Los juegos del hambre y otras dos sagas que revolucionaron el mundo

A propósito del estreno de la película /Los juegos del hambre: en llamas/ nos preguntamos cuál es el secreto del éxito editorial de esta trilogía, que ha vendido 25 millones de copias, y de otras que corrieron con similar suerte.
Los juegos del hambre y otras dos sagas que revolucionaron el mundo

Han sido tres los nombres que han revolucionado al mundo en los últimos años. Tres los nombres que han apuntado a los niños, a los jóvenes y han logrado lo cometido. Se volvieron conocidos, primero, desde la lectura de aquellos que no leen -dicen algunos– y luego desde el rostro que les dieron en películas de alto éxito en taquilla. Han sido tres, en los últimos años, uno detrás del otro. Fueron muchos antes y serán muchos después porque siempre, sin importar el tiempo o la condición, se necesitan héroes. Algo más grande que nosotros, más bello y mejor. Algo en qué creer. 

En 1997 se publicó el primer libro de una serie de siete: Harry Potter y la piedra filosofal. En ese momento ese tal Potter pudo haber sido alguien de Gran Bretaña, un niño cualquiera. Luego todos quisieron tener su nombre. Eso y una cicatriz en la frente. El «niño que vivió» fue famoso dentro del libro por haber sobrevivido un ataque mortal y fue famoso más allá de su libro, en el mundo de los «muggles» que leían su historia. Vinieron seis libros más, con mayores peligros, cada vez más reales. En total fueron siete libros traducidos a más de 60 idiomas, 400 millones de copias vendidas alrededor del mundo. De ahí salieron ocho películas que ganaron miles de millones de dólares en las taquillas de los teatros. Estuvieron de moda las bufandas, los sombreros y las capas; había incluso cerveza de mantequilla y varitas mágicas para comprar. El fenómeno Potter estaba en su furor.

En 2005 llegó Crepúsculo con un nuevo nombre, el de Bella Swan. Ella se fue metiendo despacio, atravesando los libros y las películas de Harry Potter, instalándose en los estantes de libros empolvados de muchas adolescentes. Hizo que muchas abrieran por primera vez un libro con ganas de leer. Porque les habían contado sobre él, porque las amigas del colegio ya no hablaban de otra cosa. Y no las dejó dormir más. Cuando apagaban las luces de sus casas, se metían debajo de las cobijas con la linterna de su celular para seguir leyendo, para saber qué pasaba con Bella y Edward y su historia de amor. Salieron libros nuevos cada año, Luna Nueva, Eclipse, Amanecer, y luego vinieron las películas. Vendieron 100 millones de copias e hicieron alrededor de tres mil millones de dólares en taquilla, también, haciéndole la guerra a Harry Potter. Fans para lo uno y para lo otro. Gente buscando algo, alguien para imitar.  

Luego, entonces, pudieron imitar algo más. Un nuevo fenómeno. En el 2008, Suzzane Collins publicó Los juegos del hambre. Una historia que ocurre en un futuro ficticio, como el de Huxley, como el de Orwell, esta vez en lo que antes, para ese futuro, sería Estados Unidos. Después de guerras y desastres naturales se convirtió en un lugar bajo el nombre de Panem, gobernado por un régimen autoritario con sede en el Capitolio. Panem está dividido en doce distritos. Eran trece antes de que uno de ellos intentara rebelarse; a ese, el gobierno lo eliminó. Cada año, entonces, para recordar su poder, el Capitolio elige dos jóvenes entre los 12 y los 18 años de edad para competir en un juego televisado, un reality show en el que el objetivo es matarse. Solo uno es el ganador: quien sobreviva. 

Y entonces se vuelven estrellas, ellos, los veinticuatro. Los llevan a apartamentos elegantísimos, les ofrecen grandes banquetes y les proporcionan un diseñador. Él es el encargado de vestirlos para cada uno de los eventos a los que tienen que asistir. Los desfiles, los entrenamientos, las pruebas, en fin. Todo televisado. Son ahora figuras públicas. La audiencia, entonces, escoge su favorito (siempre de su distrito, por supuesto) y el ganador se convierte en héroe. En este caso, una heroína: Katniss. Es un virus lo que ella hace, el signo de la mano del distrito doce (los tres dedos del medio elevados, los de los extremos cerrados adelante), su peinado, sus acciones. Todos quieren ser como ella. 

 

Juegos del Hambre_Fotos Cine Colombia (9) Cortesía Cine Colombia

 

No hay mucha diferencia entre la vida de Katniss y los tres booms editoriales de estos últimos años. La historia de Los juegos del hambre, entonces, además de ser un reflejo de la igualdad social y de los abusos del gobierno, es un espejo de su propio fenómeno. La fama por la fama. El arte de mover masas. Los famosos de las películas viven en su reality show constante, la prensa, los fans que quieren saberlo todo. Cómo viven, qué comen, si toman, si fuman, si salen o no a bailar. La vida de una estrella se acentúa con este tipo de fenómenos pues ya el actor no es por sí solo, sino que hace parte de una rueda mucho más grande que él lidera al desempeñar el papel principal.  

Jennifer Lawrence insinúa lo complicada que resulta su posición en una entrevista para la revista Vanity: «Ser parte de la franquicia de Los juegos del hambre sigue siendo un poco complicado. Es raro hacer frente a este «ser» tan grande. Nunca he estado en otra película donde realmente los fans fueran la base. Es como si un Gran Hermano estuviera mirándonos», dice. Es una pelea a muerte, finalmente. Por las taquillas, por las ventas, por quién recibe más dinero, por quién es mejor o peor actor, mejor o peor persona frente al mundo. Pocos son los ganadores, si es que existe alguno.

Pero la pregunta debería ir más allá. ¿Cómo logran mover tanta gente? Héroes que se crean, pero ¿por qué? Identificación, seguramente, mímesis, dirían algunos. ¿Qué hace que unas historias escritas hagan que muchos, si no todos, queden envueltos en la historia? Los más intelectuales, incluso, se descubren a sí mismos atrapados en un libro o en una película por los que les daría vergüenza aceptar su gusto. «Esos best-sellers», se les escucha decir, «son para gente que no lee», «no tienen nada de profundidad», aunque a veces el fluir de los acontecimientos ni siquiera les deje tiempo para analizar. Y es posible que tengan razón. No son obras de altos niveles de profundidad ni van a pasar a la historia por ello –las películas, muchas veces, por los efectos visuales y temporales resultan mejores que los libros–. Pero están llamando la atención de muchos y dejando huella, empezando por hacer que lean aquellos que de otra manera no hubieran leído –enseñando ortografía, por lo poco- y a otros niveles, emocionando, conmoviendo, haciendo sentir. En un mundo en el que ya nadie cree en nada, crean héroes, nuevos héroes. Y, si los adolescentes van a creer en algo, que sea, por lo menos, en los héroes de las historias.