Amigos de Diego Felipe Becerra revelan detalles de la noche en la que fue asesinado

Los dos amigos que acompañaban al joven grafitero hace dos años, contaron cómo cayó muerto Diego Felipe, tras los disparos que le propinó un patrullero de la policía en la Av Boyacá con calle 116 en Bogotá.
Amigos de Diego Felipe Becerra revelan detalles de la noche en la que fue asesinado

Esta es la reconstrucción de los hechos ocurridos el 19 de agosto de 2011 cuando el patrullero de la Policía Wilmer Antonio Alarcón asesinó a Diego Felipe Becerra, de 16 años, tras encontrarlo pintando un grafiti en la avenida Boyacá con calle 116, en Bogotá. Los protagonistas son los padres y los dos amigos que acompañaban a la víctima aquella fatídica noche, mientras la ciudad celebraba la final del Mundial de Fútbol sub20.

 

*Los nombres de los menores de edad fueron cambiados por seguridad.

Esteban*: Durante toda la semana hablamos con Diego de vernos para ir a Pontevedra. Nosotros crecimos en el mismo conjunto, luego nos trasteamos para diferentes barrios, pero siempre el plan era ir allá, a vernos con los amigos del barrio. Yo ya había planeado quedarme en la casa de Diego Felipe. Me gustaba más quedarme allá que en mi casa. Nunca tuve afición por el grafiti, pero me gustaba acompañarlo y verlo pintar.

Daniel*: Queríamos ir a rayar y todos los días en el colegio hablamos del plan. Estábamos en el mismo curso y cuando él empezó a hacer grafiti, hace como un año, yo ya llevaba año y medio haciéndolo. También hacíamos malabares, andábamos en cicla. Como yo no tenía talento para cantar, le dije que empezara a escribir lo que componía. Llevaba las letras en unos cuadernos y me los mostraba. Ese viernes íbamos de “bomba”, que es hacer un recorrido caminando desde cierto punto y rayar por el camino. A veces lo hacíamos de camino al colegio, pero nunca salimos de este sector, lo más lejos que nos fuimos fue a la calle 80.

Esteban: Yo le había dicho que me guardara almuerzo. Salí de mi casa como las 5:30 de la tarde y cuando subí al apartamento, ya me tenía el almuerzo encima de la mesa. Luego me llevó al cuarto y me mostró unas pinturas que había comprado ese día y alistó todo en una mochila que yo le había regalado.

Liliana Lizarazo, madre de Diego Felipe: Ese día se levantó, como siempre, faltando 10 minutos para las seis y se fue al colegio en buseta. Estaba feliz porque desde el día anterior me había contado que se iba a ver a una amiga de Pontevedra a la que hace rato no veía.

Gustavo Trejos, padre de Diego Felipe: Yo lo recogí en el colegio después de las tres de la tarde para llevarlo al centro a comprar pinturas. Compró una caja de 11 aerosoles de diferentes colores. Estaba contento porque consiguió un azul que no había encontrado y un naranja fluorescente. Comimos algo en Pasadena y me dijo que lo llevara a la calle 170 a comprar unas boquillas. Lo llevé, pero no consiguió al señor y nos fuimos para el apartamento. Le pedí que me acompañara a recoger a la mamá pero me dijo que tenía planes. Yo le pregunté si tenía permiso y me dijo que sí. Igual llamé a Liliana y los comuniqué.

Liliana: Esa fue la última vez que hablé con él. Estaba contento por su salida y hasta le tomé del pelo porque se iba a ver con la niña. Él se rió y me dijo que eran solo amigos.

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Luis Ángel, El Espectador

Esteban: Como a las seis y media, tal vez, salimos para el mall de la 164 con Boyacá y nos sentamos a esperar a dos amigos de Diego que yo no conocía. Eran Daniel y Catalina*, Esperamos como dos horas, escuchando música en el celular y finalmente salimos como a las ocho y media para Pontevedra.

Gustavo: Yo me fui a recoger a mi esposa y llegamos al apartamento como a las siete de la noche. Decidimos no salir porque Liliana estaba cansada. Nos acostamos temprano.

Esteban: El trayecto no era muy largo, uno habla y el tiempo se le va rápido. Ellos firmaban en los sitios más ocultos, Diego hacía el gato Félix y una mano que significaba la paz y Daniel hacía un rostro. Habíamos quedado en que si aparecía la policía nos separábamos y hacíamos como si no nos conociéramos.

Daniel: Llegamos a la 116 y Diego estaba rayando el puente, mientras yo miraba si veía un policía. Vi que venía la patrulla y le dije que parara. Hicimos el amague como de coger un bus y en esas paró la patrulla. No me acuerdo de nada más, solo que salimos a correr. Los cuatro cruzamos la Boyacá y sonó un tiro. Yo solo miré a ver si todos estábamos ahí y vi que todos seguíamos corriendo. Yo tomé la Boyacá al sur y ahí me encontré con Catalina. Seguimos corriendo como una cuadra más. No vimos nada más.

Esteban: Yo crucé la Boyacá y escuché un tiro y pensé: por qué disparan si solo corrimos, no hicimos nada. Seguí derecho por la 116 y me metí por el primer callejón que vi, por unas casas, pero ahí ya estaba cansado y dije: si me cogen pues me tocará llamar a mi mamá para que me recoja en el CAI. Paré y el policía me pidió que me acercara. Yo estaba muy cansado y no opuse resistencia. Me requisó. En ese momento vi a Diego acurrucado detrás de un árbol. Nosotros le dijimos que no estábamos haciendo nada. El policía no me encontró nada y me dijo que lo acompañara, pero yo me quedé ahí quieto, como estático. Diego le dijo que me dejara sano que yo no estaba haciendo nada. El policía se acercó a Diego, lo levantó y lo requisó. Lo cogió del brazo mientras yo seguía ahí quieto, no sabía qué hacer, no entendía por qué se lo llevaba. Los vi caminar y de pronto el policía se volteó y me dijo “venga”. En ese momento Diego salió a correr. Yo estaba como a ocho metros y había un celador a mi lado viendo todo. Escuché al policía decir “ah este chino marica”. Apenas dijo eso, escuché el tiro. El celador me dijo no corra porque de pronto le pasa lo mismo. Yo no entendía qué pasaba. Cuando me acerqué, Diego estaba en el piso, decía que no sentía las piernas, que le dolía mucho. Yo lo miré y no tenía sangre, solo un orificio en la espalda con una quemadura. Diego le decía al policía que por qué había hecho eso y yo también le pregunté “¿qué le disparó? ¿balines, gas o plomo?”, no entendía cómo a alguien se le ocurría disparar a esa distancia. El policía no me respondía, me miraba y pedía ayuda. Diego me dijo que llamara a la mamá, le saqué el celular del bolsillo y me quedé quieto, en shock. En ese momento se acercó un carro en el que iban dos personas. Les pidieron el favor de llevarlo a la clínica, lo subieron al baúl. Yo seguía ahí quieto con el celular en la mano. Cuando arrancó el carro, yo salí corriendo detrás y le entregué el celular al policía y le dije que si lo podía llamar más tarde para saber qué le había pasado a Diego. Yo me quedé ahí, no había más policías.

Daniel: Nos quedamos con Catalina ahí cerca. Vimos una patrulla parqueada, luego, que un policía salió a correr y que se devolvía y que se iba en el carro. Le marcábamos a Diego y no contestaba. Yo pensaba que estaba en el CAI y que tal vez le habían quitado el celular. Seguimos hacia Pontevedra a buscar cómo seguir llamando. Y como no encontramos a los amigos de Diego, nos fuimos para la casa.

Esteban: Cuando se fue el carro, me quedé solo con el celador y él me dijo que me fuera para la clínica Shaio. Caminé hacia la 116 y vi una patrulla con una moto. Ellos hablaban del tema. Yo les iba a decir que me llevaran a la clínica, pero solo les pregunté donde quedaba la Shaio. Me preguntaron “usted quién es” y me di cuenta de que con ellos no iba a llegar a ningún sitio. Yo no sabía qué hacer. Cogí mi celular y le marqué a Diego, pero timbraba y timbraba y no me contestan. A veces me contestaban y nadie hablaba. Yo buscaba a Catalina o a Daniel pero no tenía el número de ellos, los conocí esa noche. Me quedé sin minutos. Fui a una cigarrería y recargué mil pesos. Le marqué a Gustavo. Lo esperé como 15 minutos. Yo seguía pensando que no era grave.

 

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Luis Ángel, El Espectador

 

Gustavo: Como a las 10:40 me llamó Esteban y me dijo que le devolviera la llamada. Le pregunté cómo estaban y me dijo “mal, a Diego Felipe le pegaron un tiro, lo llevaron a la clínica Shaio, fue un policía que le disparó por la espalda”. Liliana casi se desmaya. Fuimos y lo recogimos en la 116. Daniel: Íbamos llegando a la casa cuando me llamó mi papá y me preguntó cómo estaba. Le dije que bien y me contó que a Diego Felipe le habían disparado. Yo dejé a Catalina en su casa y me fui con mis papás para la clínica. Allá llegamos como a las doce. Esteban: Cuando llegamos a la clínica había policías por todo lado. Yo alcancé a ver al que le había disparado a Diego y le dije a Gustavo. Otro policía nos dijo “y si fue él, qué”. Me quedé quieto y entré con Gustavo y Liliana a urgencias. Ahí afuera estaban los zapatos de Diego y a Liliana le entregaron la tarjeta de identidad. Luego salió un médico. Fue muy directo. Nos dijo: “las noticias no son buenas, el joven llegó muerto, no se pudo hacer nada para salvarlo”. Yo no sabía qué hacer, veía a los papás cómo estaban de mal. Gustavo: Entramos a verlo, lo acariciamos. Nos quedamos no sé cuánto tiempo, Liliana, Esteban y yo. Estábamos muy mal. El médico nos habló de dos orificios y de los rastros de pintura en las manos. Cuando salí me encontré a un mayor. Le dije que no era justo que lo mataran por pintar un grafiti cuando había tanto delincuente por ahí. Me dijo que había una investigación en curso. Yo le dije que había sido a quemarropa. Llegó Daniel con los papás. Apenas se enteró el muchacho empezó a pegarle a la pared, estaba mal. Llegó la fiscalía y hablaron con el celador de la clínica. Él les explicó que los policías no habían dejado reporte. Querían llevarse a Esteban a un interrogatorio, pero no dejamos porque era menor de edad.

Esteban: Gustavo llamó a mi mamá. Ella llegó como a la una de la mañana. Cuando salimos ya no había policías y mientras estábamos afuera de la clínica, veíamos un carro de la policía rondando, dando vueltas y vueltas. Nos miraba. Volvimos al lugar del disparo. Había muchísimos policías. Gustavo: Yo llegué al sitio con la camioneta y me acerqué hasta donde estaban unos policías. Había tres civiles ahí y les daban instrucciones a los policías sobre qué decir y qué hacer. Cuando se dieron cuenta que yo estaba ahí, se fueron para otro lado. Yo estuve al lado donde cayó mi hijo y no había pistola, solo unos ladrillos en el piso. Ahí me enteré de que la policía no había entregado la escena del crimen al CTI. Nos devolvimos a la clínica y estando allá un detective me preguntó si mi hijo o sus amigos estaban armados y le dije que no. “Apareció un arma en la escena del crimen”, me contestó.

Liliana: A mí me dolió mucho que dijeran lo del arma. No entiendo por qué, sabiendo que yo era la mamá, ninguno de los policías fue capaz de decirme que lo habían matado porque estaba cometiendo un delito.

Gustavo: La policía dice que eran sospechosos de participar en un atraco y nos preguntamos por qué nunca detuvieron a Esteban, si se quedó solito en la 116 mucho tiempo. O porque no detuvieron a Daniel y Catalina, si ellos estuvieron un buen rato en la Boyacá.

Esteban: Todos los días me pregunto por qué me quedé quieto, por qué me cansé tan rápido. Pienso en qué hubiera pasado si yo hubiera seguido corriendo o si el policía me hubiera cogido, tal vez me habían llevado al CAI y Diego se hubiera salvado. Me pregunto si yo lo hubiera podido evitar. Qué habría pasado si hubiera corrido junto con Diego o si me hubiera subido con él en el carro, tal vez lo habría mantenido despierto.

Daniel: La última imagen que tengo de Diego es su sonrisa, un sentimiento de paz y alegría que él transmitía.

Esteban: A mí me molestaba para que saliéramos, porque me daban pereza ciertos planes. Yo no rayaba ni componía música como él. Tampoco aprendí a hacer malabares, pero había una empatía increíble. Él tenía mucha energía. Era muy alegre y nos contagiaba. Nos preguntábamos cómo era que siempre estaba feliz.

Daniel: Nos quedaron muchos muros por rayar, muchas aventuras en cicla, muchos malabares. Su compañía me hace mucha falta.

Esteban: A mí esto me cambió la vida. Me he soñado con Diego varias veces. Sueño que corremos, no sé por qué, pero escapamos de algo. Yo le cogí miedo a la policía.

Daniel: A mí me cambió la vida porque falta un parcero, un amigo, un hermano que siempre estuvo ahí. Mis papás cambiaron conmigo, ya no son tan permisivos. Están muy prevenidos. Ya casi no rayo. No me da miedo, pero sé que lo haría diferente, no lo haría de noche ni retando a la calle, no me arriesgaría tanto.

*Nombres cambiados por seguridad.

 

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Luis Ángel, El Espectador