El Teatro Colón se ilumina de nuevo

Tras seis años de restauraciones, la joya reabre sus puertas. Hablamos con el arquitecto, con el restaurador y con el director del teatro que estuvieron al frente de gran parte del proceso y propiciaron esta nueva etapa para la insignia cultural de Bogotá.
El Teatro Colón se ilumina de nuevo
Se sube el telón
 
Fue el presidente Rafael Núñez el que personalmente le pidió a Annibale Gatti que pintara un telón para el Teatro Colón. Quería que estuviera a la altura de los teatros que se estaban construyendo por la época en Latinoamérica. Gatti envió un primer boceto y Núñez lo rechazó por ser un cuadro con escenas de campesinos. El teatro de la grandiosa capital del país, que se estaba levantando para promover una cultura que hasta el momento no existía, no podía ser un telón con imágenes de gente de baja alcurnia. El artista lo cambió, entonces, por una representación de musas y figuras mitológicas para complacer al presidente colombiano y lo envió a Bogotá. Llegó a la ciudad el 22 de febrero de 1891 y ese mismo día fue instalado.
 

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Max Ojeda, arquitecto; Rodolfo Vallín, restaurador, y Manuel José Álvarez, director del teatro.
 
 
Pasó más de un siglo para que fuera intervenido nuevamente. Rodolfo Vallín, un restaurador mexicano que de tanto vivir en este país ya se siente colombiano, reunió su equipo –restauradores, químicos, fotógrafos– y lo puso a trabajar. Lo primero fue la investigación histórica. Vallín y su equipo aprendieron de Pietro Cantini, que había sido el arquitecto al que Núñez le había entregado la tarea de hacer el teatro; y  averiguaron, por supuesto, todo lo que tenía que ver con Annibale Gatti, un artista experimentado en el arte de hacer telones de boca.
 
Luego sí se lanzaron sobre la obra. Primero con estudios químicos y fotos ultravioleta, y más adelante, con plumeros, brochas de pelo fino y una extrema delicadeza. Lo limpiaron del todo, recuperaron su brillo. Usando pigmentos naturales y resina acrílica, llenaron los mínimos faltantes de color. 
 
 
Destruir para construir
 
Cantini, en su momento, tomó la decisión de destruir los restos del viejo Teatro Maldonado, el lugar donde Núñez le había indicado la construcción del nuevo teatro, y empezar a levantar la estructura sobre sus escombros. Una decisión similar tomó en 2008, Max Ojeda, el arquitecto que ganó la licitación para restaurar el Teatro Colón en una primera etapa. Había que destruir y volver a construir: no había otro modo de saber qué era lo que estaba dañado de fondo y no había otra manera, tampoco, de instalar las nuevas redes eléctricas y sanitarias. La idea era equilibrar lo viejo con lo nuevo: devolver el teatro a su estado original y actualizarlo a las necesidades del momento actual.
 
Dentro de la investigación histórica, fue encontrada la bitácora del arquitecto italiano. Aquel librito en el que dejó escritas su visión, su criterio y, paso a paso, lo que iba sucediendo durante la construcción del teatro. También apareció el nieto de Cantini, un cirujano que, incluso,  conoce a la perfección la historia de su abuelo y sus intenciones. Así se fueron llenando los vacíos que no estaban en los libros de historia. Las viejas fotos del archivo de CROMOS le sirvieron al equipo como referencia para saber cómo eran los ornamentos originales y cómo había cambiado el teatro con las modificaciones hechas a través de los años.
 

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Entonces los expertos se entregaron a la labor. Cambiaron la cubierta que tenía filtraciones y le solucionaron la vida a los porteros que, cada vez que llovía, tenían que correr con baldes de agua para retener las goteras que caían por todas partes. Rasparon las paredes, capa por capa, con una cuchilla delgada y un cuidado milimétrico, buscando su color original, y descubrieron que era un marmolizado amarillo que en nada tenía que ver con el gris y el rosado que se había visto por años.
 
Las lámparas quedaron resplandecientes y las cariátides dejaron de ser totalmente doradas –como estaban en 2008– para regresar al sencillo borde dorado que acentúa sus sombras y exalta su belleza. Las pinturas olvidadas de los techos se miraron de cerca y se rehabilitaron. Se pintaron nuevamente aquellos lugares donde se habían agrietado. Se les entregó el brillo, que era de ellas, y que llevaban tantos años reclamando. Se cambió la lámpara que Laureano Gómez había decidido poner en 1948 para enaltecer el Colón durante los bailes de la Conferencia Panamericana. Una araña pesadísima, de cristal, que no solo estaba dañando el techo por el peso y las altas temperaturas sino que alcanzaba a tapar una parte de la visibilidad del gallinero, que ahora tiene sillas nuevas y acceso desde todas las áreas del teatro, cosa impensable en su época. La lámpara se cambió por la original, la que concibió Cantoni, que encontraron olvidada en algún rincón del teatro y que alguno tuvo la decencia de conservar.
 
Las sillas se cambiaron completamente y se diseñaron del tal forma que permiten que el sonido de escena sea el mismo con público y sin público. La acústica mejoró notablemente gracias a que se prescindió de las cortinas y los tapetes de los palcos. Se ingeniaron un carro guardabutacas que logra, como por arte de magia, que se amplíe la platea o se agrande el espacio del escenario. La ventilación es natural y fluye hacia arriba por una especie de orificios decorativos que se instalaron en el piso, para salir por el cielorazo y la cubierta, y se instaló un ascensor para el ingreso de discapacitados. ¿Ascensor?, gritan muchos por la anacronía que supone el atrevimiento. Max Ojeda responde al suceso tranquilo: «El elevador se instaló en una de las nuevas secciones del teatro que se construyeron en los setentas», dice. «Estrictamente hablando, no hicimos la intervención en el teatro original».
 
Las funciones de Ojeda terminaron ahí, en esa primera etapa, y él, como le ocurrió a Cantoni en su momento, tampoco pudo terminar del todo la obra que había iniciado. Luego llegaron otros arquitectos que se encargaron de ampliar la caja escénica y de dotar al teatro con toda la tecnología y la vestimenta teatral. El teatro ahora espera ampliarse alrededor de toda la manzana para dejar espacio a nuevas salas, salones de ensayo,  parqueaderos, un restaurante, una tienda y centros de documentación.
 
 
Un nuevo teatro
 
«Es un nuevo Colón», sostiene Manuel José Álvarez, su director. Dejará de ser un teatro de alquiler y se convertirá en un teatro de producción. La dinámica será la siguiente: el Colón buscará compañías que vengan a presentarse en el teatro. Pondrá el espacio, las luces, y el sonido; las compañías pondrán su talento. Pero con una condición: no pueden llegar, presentarse, esperar los aplausos y salir dejando el recuerdo. Tienen que dar algo más. Lo que sea. Un taller, un coloquio, una conferencia, una clase magistral, una audición para futuros talentos. Algo que les enseñe a los jóvenes colombianos cómo funciona el mundo del teatro, de la música o de la danza.
 
La idea, dice Álvarez, es que el teatro sea incluyente y asequible, que se aproxime a las poblaciones vulnerables y que tengan acceso a él los estudiantes, personas de la tercera edad y los militares con descuentos significativos. Y que, además, esas producciones se pasen vía streaming en el nuevo espacio alterno del Teatro Colón: la Estación de Arte Viva de la Sabana. Una carpa con capacidad para 3000 asistentes donde se podrán ver espectáculos de circo en vivo y en la que, cuando no hay presentaciones, los jóvenes pueden aprender de las artes circenses y de la producción de escenografía.
 
Ese es, entonces, el nuevo Teatro Colón. En cuerpo y alma. Destruido y construido de nuevo. Esta restauración trajo consigo toda la belleza del siglo XIX, toda su elegancia y esplendor. Y seguramente fue ese brillo en la estructura el que hizo que se repensara la posición de la institución dentro del teatro nacional;  que se esté buscando fortalecer políticas y mejorar las que ya existían; que se empiece a pensar que el teatro es de todos y para todos y que, a partir de él, también se puede construir un país. 
 
Fotos: David Schwarz