El café más caro del mundo es de Trujillo

Un empresario vallecaucano es el primero en producir y exportar desde colombia el café más fino del planeta: el geisha.  
El café más caro del mundo es de Trujillo

(Archivo Cromos)

¿Estaría usted dispuesto a pagar 170 dólares por una libra de café? No conteste ahora. Tómese su tiempo y trate de imaginarse un café con sabor a jazmín, con aroma floral y un fuerte acento a citronela… Se llama Geisha y es considerado el café más fino del mundo. Y también uno de los más caros. La última vez que se subastó una libra de grano verde de esta variedad alcanzó esa cifra récord: 170 dólares. La pagó una empresa japonesa a un cultivador panameño.Los japoneses, sin embargo, no son los únicos que están dispuestos a pagar una fortuna por deleitarse con la intensa sensación de un café gourmet o boutique, como se conoce en el mercado internacional. Empresas de Estados Unidos, Canadá e Inglaterra son los principales destinos de esta variedad que se empezó a conocer hace apenas ocho años y que ahora se exporta desde Colombia, desde las montañas de Trujillo, en el Valle del Cauca.  

Allí, a 2.100 metros sobre el nivel del mar, en la cara oriental de la imponente cordillera Occidental crecen 35.000 matas de este exclusivo café. La finca se llama ‘La Esperanza’ y su dueño es Rigoberto Herrera Correa, un empresario del campo, de familia cafetera y con visión de negocio que se apasionó con la idea de producir en sus tierras los cafés más exclusivos del mundo.Empezó con el Geisha hace tres años. Se enteró de su existencia y fue en su búsqueda a Panamá, único país que lo producía desde 2002. Arrendó la finca de un amigo que ya estaba sembrada con esta variedad con la idea de aprender del cultivo y al año siguiente ya estaba participando en el concurso Best Panama que premia los cafés más finos. Ese 2008 se ganó el primer puesto y en 2009 obtuvo el segundo. Mientras ganaba premios en Panamá, trajo las semillas para su finca de Trujillo, convencido de que sería el clima ideal para igualar o mejorar el sabor del Geisha panameño que ya era famoso en el mercado gourmet del mundo. Sabía que las condiciones climáticas y el suelo rico y fértil de estas montañas podrían darle un toque distinto a su café. El resultado: el Geisha de su finca no solo conserva el sabor a jazmín y las esencias florales sino que obtuvo un acento de frutas tropicales que lo hace más profundo y exquisito. Varios catadores expertos en este tipo de cafés le dieron hace poco una calificación de 92 sobre 100. Un puntaje que lo pone como el de “mejor taza” del mercado internacional, según términos del argot cafetero.Es la primera vez que Rigoberto abre las puertas de su finca para mostrar con orgullo sus cafetales. Durante dos años trabajó con sigilo. Investigó, ensayó, se equivocó, preguntó. Viajó varias veces a Centroamérica para desentrañar los secretos de estas plantas que llegaron de Etiopía en los años 60 primero a Costa Rica, donde un brote de roya acabó con toda la producción, y luego a Panamá, adonde llegó en los setenta como una variedad más para sustituir cafetales.Mientras recorre los cultivos, explica las diferencias entre estas matas y las de un café corriente: un árbol más abierto y menos frondoso, la cereza más alargada, más frutos por rama. Un curso intensivo de café. “Me corre cafeína por las venas”, se ríe. Y explica que el secreto es la perfección y el cuidado esmerado en cada parte del proceso de producción, desde la nutrición de la tierra hasta el empaque final. Es tan meticuloso que le da capacitación especial a los recolectores para que recojan sólo el café bien maduro y desechen el pintón y los granos que caen al suelo. Supervisa que el rojo de la cereza sea el más intenso, un grano de color pálido no sirve. En el beneficiadero se asegura de que el operario entienda que está despulpando, lavando y secando un café muy delicado. Incluso tiene un catador, Hernando Tapasco, que sale del laboratorio a recorrer los cultivos para anticiparse a detectar posibles errores en la fertilización o la recolección.“Este proceso se hace con la gente. Aquí les pagamos bien a los recolectores para que se queden con nosotros, nos interesa generar estabilidad. No les pagamos por peso sino por día, porque no nos interesa que recojan más café sino que recojan el mejor café”. Y continúa con su idea de capacitar a un grupo de mujeres cabeza de familia con instructores del SENA para cualificar aún más la recolección. “Las mujeres son más cuidadosas”, aclara. Con semejante dedicación se entiende que haya logrado ser el primero en traer el Geisha a Colombia, el primero en producirlo y exportarlo. Pero no le bastó. Hace unos meses decidió producirlo de manera orgánica. En otra finca, a 1.600 metros de altura, tiene 14.000 matas que no reciben ni una gota de fertilizantes químicos. Es el único en el mundo que lo ha logrado. Le gusta llevar la delantera. De hecho el Geisha no fue el primer café especial que sembró. Lleva un año produciendo Moka, una rara y costosa variedad de grano muy pequeño que está causando furor entre los catadores más especializados. Se sabe que es de origen africano, pero él fue hasta Hawai a traerlo, porque estuvo prácticamente extinguido. Ahora lo produce y exporta con éxito desde Sasaima, Cundinamarca.Pero la joya de la corona es otra y está en otra finca llamada ‘Las Margaritas’, en Caicedonia: produce nueve variedades de los cafés más finos del mundo: Geisha, Pacamara, Borbón Amarillo, Borbón Rojo, Laurina, San Bernardo, Moka, Borbón Tekissi y Java.Ese cultivo es el único del mundo que está produciendo comercialmente. Su objetivo es consolidar un contenedor con los mejores cafés especiales del mercado. “Hay gente a la que le gusta lo exclusivo, lo fino, lo más caro. Y yo lo tengo”, dice con poca modestia. En realidad no debe mostrarla porque su visión para los negocios es innegable. Le apostó todo a producir unas variedades totalmente desconocidas en el país, muy delicadas y costosas y con mercados muy limitados. “Yo vi el potencial y le puedo asegurar que los cafés especiales marcarán el futuro del mercado”. De hecho, su objetivo no es vender grandes cantidades. Quienes están en este negocio venden microlotes, pequeñas cantidades de café a altísimos precios y a clientes muy específicos: un par de tostadoras en el mundo que se dedican a producción para clientes exclusivos. Devotion es una de ellas, es colombiana y es manejada por Steven Sutton, quien también vio en la tostión y comercialización de estos granos el gran negocio. Él es quien vende en Colombia la producción de Geisha de ‘La Esperanza’. Rigoberto Herrera tiene en total 213 hectáreas en cinco fincas produciendo cafés especiales. Su producción de Gehisa no supera los 286 sacos al año, de los cuales cerca de 100 se quedan en el mercado colombiano. “Yo sé que no hay muchas personas en el país que puedan pagar 12.000 pesos por una taza de café, pero sé que quienes lo prueban saben que se están tomando el mejor del mundo y volverían a pagar por repetir la experiencia”.Los otros sacos se van para Japón, Corea y Estados Unidos. Y hace pocos días atendieron una delegación de ejecutivos de una multinacional japonesa interesada en comprarle Geisha para el consumo de sus directivos, y están dispuestos a pagar 150 dólares por libra.“¿Se imagina donde pudiéramos sembrar Geisha en Nariño o Tolima?”, se pregunta exaltado. Colombia tiene una ventaja competitiva y son sus suelos con vocación enteramente cafetera y con múltiple oferta ambiental, explica. Es consciente de que estos desarrollos son costosos, pero no deja de soñar con el día en el que pueda sembrar sus matas en alguna de estas tierras.Ahora sí: ¿qué piensa sobre la pregunta de los 170 dólares por libra?Si lo sigue dudando, quizás la siguiente anécdota lo entusiasme. Según Rigoberto Herrera, hay un café más caro que el Geisha, tan escaso en comercialización como insólito en su producción. Se llama Kopi Luwak, se cultiva en Malasia y alcanza los 300 dólares por libra. ¿La razón? El complicado proceso de elaboración: se necesita que un gato se coma el fruto y lo defeque para luego lavarlo y tostarlo. ¿Quién se le mide?