Jóvenes dramaturgos, una muestra del buen momento del teatro en Colombia

Desde que fueron bautizados con el nombre de «La primavera teatral bogotana», este grupo de dramaturgos, de entre treinta y cuarenta años, carga con la responsabilidad de un nuevo florecimiento de las artes escénicas. Quiéranlo o no, son una muestra del buen momento por el que atraviesa el teatro.
El renacer del teatro colombiano por cuenta de un grupo selecto de directores

Dicen que si William Shakespeare hubiera nacido algunos años antes o algunos años después, jamás habría sido el Shakespeare que nosotros conocemos. Dicen que si a Samuel Beckett no le hubiera tocado vivir dos guerras mundiales, tal vez no habría sido clasificado dentro de lo que hoy se conoce como Teatro del absurdo. Ambos fueron quienes fueron de acuerdo con sus circunstancias, y escribieron lo que escribieron, ajenos al encasillamiento de la crítica, que desde una mirada externa y muchas veces póstuma, los terminó clasificando quizás a la fuerza para determinar una época o un estilo.

Algo así es lo que está pasando con lo que se conoce ahora como «La primavera teatral bogotana». Ese es el nombre que se le dio a un grupo de dramaturgos jóvenes, entre los treinta y los cuarenta años, compuesto por Verónica Ochoa, Víctor Quesada, Felipe Vergara, Jorge Hugo Marín,  Felipe Botero, Santiago Merchant, Martha Gómez y William Guevara dentro del Festival Iberoamericano de Teatro. Si bien el nombre sorprendió a muchos, esta clasificación se veía venir.

 

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Felipe Botero, dramaturgo y actor.

 

¿Qué está pasando en el teatro colombiano?

Desde finales del año pasado, en una investigación que realizó el diario El Espectador, ante la pregunta «¿Qué está pasando en el teatro colombiano?»,  personajes como Cristóbal Peláez, director del Teatro Matacandelas, Ana Marta Pizarro, directora del Festival Iberoamericano de Teatro, y Manuel José Álvarez, coordinador de Artes Escénicas del Ministerio de Cultura en ese momento, coincidieron en que una serie de jóvenes le estaban apostando a escribir y a dirigir obras con formatos innovadores.

Fueron algunos de esos jóvenes los que más adelante aparecieron en el diario El Tiempo como «La nueva ola de la dramaturgia» y los que finalmente se reunieron en el Festival Iberoamericano de Teatro en un coloquio bajo el nombre de «Primavera teatral bogotana». Ellos mismos, sin embargo, no tienen claro de dónde fue que salió el título. Para unos, como Jorge Hugo Marín, es un nombre que ya se estaba usando para referirse a un florecimiento teatral en Colombia. Otros, como Felipe Botero, lo leyeron por primera vez en un texto del crítico teatral Alberto Sanabria, en el que hacía referencia a un quehacer teatral importante en la capital del país; y otros, como Verónica Ochoa, lo conocieron con el Festival.

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Felipe Vergara, dramaturgo y director.

Todos estos dramaturgos coincidieron en que la famosa «primavera» es, como bien lo menciona Ochoa, «un devenir natural del teatro colombiano». Es un eslabón más dentro del árbol genealógico que encabezan El Teatro la Candelaria, el Teatro Libre y el Teatro Matacandelas, entre otros, que se empieza a ramificar con la generación de Fabio Rubiano y Carolina Vivas –por nombrar algunos– y que sigue bajando hasta llegar a personajes como Pedro Miguel Rozo, Tania Cárdenas, Erik Leyton y Kike Lozano, un grupo de dramaturgos que, silenciosos pero constantes, fueron abonando el camino para el nacimiento de esta nueva generación.

Y, aunque son estos pocos nombres los que se repiten en los medios,  no significa que el teatro colombiano gire exclusivamente en torno a ellos. Todo lo contrario. Son la pequeña muestra de que algo importante está ocurriendo en el país en las artes escénicas y que se está haciendo visible. «Hay mucha más gente creando, escribiendo y dirigiendo –dice Víctor Quesada–. Hay que reconocer que estamos atravesando por un gran momento en el teatro colombiano y, más que poner unos nombres, tenemos que hablar de algo que ocurre en conjunto: una fuerza en conjunto», sostiene.

 

La situación se dio de forma natural

Bogotá los acogió a todos. Unos llegaban de diferentes regiones del país a seguirse formando en los teatros bogotanos; otros volvían de fuera, de España, de Estados Unidos, de Inglaterra, de Brasil, donde habían ido a estudiar, para volver a crear con las herramientas que habían aprendido. Y entre teatro y teatro se encontraron, trabajaron juntos, observaron el trabajo de los unos y de los otros, y algunos –si es que no la tenían de antes– fueron construyendo una amistad.

Felipe Vergara, Víctor Quesada y Jorge Hugo Marín, además de ser dramaturgos, también son directores de sus propias obras; Felipe Botero y Verónica Ochoa fueron primero actores antes de dedicarse a escribir. Esta confluencia de roles les permitió trabajar conjuntamente –Felipe Vergara, por ejemplo, dirigió a Verónica Ochoa y a Felipe Botero en Retrato Involuntario de Luigi Pirandello, una obra escrita por la misma Ochoa– y los llevó a discutir sobre el trabajo de los demás. «Seguimos teniendo un aprecio por el trabajo del otro y nos reunimos a criticarnos sanamente. Es un acto vital y necesario», sostiene Botero.

 

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Verónica Ochoa, dramaturga y actriz.

 

Ya todo está inventado

A la primavera teatral la describen, desde el Festival Iberoamericano de Teatro, como «una serie de creadores que vienen a innovar y a recrear formal, temática y espacialmente el teatro colombiano». ¿Qué es, entonces, lo innovador? ¿Qué es lo que están renovando? Todas las respuestas coinciden en una sola: nada. Nada hay por inventar. Son conscientes de que llegaron en un momento en el que ya todo está hecho. Parten, más bien, de la tranquilidad de saber que no tienen que ser originales para dejarse llevar por la intuición y contar lo que cada uno quiere contar, como lo quiere contar.

Y es en esos «cómo», piensa Felipe Botero, donde puede haber cierta innovación. Porque logran que las salas se llenen apostando por lenguajes, formas y contenidos que el teatro colombiano había tocado muy poco. Le apuestan, de nuevo, a los espacios no convencionales,  –jardines, casas, cuartos–  que alguna vez habían atravesado por el teatro colombiano y mueven al espectador de la comodidad de la banca de un teatro para que viva una experiencia; para que camine por una casa como si fuera un inquilino más, para que vea varias obras cortas en una misma noche y participe, con sus opiniones, en el proceso de creación de una puesta en escena. 

Para Felipe Vergara, una de las características de su generación es la preocupación por la estructura de las obras. Esa inquietud surgió, según él, con Fabio Rubiano y sus contemporáneos –quienes se alejaban, en este sentido, del origen experimental del teatro colombiano–  y explotó en el ímpetu creativo de dramaturgos como Erik Leyton y Pedro Miguel Rozo. Ahora hace parte de una herencia que se solidificó y sirvió de soporte para los nuevos dramaturgos. Así, Retrato involuntario de Luigi Pirandello comienza con una estructura clásica que se va diluyendo; la obra de Felipe Botero y de Jorge Hugo Marín se sostiene en una base clásica cerrada y el mismo Vergara construye sus obras jugando con la estructura. Su última creación, ¿Cómo regresa el humo al tabaco?, consta de tres obras distintas que buscan unirse en forma de trenza.

 

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Jorge Hugo Marín, dramaturgo y director.

 

Sobre estas estructuras se sustentan los temas que tratan, que no son nuevos, pero que representan la mirada particular de su época. «Somos hijos de la Constitución del 91. Nos tocó la costumbre de un conflicto. Y no es que no hablemos de él, solo que nos dimos cuenta de que ese no era el único tema en este país, que pasaban otras cosas en nuestras familias, en nuestras casas, y había que hablar de ellas también», dice Felipe Botero. Se alejaron, entonces, de los temas generales, de las cifras, de la bandera roja que ondea, y empezaron a contar historias particulares.

Esas «nuevas» aproximaciones, junto con la informatización y una mayor consciencia de autogestión por parte de los grupos, han logrado llevar más público a las salas. Han logrado que nuevas personas encuentren en el teatro una forma de divertirse y han fortalecido, de este modo, el teatro colombiano.

 

¿Para dónde va esta «Primavera»?

«Después de la primavera viene el verano», responde Felipe Vergara. «Para el otoño», dice Víctor Quesada. Y los dos pueden tener razón. El primero porque dice que estas obras todavía tienen toda la pretensión de la juventud y hace falta que se vuelvan maduras y sosegadas. El segundo porque es consciente de «La primavera teatral» puede ser una marca fugaz. «Me parecería fascinante que todos empezáramos a fracasar». Es el deber de ellos, de todos, luchar por no dejarse enaltecer, por no acomodarse y seguir buscando, por prevalecer y madurar. Tal vez, como dice Verónica Ochoa, la ahora famosa primavera apenas sea un territorio fértil en el que alguien realmente grande pueda surgir.

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Víctor Quesada, dramaturgo y director.

 

Fotos: cortesía, David Schwarz y Santiago Castro.

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