían volver a Auckland el mismo día. Eso significaba que, exceptuando la estación de cría de kiwis, no ve­rían nada más de Rotorua, lo que encontraba decepcionante. Se alegraba de hacer ese viaje, y no solo por seguir la pista de Fra­no, sino por conocer un país y reunir nuevas vivencias.

Siempre había soñado viajar con su marido, compartir con él experiencias especiales. Hasta el momento lo habían hecho en contadas ocasiones, no tenían dinero suficiente para los viajes independientes y a Gernot no le interesaban los viajes en grupo a destinos convencionales. De ahí que solo de vez en cuando ha­bían viajado juntos a alguna ciudad. Ellinor viajaba a Mallorca para relajarse. ¡Pero ahora se iban a Nueva Zelanda, iban a em­prender juntos una auténtica aventura!

Ellinor deseaba que por fin llegaran las vacaciones.

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