La mexicana que asesina conductores de bus por venganza

Cansada de la impunidad decidió tomar la justicia por sus propias manos.
La mexicana que asesina conductores de bus por venganza

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Mujer de 50 años, piel morena, cabello teñido de rubio, 1,65 metros de estatura. Así es la descripción que dieron los testigos de la asesina de choferes. 

 

No se sabe si existe. Tal vez no sea una mujer a pesar de que se hace llamar Diana. En Ciudad Juárez hay desconcierto y más miedo que de costumbre con la aparición de quien se hace llamar la «Vengadora». Se atribuye la muerte de dos conductores de bus de la ruta 4, a quienes acusó de haber violado a trabajadoras de las maquilas que transportaron en el turno de la noche. «Ante la ausencia de eficacia de las autoridades para defender a las trabajadoras de los abusos de esos conductores, seguirá el ajuste de cuentas contra los degenerados», sentenció en una carta que hizo circular por Internet, dos días después de los asesinatos.

José Roberto Flores, de 45 años, fue el primero en caer el miércoles 28 de agosto pasado. En su bus, identificado con el número 718, recogió a una mujer que, súbitamente, le descargó seis tiros en la cabeza. Al día siguiente, la víctima fue Alfredo Zárate, de 32 años, quien conducía el bus 744. Según los testigos, en ambos casos la agresora fue identificada como una mujer de unos cincuenta años, de 1,65 metros de estatura, con el cabello teñido de rubio y vestida de negro.

«Creen que porque somos mujeres somos débiles, y puede ser que sí. Pero solo hasta cierto punto, pues aunque no tenemos quién nos pueda defender y la necesidad de trabajar nos obliga a estar fuera hasta altas horas de la noche para mantener a nuestras familias, ya no podemos callar estos actos que nos llenan de rabia. Mis compañeras y yo sufrimos en silencio, fuimos víctimas de violencia sexual de chóferes que cubrían el turno de noche de las maquilas aquí en Juárez y, aunque mucha gente sabe lo que sufrimos nadie nos defiende ni hace nada por protegernos», dijo la supuesta asesina en una carta que hizo llegar a varios medios de comunicación.

Las reacciones fueron varias: desde el miedo de los conductores de la ruta 4, que al día siguiente no fueron a trabajar, pasando por miles de mensajes de apoyo en redes sociales a Diana, la «Vengadora», y su cruzada en contra de los violadores, hasta la negativa de las autoridades a darle crédito a la supuesta cazadora. La policía y la Procuraduría prefirieron hablar de móviles pasionales en el asesinato de los choferes. 

Incluso la Iglesia se metió en la discusión. El obispo de Ciudad Juárez, Renato Ascencio León, le pidió públicamente a la «mata choferes» que no asesinara más conductores y que pensara en la seguridad de los pasajeros. «También me puede tocar a mí y no me gustaría», le dijo el prelado. Hasta la popular presentadora de talk show Laura Bozzo intentó sacarle partido a la situación, pidiéndole a Diana una entrevista en la clandestinidad y ofreciéndose como puente para una posible entrega a la justicia. 

En medio de semejantes discusiones, organizaciones feministas llegaron a calificar a Diana como una creación de los medios de comunicación para distraer la atención de la opinión pública de lo realmente importante: los ataques, abusos y homicidios de los que han sido víctimas las mujeres. Según cifras no oficiales, en los últimos 20 años, han sido asesinadas 1441 mujeres y un número sin determinar siguen desaparecidas.

 

Preguntas sin respuesta

El asesinato constante y sistemático de mujeres en esta población pegada a la frontera con Estados Unidos ya es mundialmente conocido como el feminicidio de Ciudad Juárez. Las víctimas son mujeres jóvenes –entre 15 y 25 años– de escasos recursos, que abandonaron sus hogares en poblados apartados para buscar un mejor futuro como empleadas de las maquilas, que justamente se empezaron a establecer allí tras la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Los casos que encuadran dentro de esta categoría se vienen contabilizando desde 1993. En los registros figura el nombre de Alma Chavira Farel, una niña de 13 que fue violada y estrangulada, como la primera víctima de estos crímenes. Según las investigaciones, la mayoría de muertes están asociadas a prácticas como sadismo sexual, asfixofilia (asfixia erótica), violación y mutilación.

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Las cifras no concuerdan. Organizaciones de derechos humanos hablan de 1441 mujeres asesinadas desde 1993. Las autoridades reconocen menos de 700 en el mismo lapso. 

 

¿Por qué y quién mata a estas mujeres? Esas y otras preguntas se vienen planteando en la comunidad de Ciudad Juárez desde hace 20 años. Y no hay respuestas, entre otras, porque el aparato judicial ha sido inoperante y ha garantizado la impunidad para los responsables, al punto de que han caído sobre el Estado mexicano varias condenas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos por su falta de acción para prevenir e investigar adecuadamente esos crímenes. La ONU también ha conminado a las autoridades para que, además de impartir justicia, tomen medidas que acaben con todas las formas de discriminación y violación de derechos humanos contra las mujeres.

Y aunque expertos forenses del FBI y de otras nacionalidades han apoyado las investigaciones, en estos 20 años se han planteado más de seis hipótesis sin que ninguna haya arrojado resultados concretos. En principio, el gobernador del Estado de Chihuahua calificó estos delitos como crímenes pasionales enmarcándolos en el ámbito familiar. Cuando las evidencias lo contradijeron, soltó la idea de uno o varios asesinos en serie que llegaban desde el exterior y luego de cometer los asesinatos, huían sin dejar rastro.

Después se empezaron a relacionar los crímenes con la industria de las maquilas, ya que casi la totalidad de las mujeres asesinadas y desaparecidas trabajaban en algunas de las 235 plantas de producción de partes de automotores y aparatos tecnológicos que funcionan en la ciudad. Se estima que cerca de 240 000 personas –la mayoría mujeres– trabajan allí en condiciones laborales de explotación y con salarios ínfimos. 

Casi diez años después, el gobierno federal intervino por primera vez ante un macabro hallazgo: en un predio conocido como Campo algodonero aparecieron ocho cuerpos de mujeres con signos de tortura y violación. Los cuerpos presentaban marcas en forma de triángulo en la espalda y tenían la cabeza rapada. A partir de ese caso, se abrió la primera línea de investigación, orientada a la existencia de grupos que practicaban ritos satánicos con las jóvenes.

Un par de años después, con la aparición de otros cuerpos, con signos de mutilación en el cerro del Cristo Negro, se planteó la hipótesis del tráfico de órganos. Pero quedó descartada cuando aparieron más cadáveres con signos de violencia sexual. Se dijo que habían sido utilizadas en redes de pornografía y cine snuff (grabaciones de asesinatos, violaciones y torturas). Esta idea también se cayó por falta de pruebas. Según organizaciones de derechos humanos, estas teorías solo sirvieron para encarcelar a personas inocentes que, en muchos casos, confesaron los delitos bajo presiones y torturas. Y básicamente, para que los verdaderos responsables siguieran libres.

 

Más solas que nunca

Solo en este contexto se entiende la aparición de Diana la «Vengadora». Veraz o fantasiosa, tener una figura que hace justicia frente a la inoperancia de las autoridades y la actitud displicente de los gobernantes, deja cierto aire de tranquilidad en la población. 

Las mujeres tienen razón en sentirse solas. Ningún presidente mexicano las ha recibido. Enrique Peña Nieto les mandó la razón que tendría lugar en su agenda en 2015. Congresistas y diputados les han enviado mensajes similares. Hay autoridades que han negado el feminicidio, diciendo que hay vendettas entre narcotraficantes (el cartel de Ciudad Juárez es el más sangriento del país) y que las cifras son manipuladas por las ONG para desprestigiar la ciudad. 

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Varios colectivos de familiares de víctimas se han organizado en estos 20 años. Han realizado cientos de plantones y marchas que despertaron la solidaridad internacional.

En el fondo, lo que subyace es el machismo y todas las formas de discriminación hacia las mujeres. Así lo han reconocido la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, la ONU y una decena de organizaciones internacionales que sí han estado del lado de las víctimas. Entre tanto, Diana volvió a escribir la semana pasada para denunciar que la estaban siguiendo y que temía por su vida. La cazadora huye.