Dunkan da todo por el baile

La historia de Carlos Garzón, un joven que gracias a la danza urbana se salvó de morir o de ir a la cárcel. Es uno de los pioneros del género en Bogotá.
Dunkan da todo por el baile

Cuando Carlos Garzón empezó a bailar hip hop dance, lo hizo por intuición. No había internet que lo acercara a sus ídolos norteamericanos. No tenía televisión por cable para seguirles los pasos a los ingleses o a los franceses. No conocía a nadie que hubiera viajado a ninguno de esos países. Solo sentía la música y tenía su cuerpo dispuesto a moverse. De niño, había bailado todas las canciones de Michael Jackson que había visto por los dos canales nacionales que llegaban a su casa, y cada año presentaba bailes folclóricos en el colegio.

En la Ciudadela Nuevo Sucre, el barrio donde creció a las afueras de Soacha, sus amigos lo veían como el bicho raro. No bebía alcohol, no se drogaba, se negaba a ser albañil o pandillero. No se resignaba a la suerte de la mayoría. Prefería jugar fútbol, vender tamales, envueltos y panelitas que hacían en su casa con sus papás y sus tres hermanos.

La violencia que se generó en este barrio de invasión lo sacó de su casa y el baile se lo arrebató al fútbol. A los 18 años tuvo que salir corriendo porque lo iban a matar, y su talento le dio la oportunidad de dejar las ventas ambulantes para ser profesor de danzas del colegio donde estudió. Ahí empezó su historia tratando de vivir del arte.

Si levantar la casita en la loma a punta de vender tamales y recoger piedras y ladrillos en la calle no había sido fácil, lo que vendría tampoco lo sería. Primero se fue contra la corriente: no quiso seguir la danza folclórica. Ya había más de cien grupos en Soacha y, aunque se ganó varios concursos frente a compañías profesionales, quería probar con los ritmos que en ese momento se clasificaban como modernos. Quería experimentar y el folclor no se lo permitía por la rigidez de los esquemas.

Buscando, encontró el funk; luego, conoció el hip hop y descubrió que era un medio de expresión de lo urbano que no tenía límites: bailaba arriba, abajo, en el piso, en parejas. Muchos no lo entendieron, decían que sus pasos eran muy difíciles, pero a medida que los raperos como MC Hammer y Vanilla Ice penetraron las calles con sus líricas cargadas de mensajes sociales, Carlos y sus movimientos fueron calando. Así llegó a fundar Dunkan.

 

Un camino de persistencia

Mientras cuenta esta historia, Carlos atiende en el teléfono a personas interesadas en entrar a su academia. Las llamadas aumentaron desde que él y su compañía estuvieron en el concurso La pista, del Canal Caracol. Dunkan tiene su sede en el sector de Kennedy, muy cerca al estadio de Techo. Es un local esquinero, en un tercer piso con amplios ventanales y grafitis regados en las paredes. Su oficina es pequeña, pero tiene lugar para una docena de trofeos y un muestrario de tenis para el grupo que él mismo diseña y fabrica.

Carlos dice que esa sede pronto será suya. Por ahora paga arriendo y está feliz de disponer de su propio espacio. Antes, mientras estuvo en Soacha, dependía de que algún colegio le prestara un salón o de que el alcalde no usara la Casa de la Cultura para reuniones políticas. Pero también está triste porque tuvo que dejar el sector donde Dunkan nació, el 22 de enero de 2002, por iniciativa suya y de cinco de sus amigos.

Allá logró que decenas de niños y adolescentes, con historias parecidas a la suya, tuvieran una opción para salirse de ese destino oscuro al que, pareciera, están condenados por nacer pobres. Según sus cálculos, unos 250 pequeños pasaron por sus escuelas de formación durante los siete años que estuvo en Soacha. Con orgullo, dice que todos los grupos de danza urbana de La pista tienen bailarines que surgieron en Dunkan, y que artistas como J Álvarez tienen coreógrafos que se formaron en su academia.

Habla con nostalgia de esos años. Está agradecido. Da gracias por haber pasado por un colegio que le abrió espacios artísticos para no terminar como sus vecinos: muerto o en una cárcel. Da gracias por la gente que le “copió” y lo siguió en sus creaciones, en los grupos de porras, en los que también fue pionero. Y hasta les agradece a los que se fueron de su grupo sin despedirse para ponerle competencia.

Finalmente, todos ellos  aportan al sueño que lo trasnocha, lograr que la danza urbana tenga reconocimiento; que no la sigan viendo como un baile de “drogos”, ladrones y callejeros; que los grupos entren a teatros, salones y escenarios; que se enseñe de manera profesional; y que un hip hop dancer tenga el mismo estatus de un bailarín de jazz o de ballet. 

Ya ha hecho mucho. Cuando tuvo que salirse de la universidad por falta de plata (intentó dos veces estudiar Educación Física), logró que academias reconocidas de Bogotá lo becaran para aprender ballet, jazz y danza contemporánea, mientras él enseñaba (con gran aceptación) ritmos urbanos. En 2008 creó un festival de danza urbana que ya es el más grande del país, y hace dos años el Festival Iberoamericano de Teatro le compró funciones para una obra de danza.

Lo mejor vino este año con la clasificación de Dunkan entre los 16 grupos que participaron en La pista. Fueron dos meses de pruebas. Aunque no llegaron a la final, lograron su objetivo: mostrarse en televisión. Aníbal Fernández, productor general, señaló que este grupo fue seleccionado por sus ganas y su trayectoria. "Nos pareció interesante el desafío que sería para este equipo tener que bailar géneros que nunca antes habían bailado”.

Ahora, Carlos está concentrado en abrirse a otro público. Con el festival ha logrado salir de la calle y entrar a los centros comerciales: el primero fue en Soacha, luego en Plaza de las Américas, el año pasado llegó a Gran Estación y dice que pronto llegará al Parque de la 93. Y anuncia que pronto abrirá una academia en el norte de la ciudad. ¡Va pa' esa!