María Magdalena, la última artesana de la comunidad indígena Kamsá

En medio de las montañas del alto Putumayo vive María Magdalena Chicunque, una tejedora que no se siente amenazada por el conflicto armado sino por la promesa del progreso.Viajamos hasta ese pacífico territorio y fuimos testigos de la vida de una mujer que considera que su cultura está en vía de extinción.
María Magdalena, la última artesana de la comunidad indígena Kamsá

Aunque intenta esconderlo, María Magdalena tiene miedo. Por eso llora. A pesar de que una sonrisa traviesa siempre la acompaña y de que se parece a una niña que acaba de hacer una travesura, cuando le pregunto qué le produce tristeza de inmediato se le quiebra la voz. Y deja de ser esa mujer fuerte, sagaz y feliz que nos abrió las puertas a su mundo durante dos días sin descanso. Es desolador ver su transformación y presenciar cómo se le va el brillo. Quiero cambiar de pregunta. Sus lágrimas me pesan. Tartamudeo en busca de una salida y ella se agarra de la posibilidad de una interrogación más amable. Pero el oxígeno regresa a sus pulmones ahogados por el llanto y, antes de que yo logre huir de ese lugar oscuro, la artesana se atreve a contestar pausada y con voz frágil: «Las mamitas se están muriendo y con ellas la tradición. Se está yendo toda la sabiduría. Cuando ellas ya no estén y yo me muera, no habrá quién me sustituya».

Llegamos a ella gracias a Expoartesano, una fiesta que se realiza en Medellín una vez al año desde 2013 y en la que estos artistas pueden dar a conocer su obra durante una semana.

Aunque María Magdalena hace mochilas, manillas, mantos y collares, su especialidad son los chumbes: largas correas con decenas de dibujos que se amarran en la cintura y que fueron creadas, especialmente, para proteger el vientre de las mujeres embarazadas y a los niños recién nacidos. «Si la gente usara el chumbe habría menos cesáreas, porque la idea es que este le dé un soporte a las mujeres e impida que el bebé crezca mucho. Los bebés, por su parte, deberían envolverse en chumbes cuando nacen, desde los pies hasta los hombros, para que la columna se forme bien y crezcan rectos, obedientes, sanos. Ya nadie envuelve a los bebés y mire como está nuestro país, todo torcido». 

 

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«Los bebés deberían envolverse en chumbes cuando nacen para que la columna se forme bien y crezcan rectos, obedientes, sanos. Ya nadie envuelve a los bebés y mire como está nuestro país, todo torcido.»

 

Está convencida de lo que dice y tiene autoridad para estarlo, ya que ha sido ella quien ha liderado la lucha por defender las tradiciones de los indígenas kamsá a través del comercio justo de sus artesanías –asegurándose de que su cultura se dé a conocer pero que sean ellos quienes pongan las condiciones– y de su disposición a transmitir los conocimientos que heredó de sus ancestros. 

María Magdalena sabe que nadie más se ha interesado por aprender de los «abuelitos» de su comunidad. También es consciente de que hay muchos artesanos embusteros que solo tejen por la plata, así que su trabajo no tiene espíritu. Además conoce las convicciones de las nuevas generaciones, que ambicionan un futuro diferente al que les puede dar el arte; como ocurre con sus tres hijos, quienes saben tejer pero han elegido otros caminos: la mayor es enfermera jefe, el del medio quiere estudiar Derecho; y la menor, Arquitectura. 

Entonces María Magdalena llora. Llora porque con su muerte pueden desaparecer tradiciones que solo ella conoce. Llora porque el proceso de aculturación, que empezó desde el arribo de los españoles, avanza con mayor velocidad que la que ella logra alcanzar en su afán por evitar que el hombre blanco les imponga su manera vivir, de creer, de trabajar. Llora porque de la ciudad llegan con la promesa del progreso e implantan normas, abren caminos y proponen cambios que, aunque se supone que favorecen el desarrollo, en realidad van en detrimento de los intereses de los kamsá, que viven tranquilos en medio de las montañas del Putumayo, en el verde y sereno Valle de Sibundoy. 

 

Entre la magia y la matemática

Cuando María Magdalena pasó los cuarenta años, se enfermó. Ella y sus hijos se asustaron. Un fuego que se producía en el interior de su cuerpo hacía que su sangre hirviera y que viviera empapada en sudor. Parecía que se quemaba por dentro, pero el médico la tranquilizó: era la menopausia. Con unas pastillas se sentiría mejor. Ella, sin embargo, no estaba dispuesta a envenenarse. Tenía la intuición de que esos medicamentos le dañarían los huesos. Así que primero probó la lengua de vaca, el sauco, y otras hierbas medicinales. Nada. Aún borboteaba por dentro. Hasta que un día, finalmente, encontró la solución: tejer. «Fue la mejor terapia que encontré –cuenta satisfecha–. Uno va, escribe, deja de pensar en el cuerpo y pronto el calor se olvida». 

Con los hilos y la lana, esta artesana de 49 años escribe historias y teje pensamientos. De esta manera no solo se cura a sí misma, sino a quienes se llevan su trabajo. Nunca teje por tejer. Es un ritual. Siempre hay una razón para empezar, un significado detrás de las figuras que crea y una energía que transmite a través de sus manos. Si le encargan algo para un bebé, mientras consiente los hilos llegan a su mente buenos deseos para él y estos le indican qué debe dibujar. Puede ser un peine, que quiere decir pensamiento; un ojo, para que vaya siempre despierto, o un camino corto, que llevará a ese niño de pueblo en pueblo. Hay algunas imágenes que sirven de base, pero si se mezclan las unas con las otras, tal como ocurre con las notas musicales, las posibilidades son infinitas. 

Cuando uno la ve tejer, se alían dos incompatibles: la magia y la matemática. Levanta tres hilos rojos, atraviesa los blancos y cruza los amarillos. Sus manos delicadas y pequeñas nunca dudan. Escribe con firmeza y agilidad. Sus dedos ya son como máquinas, no reflexionan ni se cansan, y crean formas que hablan de la cosmovisión del pueblo kamsá. Los cultivos, la tierra, el agua, la mazorca, las lombrices… Todo lo que realmente importa en la vida aparece en sus tejidos para que estos transmitan energía que haga sentir a la gente fuerte y contenta. Por eso ella sabe muy bien que muchas de esas artesanías que se encuentran en cada esquina son copias baratas y sin sentido: se sienten vacías. 

 

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Desde el principio

Vivió en Sibundoy un «abuelito» que sabía qué aquejaba a los enfermos antes de que llegaran a su puerta. Sentía sus dolencias y conocía cómo curarlas. Fue él quien preparó, a las cuatro de la mañana del día en que María Magdalena cumplía cuatro años, el sahumerio que la convirtió en tejedora. En medio de un ritual en el que deben inhalar el humo que produce la cocción de siete remedios naturales, las indígenas kamsá reciben un don después de nacer. A ella le regalaron la habilidad de manejar los hilos con maestría. Por esta razón, muy joven sintió el impulso de pedirle a su mamá, Rosario, que le enseñara a tejer. 

Aprendió rápido, no solo porque tuviera talento, sino porque esa fue la única opción que le dio su maestra: «Te voy a dictar cada dibujo una sola vez». Ante la imposibilidad de la repetición, María Magdalena estuvo atenta, guardó todo en su memoria y fue mejorando por su cuenta. Sola descubrió que para ser un buen tejedor se necesita, sobre todo, voluntad y amor. Y que el yagé es indispensable. Esa planta mágica y sagrada la pone en contacto con su lado más creativo, la lleva a transitar por mundos coloridos donde encuentra la inspiración para que su arte no se estanque y evolucione.    

María Magdalena intentó, infructuosamente, trabajar lavando ropa y como cocinera. Pero la vida la llevó, de manera inevitable, a los hilos. Sin embargo, dedicarse a tejer no sería una tarea fácil. Por esos días, a sus veinte años, el comercio en Sibundoy estaba dormido y sus artesanías corrían el riesgo de quedar guardadas en un cajón. Por fortuna, su papá, Miguel, quien tallaba madera y hacía instrumentos tradicionales, ya había abierto puertas en otras ciudades y creado alianzas con Artesanías de Colombia. Ella, entonces, aprovechó esos contactos y ayudó a crear las primeras asociaciones de artesanos. 

Juntos participaron por primera vez en una feria en Bogotá, de la que regresaron a Putumayo con 45 millones de pesos que se repartieron entre ellos. María Magdalena invirtió lo que ganó, en su almacén. Desde ese momento, su vida es el arte. Participa en cada concurso que abre una convocatoria y suele ganar. Gracias a sus victorias ha viajado por todo el país e incluso llegó hasta Washington. Por eso, antes de una carcajada, confiesa que es una callejera y que le encanta serlo. 

 

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Pero no solo viaja, también es una líder que se protege con sagacidad cuando se avecinan amenazas. Se enfrentó, por ejemplo, a la Cámara de Comercio, que quiso que crearan una marca colectiva que reuniera el trabajo de todos los artesanos de la región. Los indígenas, más dados a labrar la tierra que a hacer negocios, no vieron ningún inconveniente en la idea, pero ella, perspicaz y sabia, tuvo un mal presentimiento. «¿Sabe a quién se le pone una marca? A las vacas y a los caballos para que no se pierdan. Si dejábamos que pusieran una marca, nuestras artesanías perderían valor, ya que cualquiera podría robarse la etiqueta y hacer que sus productos pasaran como si fueran nuestros». Con persistencia, logró que muchos se unieran en contra del proyecto. 

 

Rebelde con causa 

Cuando entramos a la iglesia, pasamos al lado de un Cristo y María Magdalena se da la bendición. La mujer que muestra devoción por esa imagen cristiana es la misma que me acaba de contar la leyenda de la Madre Selva, quien por estos días asustó a unos ingenieros que trabajaban en la construcción de la variante que irá del valle a Mocoa y les prohibió que siguieran destruyendo la tierra. El sincretismo religioso de los kamsá confunde. 

Aunque el nombre de mi anfitriona debería haberme dado una pista, llegué de la ciudad con la idea de encontrarme con una comunidad que veneraba al sol y a la tierra. Así que fue una sorpresa terminar en una misa católica, en la que un numeroso grupo de indígenas rezaba fervoroso ante la cruz para despedir el alma de una «abuelita» que acababa de morir. La influencia de las sucesivas misiones católicas en la región hizo mella. Franciscanos, dominicos, mercedarios, agustinos, jesuitas y capuchinos se adueñaron del territorio e impusieron su fe hasta mediados del siglo pasado. En esa medida es entendible, y casi natural, que los kamsá –alrededor de 4.000 habitantes de los 13.464 que viven en Sibundoy– crean en Jesús y sean devotos de la Virgen de las Lajas. 

 

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Con sus manos delicadas, María Magdalena escribe historias y teje pensamientos, y no solo se cura a sí misma, sino a quienes se llevan su trabajo. 

 

María Magdalena, aunque se da la bendición, es una rebelde. «Padre, en la historia se han hecho dos biblias –les reprochó alguna vez a un cura que quería imponer su fe–. Una es la que escribieron los hombres. Otra es la que escribió Dios, y se encuentra en la tierra, en los alimentos, en el sol... Esa es la más importante». Siempre ha luchado por defender sus tradiciones y su territorio. Cuando era una niña, las monjas la echaron del colegio porque en una prueba cometió el pecado de contestar en lengua kamsá. Años más tarde, no la dejaron confirmarse porque quería hacerlo con el atuendo típico que heredó de sus padres. Ahora, junto con otros miembros de la comunidad, protesta para evitar que se construya la variante a Mocoa, que destruirá territorios sagrados que les dan alimento y arrasará con varios resguardos indígenas.    

A pesar de su lucha, ha sido inevitable el proceso de aculturación de los kamsá. Y llega un momento en que la misma María Magdalena cae a los pies de los inventos del hombre blanco: le encanta tomar fotos, quiere aprender a manejar un computador y en las noches el televisor está sintonizado puntualmente en El Desafío Marruecos. Pero a la hora de la verdad no necesita nada de eso. Para ella las prioridades son otras. Unas son ambiciosas: como crear la Casa del Artesano de Sibundoy. Otras, más sencillas: como participar en nuevos concursos, enseñar y hacer negocios como ese que organizó con un canadiense que vendió su trabajo como pan caliente. Pero las más importantes son simplísimas: como conversar con los «abuelitos» que siguen vivos, tomar yagé para entender el mundo y, por supuesto, tejer. 

 

Fotos: Khristian Forero