Recuerdo conmovedor de Álvaro Mutis

Por herencia de su padre, Álvaro Castaño, nuestra columnista Pilar Castaño fue una de las personas más cercanas a Álvaro Mutis.
Recuerdo conmovedor de Álvaro Mutis

Hay unos recuerdos de la infancia y de la adolescencia que quedan más fuertemente grabados en la memoria que otros. Recuerdo, dentro de ellos, cada visita de Álvaro Mutis, el amigo escritor de mis papás, que vivía en México y cuando venía a Bogotá pasaba temporadas en mi casa.

Se instalaba en el cuarto de huéspedes y el ambiente cambiaba, empezábamos a oír gritos y carcajadas todo el día, seducía con su desparpajo a las empleadas, especialmente a la que cada mañana le traía sin falta su jugo de curuba con canela en polvo y los pandeyucas que, como decía, eran manjar de dioses.

Hablaba de Tolima y del río Coello como del paraíso, y a los gritos cantaba «¡La forcha!, ¡la forcha helada!: ¡entona, chupa y aprieta; la fuerza, la pandereta …»,y mostraba sus gigantescos dientes montados que lo convertían en un hombre muy atractivo; herencia de su mamá, la bella Carolina Jaramillo, de Manizales, mujer fina, dueña de un estilo muy europeo por haber vivido varios años en Bruselas con sus hijos y un marido diplomático.

Era alto, imponente y elegante, con sus fulares de colores en el cuello, camisas de viyela, un blazer espina de pescado gris y pantalones de pana con zapatos de amarrar en gamuza y suela de goma. Así lo recuerdo, contándome historias de los reyes de España y Francia; hablándome de Chateaubriand, su escritor favorito. Cuando se refería a este, a Victor Hugo, Rimbaud o Voltaire, era como si hubiera cenado con ellos la noche anterior.

 Con «Muto», como le decía mi mamá, era más fácil hablar de la historia de los reyes malditos que de la política actual. A Gloria le dijo una vez, en una entrevista para la HJCK, cuando le preguntó en qué época de la historia le habría gustado vivir: «Hubiera querido vivir durante buena parte del reinado de su muy católica majestad el Rey Felipe II, gozando de la confianza y aprecio del monarca. En un vasto palacio madrileño, destartalado e incómodo, hubiera reunido a una pequeña corte de enanos y monstruos, entre servidores y bufones, a quienes les hubiera recordado a toda hora sus deformidades y lacerias…».

Con su tocayo, «tocayito», como le decía a papá con un cariño fraternal, fueron siempre hermanos del alma, amando las mismas cosas y detestando otras tantas. Hablaban de los «churros». Cuando uno los escuchaba entre chicha y chicha, entendía que hacían referencia a mujeres de los siglos XI a XV, mujeres como Leonor de Aquitania, Agnes Sorel o Juana de Arco.

Recibía muchas visitas y hablaba por teléfono con escritores, libreros amigos y periodistas. Álvaro vivía en México, porque fue ese el país que lo acogió cuando salió de Colombia. Allá cumplió una condena en la cárcel de Lecumberri que, como dijo su amigo Gabriel García Márquez, «pagó por un delito que todos cometimos: no tener dinero». Y Mutis, en su cargo de relacionista de la Esso de Colombia, financió a todos los intelectuales y artistas, patrocinándolos y haciendo exposiciones. 

Álvaro Mutis tuvo múltiples trabajos, pero sobre todo amó la radio, que fue donde empezó, en la Radio Nacional. También colaboró para la HJCK. Allí quedará grabada su voz para siempre con el distintivo de «Una emisora para la inmensa minoría».

Fue un hombre universal, como se refería él, con gran admiración, al escritor y amigo Nicolás Gómez Dávila. Álvaro era poeta, escritor, locutor, periodista, relacionista, pero ante todo un gran ser humano que amó mucho y fue amado. Amaba sus gatos, su jardín en su casa de México y sus libros. Odiaba el computador y las llamadas por larga distancia. Odiaba el mal de Parkinson, del que sufrió siempre y que hacía que sus manos temblaran.

Se casó con la madre de sus tres hijos y luego con Carmen Miracle, catalana y mamá de Francine, quien fue la niña de los ojos de Mutis. Al morir su hija adoptiva, hace algunos años, Álvaro se apagó. México fue su último hogar y allí vivió muchas etapas. Allá llegó y se refugió en la casa de su gran amigo de entonces Fernando Botero. En la época de sus primeros libros, y de los primeros también de su entrañable amigo «Gabo», el dinero era muy escaso. Era la época en que todos se estaban encontrando, los años dorados de la bohemia culta colombiana. Luego vendrían los premios y reconocimientos, sobre todo en España: el Príncipe de Asturias, el Reina Sofía, el Cervantes.

Amó el mar y los marineros, y personalmente creo que para crear a Maqroll se inspiró en Alejandro Obregón, a quien admiraba por su talento y rebeldía. La ciudad francesa de Saint-Malo, donde se celebra anualmente un congreso de aventureros, lo llora hoy, como lo lloramos todos los que vivimos sus carcajadas y oímos sus historias fascinantes. Es difícil volver a conocer a alguien que llene tan fácilmente los espacios en la vida.

Heredé, por derecho propio, la amistad con Álvaro y con Carmen. Recuerdo una tarde que pasamos juntos en París Álvaro, Carmen, mi marido y yo. Primero almorzamos en una tradicional brasserie en Saint Germain des Prés. Recuerdo que, cuando entramos, no solo los meseros sino también muchos de los comensales le hicieron una venia. Luego caminamos por las calles del Barrio Latino. Finalmente, entramos en una librería especializada en libros de mar. Cada uno de nosotros cogió por su lado. El local tenía muchos recovecos y los libros estaban por todas partes. En una esquina de la librería me encontré con Álvaro, quien me preguntó tímidamente: «¿Puedes creer que no encuentro ninguno de mis libros?». Entonces yo caminé hacia el fondo del local, donde había un señor sentado ante un viejo escritorio que tenía que ser el dueño de la librería. Le pregunté si tenía algún libro de Álvaro Mutis. «Venga conmigo, señora». Me llevó a una esquina donde las estanterías estaban llenas de libros de Mutis. Impresionada con lo que e staba viendo, le pregunté: «¿Por qué tiene usted un espacio tan especial dedicado a Mutis?».