Artista cubano pone en evidencia la corrupción detrás de la arquitectura

Carlos Garaicoa cree que la arquitectura de un país es reflejo de la sociedad que la habita. Su obra –que se encuentra en los museos más importantes del mundo– llegó a Bogotá y muestra una manada de elefantes blancos, producto de la desidia, la ilegalidad y los malos gobernantes.
Artista cubano muestra la corrupción detrás de la arquitectura del país

Probablemente seríamos mejores personas si las ciudades que habitamos fueran distintas. Si hubiera más orden, si se redujera la polución, si se eliminara algo de cemento y se sembrara un poco de verde. Eso cree Carlos Garaicoa: «En la medida en que la ciudad pueda ser más orgánica y más lógica, el hombre será más correcto, más estructurado, más claro y más consciente de su realidad», le dijo a CROMOS desde Madrid. 

Garaicoa ha llegado a la conclusión de que la arquitectura no solo repercute en lo que somos como personas en la intimidad y en nuestro día a día, sino que habla de lo que son las sociedades contemporáneas, contaminadas ya no solo por el esmog o el ruido, sino por la corrupción, la trampa, la desidia, la ineficiencia y la ambición de dirigentes cuyos intereses personales van en detrimento de las poblaciones por las que se supone que trabajan. 

Por estos factores, Colombia está llena de elefantes blancos: mega construcciones inconclusas, grises y abandonadas que quedaron a medias porque sus muros de concreto escondían negocios turbios, porque los presupuestos para terminarlos acabaron en manos de ventajosos o por la incompetencia de contratistas, arquitectos y gobernantes. «Me cautivaron varios edificios inconclusos en Bogotá, y aunque no me interesaba su historia privada, escuché que uno de ellos era un hospital abandonado por lavado de dinero –cuenta Garaicoa–. Y otro edificio, por ejemplo, no cumplía con las regulaciones arquitectónicas con respecto a su distancia de la calle».  

Después de nueve meses de trabajo duro, de días dedicados a exprimir la realidad colombiana, de un viaje a Honda en el que conoció otra Colombia, de cientos de fotos de esos fantasmas urbanos, de horas de planeación desde sus estudios de La Habana y Madrid, y de un mes de montaje en Bogotá –en el que recibió ayuda de un italiano, dos cubanos y un equipo de quince arquitectos, maquetistas y luminotécnicos–, Garaicoa presenta su obra en las galerías NC Arte (hasta el 19 de julio) y Flora Ars Natura (hasta el 2 de agosto).   

 

Ciudades en ruinas

Todo comenzó en Cuba. En los edificios abandonados de La Habana. Ahora la obra de Garaicoa hace parte de colecciones tan prestigiosas como las del Museo Reina Sofía, de Madrid, la galería Tate de Londres y el Museo de Arte Moderno de Nueva York, pero su trabajo surgió en esas construcciones viejas y ruinosas de su ciudad natal, que son testimonio de un proyecto de nación truncado. 

Con la llegada de la revolución apareció una utopía de lo que podría ser la isla y muchos creyeron en ella, pero luego vivieron la realidad del régimen, las privaciones y la decepción. El artista, entonces, reflexionó sobre esa utopía que no fue y que se ve reflejada en una arquitectura decaída y agonizante que es memoria, nostalgia y frustración. No lo hizo representando lo que veía, sino lo que podría haber sido. Desde la ficción que le permitía el arte, imaginó, construyó y le dio continuidad a esas edificaciones que habrían podido ser maravillosas pero se perdieron entre la antigüedad, el moho y las circunstancias políticas, económicas y sociales. Luego salió de Cuba y encontró muchas otras construcciones que sirven de espejo de la sociedad en España, Japón, Ucrania y Estados Unidos, entre muchas otras.

 

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La impresión en hueso de edificios inconclusos y cuerpos fracturados se ve fantasmal, tal como se ven los elefantes blancos en el paisaje urbano.
 

La tierra de los elefantes

La arquitectura de una ciudad conforma los cimientos sobre los cuales se establece una sociedad. Es columna vertebral, base, apoyo. Por esta razón, en Línea rota de horizonte –la exposición de Garaicoa en NC Arte– fabricó una serie de fotografías impresas sobre hueso de vaca. Según el artista, los edificios son para la sociedad lo que la estructura ósea es para el ser humano. Y esta metáfora continúa. Sobre el hueso aparecen dos imágenes, una al lado de la otra: la de un edificio inconcluso y la de una radiografía de una parte del cuerpo partida. Aquellas problemáticas que se esconden detrás de los elefantes blancos de nuestro país –y del mundo– obstaculizan la sociedad, no permiten que avance, como una fractura impide que una persona se ponga de pie y camine.

«Sabemos que hay muchísimas manos metidas en un mismo saco –asegura el artista– y no les interesa construir una sociedad sana, sino tirar de ella, tirar del Estado, tirar del dinero público y tirar de las estructuras sociales para usarlo todo a su antojo».

La segunda parte de la exposición está compuesta por grandes maquetas en concreto de los edificios inconclusos. Son grises y frías; tristes y aburridas. Lugares olvidados, pesados, inamovibles y vacíos. Pero Garaicoa intenta salvarlos: los dibuja con hilos de colores en las paredes de la galería y culmina las obras que nunca fueron terminadas en la realidad. Imagina lo que pudieron ser. «Lo más valioso de Garaicoa es su mirada sensible y su capacidad para traducir la historia en gestos artísticos que abren reflexiones en el espectador», dice Claudia Hakim, directora de NC Arte.

Los hilos se ven hermosos y delicados sobre las paredes blancas, pero demasiado frágiles; tanto, que resulta casi imposible fotografiarlos: la delgadez de las líneas hace que el lente los vea borrosos, a punto de desaparecer. «Me interesa que los materiales reflexionen sobre la realidad –cuenta el cubano–. Me llamaba la atención el contraste entre el concreto y esas líneas frágiles y volátiles. Si cortas uno de esos hilos, la imagen se deshace; es un material sensible y efímero». Tan efímero y frágil como la utopía de terminar un elefante blanco. 

 

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El puente en hilo sobre el río Magdalena se pierde en las fotografías. Esto confirma su fragilidad y su inviabilidad.

 

Cómo cruzar un río

«Siempre me ha interesado la fuerza visual de sus trabajos, más allá de las interpretaciones políticas –explica José Roca, director artístico de la galería Flora y uno de los primeros curadores en traer el trabajo de Garaicoa al país–. Es una obra que me seduce desde lo intelectual, pero sobre todo desde lo material». Por eso lo invitó a una de las residencias artísticas que la galería realiza en Honda, donde surgió la muestra Diferentes maneras de cruzar un río. 

La exposición de Flora se opone a la de NC Arte pero a la vez la complementa. Cuando el espectador entra a la sala, se encuentra con una fotografía enorme del río Magdalena que cubre casi toda la pared. A diferencia de esas construcciones de cemento frías y sin vida, aquí el río se siente y casi se oye, a pesar de estar a miles de kilómetros de distancia. Parece que se pudieran tocar las piedras y respirar el aire fresco y cálido. Sin embargo, hay una similitud importante entre las dos muestras: aquí no hay edificios inconclusos, pero sí un puente roto e inútil que el artista pone de nuevo en funcionamiento con hilo y puntillas. 

En este caso la reflexión se da en torno al retroceso del municipio: «Fue conmovedor ver un lugar que respira todo ese aire de la grandiosidad histórica pero que a su vez vive en una tensión decadente, en un proceso de deterioro y en una búsqueda por formular una nueva ciudad». El puente que creó Garaicoa rememora tiempos de prosperidad, pero su fragilidad, de nuevo, recuerda que esos hilos no son más que una utopía, una esperanza, una ilusión.

 

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Garaicoa vive en Madrid y ha venido varias veces a Colombia. Una de ellas presentó una retrospectiva que le abrió muchas puertas en el resto del mundo.