¿Cuáles son las diferencia entre el mundial de 1998 y el de 2014?

En dieciséis años, desde que Colombia clasificó por última vez, ha cambiado la manera de vivir un Mundial. ¿Cómo se vivió en 1998 y cómo se vivirá en 2014?
¿Cuáles son las diferencia entre el mundial de 1998 y el de 2014?

En 1998 también se juntó el martirio de la elección con la esperanza de la selección. Las presidenciales y su nacionalismo de campaña, que divide bajo una misma bandera; al mismo tiempo que los juegos del equipo y el patriotismo de tribuna, que hace que el país solo tenga dos bandos: optimistas y pesimistas. También hablábamos de la posibilidad de la paz con las FARC y las posibilidades de un joven de Tumaco frente al arco contrario. Solo que en esa ocasión el orden fue inverso: primero la segunda vuelta presidencial, en la que Pastrana remontó treinta mil votos de diferencia frente a Serpa; y al día siguiente el segundo partido de la Selección, el definitivo, luego de la derrota de rigor frente a Rumania. El gol de Léider Preciado ante Túnez hizo saltar a toda Colombia, incluido el recién derrotado Horacio Serpa. Este año iremos primero por el gol en la cancha y luego por el autogol en el cubículo.

 

Pero hablemos del juego, de los partidos que nos hacen a todos copartidarios. Hace dieciséis años estábamos tranquilos, el bofetón de EE.UU. 94 había convencido a todo el país de que no valían los sueños de grandeza y era mejor ver los partidos sentados que bailando. Ya las monerías eran cosa del «cole». Además, el gran equipo que habíamos tenido era ya un grupo de futbolistas maduros por decir lo menos, hombres que pensaban más en los últimos contratos que en los primeros sueños: el Pibe, 36, Rincón, 31, Chicho, 30, Cabrera, 30, Asprilla, 28, Chaca Palacios, 28… El equipo no prometía mucho y por eso no fue sorpresa que el único gol colombiano lo marcara el más joven del grupo, Léider, que tenía 21 años y que era todavía un muchacho de pueblo al estilo de nuestros ciclistas de los ochentas. Cuando lo comunicaron con su mamá, después del triunfo frente a los africanos, le aclaró al aire, con el país como testigo, que la plata que recién había mandado era para unas puertas, que no se la fueran a gastar en otra cosa.

 

Ahora los muchachos están hechos de otra forma. Hablemos de Víctor Ibarbo, para no salir de Tumaco. Hoy tiene veinticuatro años y desde los veintiuno vive en la isla de Cerdeña y pule su fútbol en la Serie A del calcio, donde juegan muchos de los posibles rivales en Brasil. Cuando marcó el gol de Colombia, Léider apenas reconocía la ruta de El Dorado a El Campín. Por esos pequeños detalles y porque han pasado dos décadas desde la terrible frustración que terminó en tragedia, el mundial Brasil 2014 se vive con esperanzas renovadas, sin los delirios de EE.UU. 94 y sin la tranquila resignación de Francia 98.

 

También ha cambiado nuestra forma de ver el fútbol

Hace dieciséis años era necesario entregarle al álbum de Panini buena parte de la responsabilidad de nuestro conocimiento sobre los equipos europeos y sus estrellas. Caracol y RCN inauguraron sus espacios como canales privados precisamente el día de la inauguración del mundial Francia 98. Antes estábamos en manos del Canal A y el Canal Uno. Había que correrle al noticiero de las siete para lograr ver los goles de Asprilla en el Newcastle o en el Parma. Y las camisas del Real Madrid o el Bayern Múnich eran un fugaz privilegio de Rincón o el «Tren» Valencia y no un reconocido uniforme para la ciclovía. A la televisión por suscripción le faltaba todavía un año para el debut y la televisión satelital era una sospechosa excentricidad. De modo que algunos sabíamos que existía un croata llamado Davor Suker, el futuro goleador del mundial coronado en París, pero era por pura intuición, por la lectura juiciosa de los suplementos deportivos o los chismes que entregaban los eternos gurús de la radio. Y a Beckham, quien le dio el tiro de gracia a Colombia, lo conocíamos como un jovencito con un pie prodigioso que jugaba en Manchester United. No sabíamos siquiera que sería un extraordinario vendedor de calzoncillos.

 

Eran los tiempos de Joao I. El verdadero «O Rey», el inventor del gran circo, estaba de despedida y París era el escenario perfecto. Havelange dejaba el trono en manos de un suizo para hacer alardes de imparcialidad. Hace poco Joseph Blatter repudió a su maestro por unos supuestos sobornos. La FIFA también se pone digna. Muy pronto el mismo Blatter sufrirá su cuenta de vergüenza por entregarle la sede a un desierto con estadios. Havelange tiene noventa y ocho años y es el más viejo de los ex monarcas del planeta. Llevó los partidos a los televisores de Estados Unidos, China, Corea, Japón, Irán y otros tantos que estaban acostumbrados a pelotas más pequeñas. Y eso que la televisión no tenía más compromisos que prender. Repetir la jugada desde la silla era ciencia ficción, ver las arrugas del «Pibe», Bergomi o Zubizarreta era una posibilidad que entregaban los perfiles de las revistas y el HD se lograba solo con una buena provisión en las tribunas populares. Ahora se ve mejor pero se recuerda menos. Y no son fallas del televisor.

 

Pero tal vez la más grande transformación era que en esos tiempos, en la prehistoria del «Pibe», Rincón y «Bolillo» Gómez, compartíamos el fútbol con unos cuántos amigos, un estadio íntimo frente al televisor y si acaso los comentarios obligados con el público más amplio de una polla futbolera. Casi todos veíamos y oíamos lo mismo pero era imposible comentar entre todos, éramos un mismo oído pegado al radio pero la boca servía para el simple grito de tienda, de bar o de salón. Ahora, somos un estadio gigante en las redes sociales, y el partido se comenta con miles de personas y los chistes se repiten en ese corrillo gigante que son Twitter y Facebook. De modo que uno puede compartir sus gritos con quienes no conoce mientras se pierde un gol por darle retuit a un chiste ajeno. Ese estadio revoltoso y democrático ha hecho que los comentarios sesudos de radio y televisión valgan cada vez menos, y que los narradores y comentaristas sean más pasto de sus oyentes que pastores de un rebaño.

 

Todo ha cambiado aunque el juego sigue siendo el mismo, incluso para Mondragón, quien ahora tiene asegurada una silla y no un puesto.

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