7 razones para recordar a Ella Fitzgerald

Hace 96 años nació la reina del jazz, quien enamoró al mundo con su dulce y potente voz. Aprovechamos esta fecha para rendirle un homenaje.  
7 razones para recordar a Ella Fitzgerald
Fue conocida como “la primera dama de la canción” y tuvo el poder de seducir con su voz a los más grandes artistas de su tiempo, de Bing Crosby a Benny Goodman. Todos se proclamaron fieles admiradores de Fitzgerald. Su música siempre se oyó dulce y feliz, pues, a pesar de que a veces cantaba historias dramáticas, daba la impresión de que a través de ella se transformaban y, entonces, los corazones rotos de los que hablaban sus canciones perdonaban, entendían y volvían a tener esperanza.    Su carrera se prolongó por casi seis décadas –empezó en 1934–, en las que su voz siempre tuvo el alcance y el tono perfectos. En 1996, Fitzgerald murió a causa de una diabetes por la que tres años antes debieron amputarle sus piernas.  Aunque la dulzura de su voz y su carisma son suficientes argumentos para recordarla, aquí tenemos siete razones más: 1. Porque no solo cantaba, contaba historias. Fitzgerald les daba vida a los enamorados de sus canciones y luego los hacía quererse, odiarse y perdonarse. Ella abrazaba las letras y transportaba a quien la oía a su mundo de romanticismo y jazz.  2. Porque fue la diosa del scat. Nadie como ella pudo convertir su voz en instrumento y usar sílabas sin sentido para construir ritmos improvisados que invitaban a moverse al compás de la música.  

 3. Porque cantaba como si hablara. A pesar de que abría la boca y salía un vozarrón potente e hipnótico, siempre nacía con naturalidad, sin esfuerzo, con serenidad. Nunca hacía gestos, parecía como si estuviera destinada a hablar a través de melodías.   4. Porque podía ser tan dulce como ruda. Con el primer hilo de voz que surgía cuando empezaba una canción siempre se llevaba aplausos, pero, al final, después de utilizar su técnica vocal para subir y bajar a tonalidades insospechadas, se ganaba ovaciones. 5. Porque nunca dejaba su pañuelo. Cantaba con apasionamiento cada palabra y cada acorde, y sabía que en medio del calor de esa entrega su cuerpo empezaba a derretirse, por eso siempre iba armada con un pañuelo para secar su frente y seguir con la función.    

 6. Porque para ella el micrófono podía ser decorativo. A veces, el micrófono estaba ubicado lejos, muy lejos de su boca, pero su voz siempre se oía cercana, nítida y amable. En otras ocasiones, lo cogía con la misma naturalidad con la que se coge un cigarrillo. 7. Porque siempre habrá un momento en el que su música será el complemento perfecto. Para reconciliarnos con la vida, para enamorarnos, para sonreír, para descansar, la música de Fitzgerald siempre será buena compañía.   
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