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Cristina Hurtado, sin maquillaje ni Photoshop

La presentadora asumió el reto de posar frente a nuestras cámaras sin una gota de maquillaje. Desde la infancia como cualquier mujer, se enfrentó a la presión de las exigencias sociales. Ahora, sin embargo, ha encontrado razones para valorar sus defectos y las marcas que ha dejado la vida en su piel.

Foto: David Schwarz.

Cristina no está satisfecha. Se busca en la pantallita de la cámara, después de varios destellos del flash sobre su piel, y no se encuentra. Es ella, pero no. “No se ven mis manchas ni mis pecas. No se ven mis colores”, le dice al fotógrafo. Y tiene razón. Ahí, frente a nosotros, todos encontramos fácilmente la constelación que forman las tres pecas sobre sus labios. También notamos las manchitas que parecen puestas estratégicamente justo encima de sus pómulos. Ese era el trato: posaría sin máscaras para Cromos. En esta sesión de fotos no habría una gota de maquillaje. Por eso, en ese estudio en el que las luces se dirigen potentes e inquisidoras hacia ella, nosotros vemos cada una de las ‘imperfecciones’ que le ocultan en televisión con base, rubor y pestañina. 

Sin embargo, al revisar las imágenes, se nos pierden todos esos detalles de su piel. “En esta pantalla no se ve el resultado final –explica el fotógrafo–. En el computador podremos ver los colores de verdad”. Nosotros, ignorantes y escépticos, entramos en un estado de “hasta no ver no creer”. Como no tenemos un computador para hacer la comprobación científica, seguimos desconfiados. 

“¿Y si vamos a buscar luz natural?”, propone Cristina, proactiva y dispuesta a cumplir con el trato hasta el final. El fotógrafo acepta, solitario en medio de su conocimiento sobre el oficio. Él también quiere esa foto cien por ciento natural, que nunca se había visto en las portadas de Cromos, y al salir se acerca todavía más a su objetivo.

En la calle, el viento sopla helado. El pelo de Cristina se atraviesa por su cara y ella trata de domarlo mientras tirita. Bajo el sol de la tarde, a pesar del frío y de la incomodidad de ser el centro de atención de los transeúntes, ella brilla. Las pecas, los labios finos, los ojos como dos esmeraldas, las arrugas en su nariz cuando se ríe en serio… Sin maquillaje, dispuesta a que pongamos la lupa en todos sus defectos, se ve más linda que nunca. 

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Con más de 100 años de historia, Cromos ha puesto en sus portadas a las mujeres más bellas del país. Esas que, al ver la revista exhibida en el supermercado, nos desafían con su mirada sensual de pestañas larguísimas, sus labios rojos y carnosos, sus pómulos marcados y ligeramente encendidos. ¿Qué se sentirá ser así de lindo? Nos preguntamos. Se nos olvida –en medio de esas luchas internas contra inseguridades, estereotipos y exigencias sociales– que, aunque efectivamente son hermosas, lo que vemos en las fotos no es del todo real. Todavía menos después de la llegada del Photoshop. 

Para cada sesión de fotos, el primer invitado siempre es el maquillador. El artista que borra defectos, aumenta el volumen de los labios, sonroja las mejillas, alarga el pelo y hace que los ojos crezcan. Es tan importante esta persona en el proceso de producción de una portada, que muchas de las mujeres que invitamos llevan a su maquillador de confianza, el que sabe resaltar sus cualidades.

 

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Las pecas, los labios finos, los ojos como dos esmeraldas, las arrugas en su nariz cuando se ríe en serio… Sin maquillaje, dispuesta a que pongamos la lupa en todos sus defectos, se ve más linda que nunca.

También ocurre que estas actrices, cantantes o modelos exigen un fotógrafo particular. Su manejo de las luces, su maestría detrás de la cámara y sus habilidades como ‘retocador’ (una vez las imágenes están listas) son determinantes para que en el resultado final podamos encontrarnos cara a cara con la perfección. “Tú me puedes adelgazar un poquito las piernas, ¿cierto?”, preguntó alguna. “Ayer me hice un tratamiento en la piel, ¿me taparás los moraditos?, consultó otra. Y también pasa que somos nosotros mismos los que decidimos hacer ajustes: reducir gorditos aquí y allá, o eliminar la celulitis.

Así han funcionado las revistas femeninas durante décadas y la normalización de esos procesos hizo que ni siquiera los cuestionáramos, hasta hace poco, cuando empezamos a entender que nosotros también somos responsables de reproducir modelos de belleza de mentira –construidos a punta de máscaras–, que muchas mujeres, especialmente las más jóvenes, intentan replicar infructuosamente. 

Esta portada, entonces, es toda una novedad para nosotros. No solo porque Cristina aceptó posar sin maquillaje, sino porque esta vez los reclamos de nuestra invitada durante la sesión de fotos eran opuestos a los que acostumbrábamos oír. Ella no quería que redujéramos el brillo de su piel o que le quitáramos las ojeras. Ella esperaba que se vieran las marcas que le ha dejado la vida y sentía que la cámara no lograba capturarlas en medio de las luces artificiales y el destellar del flash. Su reclamo era refrescante y retador, porque para nosotros también implicaba salirnos de la zona de confort y aprender a reconocer y revelar su belleza real.

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Will Vera, el estilista que nos ayudó a hacerle esa trenza de Rapunzel a Cristina, se acerca a su cara con una brochita similar a la de la pestañina. Ella, alarmada, echa su cuerpo hacia atrás para evitar que la toque. “¡Nada de maquillaje!”, insiste con la mirada y sin pronunciar palabra. “Tranquila –le explica él–, es solo el cepillo, sin nada, para que te peines las cejas”. Cuando termina de arreglarlas, le pide a nuestra realizadora audiovisual que la grabe para compartir con las lectoras su  único truco de belleza. Saca un poco la lengua y humedece su dedo anular con saliva, luego lo lleva a las pestañas y las recorre para mojarlas y resaltar su color.  “¡Listo! –dice–. Muchas veces me preguntan cómo hago para que se me vean tan lindas las pestañas… ¡Ahí está el truco!”

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Cristina nunca ha sido vanidosa. Se ha colado, más bien, dentro de las categorías de descomplicada, guerrera, ‘machita’. A pesar de su dulzura y su sensibilidad, siempre fue más masculina que femenina. Pataneaba con su hermano, se la pasaba pensando en el deporte y tenía más amigos que amigas. Con ellos era fácil patinar, jugar basquetbol o fútbol. No le quedaba tiempo para pensar en su belleza. Llegó a ser consciente de que era bonita por las personas que la rodeaban.

“¡Qué ojos los de esa niña! Estás segura de que es tuya”, le preguntaban las amigas a su madre, una mujer morena y de ojos oscuros. A Cristina le provocaba cerrar los párpados para siempre, para que dejaran de mirarla, para ser algo más que ojos. “Llegué a preguntarle a mi mamá cómo hacía para cambiarme el color de los ojos –nos cuenta–, pero me dijo que la única opción eran los lentes de contacto y eran muy caros. Yo quería que se fijarán en mí por otras cosas”. 

 

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Hace un año, Cristina desfiló en Colombiamoda con los nombres de sus hijos escritos sobre las estrías que le dejaron sus embarazos en el abdomen.

En los primeros años de la vida, cuando todavía no nos han amaestrado para entender y replicar los modelos de belleza, ser bonito importa poco y, para quienes lo son, desde ese entonces ser atractivo puede ser un regalo o una carga. Cristina se habría arrancado los ojos para dejar de recibir elogios innecesarios por algo que ella no se ganó, por un gol que ella no metió. Unos años más tarde, ser linda le robó amigos, que se enamoraron de ella cuando sus intereses seguían siendo los juegos y el deporte, no los besos o el amor. 

Al crecer, su belleza aún la veían quienes la rodeaban más que ella misma. “Cada vez que me bajaba del bus, una señora me decía que tenía que participar en un reinado, que seguro me lo ganaba –cuenta Cristina–. Yo le explicaba que a mí eso no me gustaba, pero insistió tanto que participé en un reinado de municipios de Antioquia y gané. Pero me importaba tan poquito que ni me acuerdo qué gané”. 
 

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Mientras Will le hace la trenza y nos cuenta que Cristina prefiere no usar extensiones, ella confiesa que es por él que va a la peluquería. “Me hace caer en la cuenta de que ya se me ve mucho la raíz, que es hora de un corte”. Y es que para ella ir a la peluquería es perder el tiempo. Allí los minutos se alargan, avanzan lento y atraen la ansiedad, que la ataca justo en la boca del estómago: “¿Será que ya vamos a terminar?”, pregunta impaciente.  

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En la adolescencia, cuando Cristina ya fue más consciente de su cuerpo, tampoco le dedicó tiempo a la imagen que veía en el espejo, ya que a los 15 años tuvo a Daniel, su primer hijo. Durante esa época de la vida, en la que ponemos todo nuestro empeño en rituales de seducción, estuvo más preocupada por conseguir tarros de leche y cambiar pañales. 

No obstante, ver los cambios en su cuerpo no fue fácil. “A esa edad no has terminado de desarrollarte, ni tu piel está lista, así que me salieron estrías en cada lado de mi abdomen. No era de llorar, pero tuve que pasar por un proceso para reconocerme así”. 

 

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Cristina demostró que detrás de esos ojos bonitos había una mujer pujante y valiente. Luchó contra el estereotipo que dice que las bellas son brutas.

La prueba de que había aceptado esas huellas que le dejó la vida en la piel la pasó hace un año, en Colombiamoda. Iba a salir a la pasarela en bikini.  La idea de que esas luces intensas y esas miradas penetrantes se clavaran en ella la tenía ansiosa. La inseguridad la acechaba. “Como mujeres, aunque tratemos de luchar contra eso, inconscientemente nos juzgamos, nos afana qué van a decir. Mi hijo me vio nerviosa y me dijo: ‘Esas estrías somos nosotros, no tienes por qué tener miedo’”. Cristina recibió esas palabras como un shot de adrenalina, de confianza, de amor. Ebria de convicción, decidió escribir, justo donde están sus estrías: Daniel y Juan José, los nombres de sus hijos. Y así salió a desfilar, con la fuerza de la maternidad ‘tatuada’ en el abdomen.  

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Ahora Will le encarama la trenza para formar una moña. Se nota que se siente bonita cuando se ve en el espejo. 

—¿Qué parte de tu cuerpo no te gustaba cuando eras joven? –pregunto.
—Ni cuando era joven ni ahora: mis rodillas. Son muy huesudas. 
—¿Y qué parte de tu cuerpo es la que más te gusta? 
—Mi cara, mis uñas, mis orejas… Mi espalda, mis brazos, mi torso, mi cola, mis pantorrillas. A mí como que me gusta todo –y suelta una carcajada. 

Que hoy le guste su cuerpo no quiere decir que nunca haya peleado con la manera en que se ve en el espejo. “Como todas las mujeres, uno nunca está del todo satisfecho. Frente al espejo veo mis gordos, mis estrías, mis manchas… Veo todo eso que tengo que trabajar en el gimnasio, pero no me angustio”. Para ella, los defectos son un impulso, no una carga. Son parte de su historia y la hacen sentir orgullosa de sí misma. 

Cristina cree que el culto a la belleza física de hoy es absurdo, destructivo y mentiroso. Para ella, las redes sociales solo muestran mujeres que buscaron la mejor pose, la mejor luz, el mejor filtro. Por eso le interesa decirles a las jóvenes que no caigan en el engaño y, a los hombres, que dejen de exigirle esa belleza ficticia a sus parejas: “Cuando me operé lo senos, mi esposo me preguntaba por qué lo iba a hacer, si ya era hermosa. La posición de los hombres es importante, ellos nos ayudan a sentirnos más seguras. Me duelen los casos en los que la autoestima de las mujeres ha sido pisoteada por sus parejas, quienes las tratan de gordas y feas”. Esa humillación en tiempos en los que las mujeres aún estamos en el proceso de fortalecernos como género y como individuos autónomos, aún genera mucho daño y no solo fractura a las mujeres, sino a las familias y a la sociedad.

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Al llegar a la televisión, Cristina, finalmente, se operó los senos. Siempre había querido hacerlo porque eran “muy, muy, muy pequeños”. La cirugía le dio seguridad, le permitió gastar menos tiempo a la hora de comprar ropa interior y le dio la posibilidad de lucir diseños de marcas importantes que antes le costaba acomodarse. “Las mujeres también tenemos derecho a las cirugías, si nos van a hacer sentir mejor. Lo importante es hacerlo con responsabilidad, con conciencia, no se trata de hacerse una cirugía detrás de otra”.

 

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“Hago ejercicio porque no solo veo resultados en mi cuerpo, sino en mi salud. Lo mismo pasa con la comida orgánica, que me permitirá ser más longeva".

El mundo del espectáculo la enfrentó, inevitablemente, a su cuerpo y a su belleza (esa que ignoró durante buena parte de su vida). Ser linda le abría puertas, pero se vio en la necesidad de demostrar que su atractivo no era suficiente para avanzar. También tuvo que cromprobar que su atractivo no solo se encuentra en esos ojos de características felinas, sino en esa mirada limpia, libre de ego; ese espíritu vivaz en armonía con el universo, y ese equilibrio mental que le permite andar serena por la vida.

Su trabajo le exige cuidarse, pero ella no lo siente como un sacrificio. “Cuando decides tener una mejor calidad de vida, con alimentación sana, equilibrio emocional y ejercicio, te enamoras de eso”. 

Primero está sentirse bien, luego verse bien. Además, es consciente de que los años no pasan en vano. Su metabolismo ya no funciona como antes, su pelo abundante se fue perdiendo con tantas tinturas y tratamientos, sus caderas hablan de los hijos que protegió en su vientre… “Por eso me gustaría decirles a las mujeres que todas tenemos características que nos hacen hermosas, tenemos que encontrarlas y valorarlas para vivir en armonía dentro de nuestro cuerpo”. 


Fotos: David Schwarz.

Producción general: María Angélica Camacho García.

Maquillaje: Will Vera.  

Asistentes de fotografía: Daniel Álvarez y Jonathan Edery.

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Natalia Roldán Rueda

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Cristina Hurtado, sin maquillaje ni Photoshop

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