El fútbol y la literatura, dos amores protagonistas en la FILBO

Con la cercanía del Mundial, la literatura de fútbol se pone de moda. Más allá de tantos títulos, hablamos con tres apasionados por las letras y el balón, en vísperas de la Feria del Libro de Bogotá, que va desde mañana 29 de abril al 12 de mayo.
El fútbol y la literatura, dos amores protagonistas en la FILBO

Para Borges, el fútbol era el opio del pueblo. Un montaje dramático con ídolos embusteros e inútiles que metían goles por encargo. Una farsa que despreciaba. «Es popular porque la estupidez es popular», aseguraba irónico. Y podía tener algo de razón. Al fin y al cabo, el Mundial del 78 sirvió de cortina de humo a la dictadura de Rafael Videla. Pero, tal vez, solo era  su ceguera. El intelectual no quería ver que ese deporte podía ser más que un juego: «Es una reproducción de la vida en pequeña escala –le dijo a CROMOS el escritor Eduardo Sacheri–. Una reproducción en la cual aprender, probar, fracasar. Para que la "vida en serio" sea menos traumática».

Hubo muchos intelectuales como Borges. Pero otros tantos escribieron sobre fútbol sin complejos y con la misma pasión con la que vitoreaban desde la tribuna. A finales del siglo XIX, antes de matarse con una píldora de cianuro y un balazo, el francés Henry de Montherlant se refirió a las canchas como templos. En 1918, Horacio Quiroga escribió la historia de un jugador que se suicida en medio del campo cuando su carrera termina. Unos años más tarde, Rafael Alberti y Manuel Hernández, como buenos poetas, se sintieron atraídos por la figura del arquero: la posición del que salva la patria, la más épica de todas. Y después de mitad de siglo llegó Vázquez Montalbán a hablar del Barça como el ejército desarmado de Cataluña: «Desde que lo leí –nos contó el ex futbolista Jorge Valdano–, para mí jugar fue una cosa distinta. Me sentí representante de algo mucho más complejo que un juego primitivo. Él tendió puentes entre el fútbol y la política, la identidad y la sociedad. Hizo del fútbol una expresión de un lugar y un tiempo». 

Además de estos escritores ha habido muchos más, como Soriano, Benedetti, Fontanarrosa y Galeano, solo para mencionar algunos. Y en Colombia, Samper Pizano, Ricardo Silva o Juan Esteban Constaín. Un fenómeno que despierta la euforia de cientos de miles de fanáticos merecía la atención de los escritores: «El fútbol hace parte inevitable del paisaje social –explica Valdano, quien hizo dos antologías de cuentos sobre fútbol–. Es el mayor productor de conversaciones y es parte clave de la industria del ocio y de la fiesta económica». Por estas razones y por la proximidad del Mundial, en la Feria del Libro habrá varias publicaciones que giran en torno a este deporte y que confirman que es una gran materia prima para la literatura, pero, sobre todo, para el bolsillo del mercado editorial. 

 

El fútbol como la vida

Cuando un escéptico de esa religión que es el fútbol lee La vida que pensamos, el último libro de Eduardo Sacheri, lo entiende todo. Entiende por qué los creyentes pasan horas viendo hombres persiguiendo un balón. Entiende por qué las lágrimas son incontrolables cuando el enemigo gana y humilla. Entiende por qué este deporte puede ser un asunto de vida o muerte. Y lo entiende en fragmentos como este, en el que un padre se entera de que su hijo no es hincha de su equipo: «Tal vez el chico terminase siendo más feliz siendo hincha de algún grande. Por eso aceptó con entereza que Raulito empezase a decir que era de River, “como el tío Hugo”; aunque en el fondo más recóndito de su ser, él sintiese sinceros deseos de pasar al “tío Hugo”, lenta, dulcemente, por la picadora de carne y la máquina de hacer chorizos». 

La literatura ayuda a entender el juego y en ese camino también explica la vida. «Es un mundo dentro del mundo –asegura Ricardo Silva, autor de Autogol–: hay mucho dinero, hay negociaciones que tienen el tinte de la trata de personas, hay trampas… Y así es el mundo en general». En esa medida, estos libros también hablan del país de quien los escribe: «Los relatos de los argentinos son más dados a la victoria, los de los colombianos van con zancadilla, tienen un destino más trágico –agrega Silva–. Es como en el juego: en Alemania uno ve de disciplina; en Brasil, soltura; en Francia, arrogancia…».   

Fútbol  

Sin embargo, con el tiempo y el poder de la globalización, tanto en la literatura como en el juego las diferencias han ido desapareciendo y se tiende a la uniformidad. Por esa extensión de las fronteras –y por Internet y la ampliación del concepto de cultura, en el que ahora está el deporte–, los intelectuales también dejaron de temerle al fútbol. Cada vez hay menos Borges y más plumas como las de Villoro y Javier Marías. 

El que muchos escritores hasta ahora se arriesguen a escribir sobre el tema explica que algunos crean que aún no se ha escrito la gran novela del fútbol. Pero también se puede deber, como supone Valdano, al hecho de que sea un deporte tan espontáneo y atado al presente, en el que la reflexión, la decisión y la acción son parte de un mismo movimiento del que no hay vuelta atrás. O, como sugiere Silva, a que sea un tema más dado al cuento: «Los relatos cortos son una carrera contra el tiempo y buscan un golpe final, y eso es lo que ocurre en un partido». 

 

La fiesta económica

En el siglo XXI se ha escrito más literatura sobre fútbol que en todo el siglo XX. En países como España y Argentina, incluso han nacido editoriales meramente deportivas, como Al poste y Corner. Pero sus títulos no incluyen ficción: «Publican biografías a punta de Wikipedia y con un sentido de la oportunidad –cuenta Valdano–. Un jugador mete dos goles y ya tiene su libro».

Esto se verá durante la fiebre mundialista: un par de libros de ficción y muchos otros sobre los ídolos del balón. Esto ocurre por un interés económico: la nueva biografía de Falcao venderá más que El área 18 de Fontanarrosa. Pero también puede deberse a la cautela de los escritores: «Es más difícil moverse en el terreno frágil de la imaginación –opina Sacheri–. Hay que ir a ella con prudencia, para no repetir jugadas».

Por fortuna, también han proliferado las crónicas, que en buenas manos –como las de Santiago Segurola– son grandes piezas literarias con las que el lector se relaciona: «Leer una crónica lo conecta a uno con la infancia –dice Silva– y en ese sentido es un paréntesis, una burbuja reparadora frente a las tonterías y a las miserias de todos los días, un alivio».

 

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