Piedad Bonnett y Héctor Abad Faciolince hablan sobre la muerte

Junto a  Rosa Montero y David Rieff conversaron en el Hay Festival sobre su manera de afrontar la muerte a través de las letras.
Piedad Bonnett y Héctor Abad Faciolince hablan sobre la muerte

Fue una charla conmovedora, pero divertida. Se sintieron escalofríos cuando Héctor Abad recordó ese fragmento del libro de Bonnett en el que la poeta explica cómo, luego de enterarse de que su hijo Daniel se ha lanzado de un sexto piso, tuvo que afrontar la donación de sus órganos: ¿Pulmones? Sí, los dono. ¿Riñones? Sí. ¿Ojos? Sí. Y así hasta que Daniel dejó de ser un cuerpo para convertirse en partes que le salvarían a otros la vida. Se nos erizó la piel, sí, pero ese cuarteto en el escenario tenía tanta química que el público llegó a reírse hasta de su propia mortalidad: “Todos estamos en remisión –aseguró Abad–. Como mi amigo Alberto Aguirre decía: sospecho que me voy a morir”. Las risas llenaron el auditorio. 

Reunieron a este grupo de personas porque todos escribieron libros en los que hablaban de la muerte de sus seres queridos. Bonnett escribió Lo que no tiene nombre, en el que narró qué llevó a su hijo al suicidio; Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte, en el que se aproxima al fallecimiento de su esposo; David Rieff, Un mar de muerte, en el que cuenta cómo transcurrió la vida de su madre, Susan Sontag, después de enterarse de que sufría un cáncer terminal, y Héctor Abad, El olvido que seremos, que habla del asesinato de su padre. 

Cada uno de estos escritores afronta el fallecimiento de sus seres queridos de una manera diferente, pero tienen en común que han intentado dar un paso atrás para tratar de distanciarse del dolor y poder reflexionar sobre el duelo desde su experiencia pero con una mirada literaria y reflexiva que, de manera admirable, se aleja de la autoconmiseración o la sensiblería. 

“Después de la muerte de Daniel, nos fuimos de viaje, fue la forma más digna de la huida –explicó Bonnett–. A ese viaje llevé libros sobre el suicidio para mirar en la cara la realidad y a medida que tomaba notas me di cuenta que la historia de mi hijo tenía la misma dinámica de la tragedia griega, y pensé algo casi escandaloso: ‘Esto lo tengo que escribir’. Me asusté con mi propia idea, pero sabía que tenía que hacerlo, así que afilé mis armas contra la impudicia. Sabía que debía ser crudo y verdadero, pero que no fuera a vulnerar a los seres queridos. En ese momento, cuando empecé a tomar decisiones literarias, se dio el distanciamiento necesario para afrontar la historia, un distanciamiento que, finalmente, fue mi forma de hacer el duelo. Ese libro le dio sentido a mis días”. 

Bonnett empezó a escribir dos meses después de la muerte de su hijo. Ella, como poeta, no sentía que debiera darle tiempo a su dolor sino, por el contrario, usar esas emociones para enriquecer la obra.

Rosa Montero, al contrario, tuvo que esperar tres años para escribir su libro, en el que su esposo se encuentra en cada línea, aunque no habla directamente de él. “Mi libro habla de la vida, no de la muerte –aseguró Montero–. Pero para vivir a plenitud, tenemos que llegar a un acuerdo con la muerte. Yo necesitaba la distancia de los hechos para poder escribir. El verdadero dolor te quita la palabra y es con la palabra que nos defendemos del horror, así que hay que dar un salto fuera de uno para avanzar y poder volver a la palabra para transmutar el horror en belleza”. 

Y es que el horror no solo lo experimentan quienes deben enfrentar la ausencia de aquellos que mueren, el libro de Rieff narra el horror que sintió su madre al ser verdaderamente consciente de su mortalidad. “Mi obra habla sobre el temor a la muerte. No solo el de mi madre, sino el de todos. No es un libro sobre el duelo, sino sobre el horror de la extinción. Mi madre confiaba en que podría reponerse a cualquier enfermedad. Ya había tenido éxito venciendo el cáncer en dos ocasiones. Así que en mi historia quise poner sobre la mesa el debate entre la ciencia, la esperanza y el terror. La muerte como hecho y la manera de abordarla. Mi madre no sabía como existir en el tiempo que le quedaba”.