Nixon Beltrán, el bailarín colombiano que brilla en Nueva York

El coreógrafo es la mano derecha de Bob Wilson, uno de los más importantes directores de teatro del mundo. ¿Cómo lo consiguió?
Nixon Beltrán, un bailarín hecho a pulso

El nombre de Bob Wilson hace temblar. Es una leyenda, una especie de dios al que todos aman y todos temen, con el que cualquier persona relacionada con el arte quisiera trabajar. Nadie entiende cómo fue que un texano, tartamudo, que nunca estudió teatro, terminó por convertirse en uno de los directores más importantes del mundo. Tan reconocido, que un dramaturgo como Eugene Ionesco lo comparó con Samuel Beckett y la académica Susan Sontag trabajó mano a mano con él, sintiéndose afortunada en su posición.

Empezó a hacer teatro porque, después de aprender de finanzas y de pintura y de terminar una carrera en arquitectura, descubrió, gracias a una profesora de ballet, Byrd Hoffman, que el movimiento podía llevarlo a hablar libremente, como si sus problemas de habla nunca hubieran existido. Y fue de la experimentación con su propio cuerpo que fue naciendo esa manera tan suya de hacer teatro: Wilson parte del movimiento y, con él, va fluyendo hacia el lenguaje. Primero el cuerpo, luego el silencio, luego las palabras, en ese orden. La intención final es la de comunicar algo por medio de imágenes. Él dibuja los cuadros, uno por uno, y, como un arquitecto, diseña sobre ellos la posición de los actores, la escenografía y la luz. Esos cuadros son los que ve el espectador  sin que exista, necesariamente, una trama lineal. Imagen. Blackout. Imagen.

Ese fue el teatro que Nixon Beltrán vio en Nueva York, el que lo dejó sin habla. Bob Wilson había sido el elegido para realizar una función como homenaje a Martha Graham –la fundadora de la escuela donde Beltrán entró a estudiar danza profesional–, quien había muerto recientemente. Beltrán fue testigo de los ensayos. Por una ventanita miraba lo que ocurría bajo la dirección de Wilson y veía bailarines con una postura recta, moviéndose lentamente, como si les hubieran eliminado cualquier posibilidad de expresión. No entendió muy bien lo que ocurría allí dentro hasta que pudo ver el espectáculo completo. Las luces, el sonido, la escenografía, las imágenes; la emoción contenida en el movimiento. Fue tal el impacto que le causó la producción, que quedó atontado por algunos instantes. Cuando volvió a la realidad, fue irrefrenable el deseo: quería bailar con ese director.

Fueron dos promesas importantes las que se hizo en la vida. La primera fue a los doce años, cuando, gracias a la autobiografía de Isadora Duncan, descubrió que quería ser bailarín; la segunda fue a sus veintitantos: tenía que trabajar con Bob Wilson. Entre una y otra promesa pasaron más eventos que años. Beltrán, que nació en Pacho, Cundinamarca,  aprendió un poco de danza en Barranquilla, donde se fue a vivir siendo muy niño. Su profesora, la misma que le regaló la autobiografía de Duncan, se llamaba Lucía Arias. Salió después en un viaje itinerante por Suramérica, viviendo en inmersiones de yoga y luego, porque así lo quiso la vida, llegó a Nueva York. Entró por casualidad a la escuela de Graham. Ahí conoció a Bob Wilson.

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Nixon Beltrán es Director del Watermill  Center.

 

Lo vio atravesar por la puerta de esa escuela con su chaqueta elegante, su camisa y sus pantalones tan bien planchados, que no pensó que ese fuera el coreógrafo que había sido encargado de dirigir el primer espectáculo en honor a Martha Graham. Le hacían falta unos pantalones de leopardo y un peinado exótico para mantener la convención. «Este –pensó Beltrán– parece sacado de una oficina». Un tiempo más tarde se moría porque ese, que había confundido con un funcionario, lo aceptara en su programa de verano en el Watermill Center.

En ese entonces el Watermill Center no era mucho más que un edificio en construcción, en Nueva York, donde muchos artistas se reunían por tres meses a crear bajo la dirección de Wilson. La dinámica era la siguiente: Wilson experimentaba con su propio cuerpo y sacaba una secuencia de movimientos que entregaba a los artistas –actores y bailarines– para que siguieran creando sobre ella. Los corregía, les exigía, les pedía que volvieran posible lo imposible. Y ellos lo lograban, bajo su dirección. Terminado el verano pasaban la voz de que, a pesar del esfuerzo, era una de las mejores experiencias que les había tocado vivir.

Por eso era tan difícil entrar. Nixon Beltrán lo intentó, una primera vez, y fue rechazado. Siguió entonces con su vida, sin olvidar su promesa, trabajando como coreógrafo en la escuela Graham. Allí, después de un tiempo, coincidió con una coreógrafa que era amiga de Wilson. Ella lo recomendó con el director y, en esta segunda oportunidad, se le permitió entrar al famoso programa.

Desde que lo conoció, Wilson nunca más lo dejó ir. Lo invitó a cada uno de los programas de verano durante los años que vinieron, hasta que le hizo una propuesta que Beltrán, aunque resulte sorprendente, estuvo a punto de rechazar: la de ser el gerente general del Watermill Center.

La aceptó, por supuesto. Se hubiera arrepentido toda la vida de haber dado la respuesta contraria. Y, desde el 2006 hasta hoy, se ha encargado de hacer del Watermill Center el centro artístico que Bob Wilson siempre soñó. El legado de ese hombre para el mundo. El edificio en ruinas se convirtió entonces en un club artístico que cuenta con biblioteca, sala de exposiciones, cuartos de ensayo y ocho hectáreas repletas de jardines construidos, uno a uno, con la estética propia de Wilson.

Nixon Beltrán es ahora una de las personas más cercanas a Bob Wilson. El director siempre le da consejos, lo impulsa a aprender, a ser cada vez más flexible. Beltrán lo acompaña en algunos de sus viajes de trabajo, cuando las obligaciones en el Watermill Center se lo permiten, y escogen juntos, cada año, una temporada para irse  de vacaciones. Beltrán vive feliz con su vida, vive feliz con su suerte, pero se le corta la voz cuando habla de Colombia: «Yo me siento colombiano –dice– pero puedo ver el abismo que hay entre sentirse colombiano y ser colombiano. Miro atrás y siento que, de alguna manera, tengo que reconectarme con esas raíces». Tal vez ahora, gracias a la participacion de Wilson en recientes ediciones del Festival Iberoamericano de Teatro, tenga la oportunidad de venir a presentar su trabajo. A bailar, a dar talleres, a hablar de su vida. Y, así, bailando, se conecte de nuevo con el lugar donde –como él mismo dice– pudo ver por primera vez la luz.

 

Fotos: Lovis Dengler - Watermill Center