Doris Salcedo vuelve con una obra sobre los «falsos positivos»

*La artista expone de nuevo en Colombia, luego de varios años de ausencia, y ahora con una obra viva que respira y crece.*
Doris Salcedo vuelve con una obra sobre los «falsos positivos»

Su obsesión es la misma de siempre. Su arte todavía pertenece a las víctimas de la violencia. Tiene una fijación que la hostiga porque no está dispuesta a ignorar el hecho de que aquellos que detentan el poder se sientan facultados para destruir a otros seres humanos. Entonces, a pesar de reconocer que su trabajo no tiene la capacidad de curar las cicatrices que ha dejado la barbarie colombiana, intenta que su obra, por lo menos, oponga cierta dignidad a la tragedia, la crueldad y la impunidad que nacen de la maldad detrás de nuestro conflicto. Doris Salcedo busca darle un sentido humano a lo inhumano. 

Eso hizo cuando produjo esa hermosa imagen de las sillas que colgaban del Palacio de Justicia, con las que trajo del olvido a las personas que murieron durante la toma del 6 de noviembre de 1985. Eso hizo cuando abrió una grieta en la Tate Gallery de Londres, para visibilizar la herida que marcan las fronteras como símbolos de discriminación, xenofobia e intolerancia. Eso hizo cuando ubicó un tapete de 25 000 velas sobre la Plaza de Bolívar como un acto poético de repudio ante el asesinato de los once diputados del Valle. Eso hace ahora con Plegaria muda –que se presenta en la galería Flora ars+natura hasta el 29 de marzo–, una obra en la que, alegóricamente, entierra a cientos de jóvenes que murieron como falsos positivos y terminaron en fosas comunes. De esta manera culmina el ritual fúnebre que necesitaban sus familias para despedirse y asumir su ausencia. Salcedo hace del arte un vehículo para el duelo, uno que estaba incompleto.   

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El derecho a llorar a los muertos

La sala de la galería se siente fría y, en principio, se ve gris. No es una obra que impacte de entrada, ni que revuelva el espíritu. Tiene una calma particular, un silencio, una melancolía, una paz. La muestra está organizada como un laberinto y, a medida que el espectador lo recorre, descubre que estaba equivocado, que sí hay color. Por los orificios de la madera de las mesas que señalan el camino germinan briznas de hierba de un verde brillante, alegre y vivo. 

Salcedo empezó a pensar en esta obra –que realizó entre 2008 y 2010– después de visitar los guetos de Los Ángeles y conocer un informe en el que se anunciaba que más de 20 000 jóvenes habían muerto allí en un periodo de veinte años. Analizar esta situación la llevó a pensar en los jóvenes que habitan las zonas marginales de Colombia, esos que –justamente por moverse en territorios aislados, vivir en condiciones precarias y ser invisibles para el sistema– se convirtieron en carne de cañón para el Ejército, que los hacía pasar por guerrilleros dados de baja en combate y de esta manera recibir incentivos por su aporte a la patria. 

A ese dramático acontecimiento –en el que murieron aproximadamente 2900 jóvenes entre 2003 y 2009–, Salcedo opone Plegaria muda, una instalación comisionada por la Fundación Calouste Gulbenkian de Lisboa y el Museo de Arte Moderno de Malmö en Suecia. Para desarrollarla, la artista entrevistó a las madres cuyos hijos se convirtieron en «falsos positivos». Estuvo con ellas cuando fueron a identificarlos en fosas comunes y luego cuando intentaron pedir justicia ante el Estado. De esa experiencia surgió esta obra, que representa un camposanto. Salcedo creó féretros que hacen referencia a los cuerpos que se encontraron en las fosas comunes y de esta manera le dio un valor a cada una de esas vidas perdidas, de esos muertos anónimos. 

No son tumbas tradicionales. Dos mesas enfrentadas, entre las cuales se ubica un cubo de tierra, representan el féretro: «Las mesas tienen la proporción de un cuerpo yacente –explica José Roca, fundador de Flora ars+natura y curador de la Tate Gallery de Londres–. Todo mueble es el índice de un cuerpo ausente: cuando vemos una silla imaginamos un cuerpo que no está, pues la silla tiene la forma para recibirlo, se amolda a él». Al hacer evidente una ausencia, los muebles de Salcedo también pelean contra el olvido. Señalar que alguien no está, también dice que permanece en la memoria, que se recuerda. 

La obra original consta de 166 tumbas –por los límites del espacio, en la galería solo hay  nueve–: «Cada pieza, a pesar de no estar marcada con un nombre, se encuentra sellada y tiene un carácter individual, como indicativo de un ritual funerario que tuvo lugar –explicó Salcedo en una conferencia en el Museo Moderno de Malmö, Suecia–. La repetición implacable y obsesiva del túmulo enfatiza la dolorosa repetición de estas muertes innecesarias. Al individualizar la experiencia traumática, por medio de la repetición, espero que esta obra en alguna medida logre evocar y restituirle a cada muerte su verdadera dimensión y así permitir el reingreso a la esfera de lo humano, de estas vidas desacralizadas». Como Antígona, Salcedo reclama el derecho a sepultar los propios muertos, a llorarlos. 

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La vida prevalece

«En la tragedia reconocemos la fuerza de una persona, su belleza, su inteligencia –explicó Salcedo durante la inauguración de la exposición de Plegaria muda en el Museo Maxxi de Roma–. En la tragedia se conoce la esencia del ser humano. Es en las situaciones complejas en las que el hombre se exige más y da más de él». Por esta afirmación es importante resaltar que Plegaria muda no se concentra solo en el dolor. Más allá de ese par de mesas que se anulan entre sí y, de esta forma, cierran un ciclo de muerte que permite hacer un duelo, en esta pieza brilla la hierba, que nace y crece y vive, a pesar de hacerlo en medio de la barbarie. 

«La violencia crea imágenes –dijo Salcedo en una entrevista a Razón Pública–. En Colombia tenemos imágenes terribles de descuartizados y motosierras. La función del arte es oponer a eso imágenes dignas y en esa medida crear un equilibrio». La hierba de su Plegaria muda hace precisamente eso, probar que la vida prevalece. Por esta razón, el verde es tan importante en el conjunto que conforma la pieza. 

Fue por el valor de esos delicados brotes de pasto que la obra no se pudo presentar en el país cuando empezaba su recorrido por el mundo. Desde que Salcedo la terminó, su instalación estaba destinada a viajar. Todo el cronograma estaba programado y el punto de partida sería el Museo de Arte Moderno de Medellín. Sin embargo, los requerimientos técnicos de la pieza lo impidieron y eso llevó a que paseara primero por Portugal, México, Italia, Inglaterra, Suecia y Brasil. «Como era una obra viva, necesitaba una humedad y una temperatura muy particulares –explica Juliana Restrepo, quien en ese entonces dirigía el museo–. Doris quería ubicar la obra en la bóveda central, pero esa bodega no tiene aire acondicionado. Para poder realizar la muestra en ese lugar, debíamos importar unos equipos especiales que exigían una inversión muy grande. Además necesitábamos tiempo y en ese momento no lo teníamos, la siguiente fecha de la muestra ya estaba programada. Así que tuvimos que cancelarlo». 

Y es que, de verdad, es una obra viva. Hace un mes, la tierra y las mesas –que ella misma arma con una longitud que oscila entre los 2,40 y los 2,60 metros– llegaron desde su taller a la galería en Bogotá, donde las ubicaron para luego sembrar las semillas de pasto en la tierra. Después tuvieron que esperar. Treinta días más tarde, la hierba empezó a colarse por las grietas de la madera: solas, las hebras verdes fueron buscando la luz.

Ahora que de los féretros ha surgido la vida, la galería debe poner todo su empeño en que sobreviva: no dejan usar flash, tienen un cuidadoso sistema de riego y mantienen una temperatura estable para que el verde permanezca resplandeciente. «La imagen de la hierba creciendo por entre los orificios en la madera es una metáfora de la voluntad de seguir adelante frente a la adversidad –cuenta Roca–. La naturaleza se sobrepone a todo».